Mario Benedetti: paradojas del éxito

Revista Malabia número 68

En 1966 el crítico Emir Rodríguez Monegal –por entonces uno de los más prestigiosos del continente– recogió en su libro, Literatura uruguaya del medio siglo,una confesión que le hiciera poco antes de publicarlo el propio Mario Benedetti. Le dijo que  en un corto tiempo más podría vivir de sus derechos de autor; algo inusual en Montevideo, en aquellos años y también hoy. De ahí en adelante, su condición de “autor muy leído”se iba a mantener constante, proyectándose en los primeros setenta a la Argentina, y diez años después a España y a toda Latinoamérica.

Hay unanimidad crítica a la hora de considerar que Mario Benedetti es el escritor uruguayo más popular. Y que sus lectores ya no tienen en forma exclusiva el perfil de aquella clase media inquieta e ilustrada que leía con avidez sus primeros cuentos y novelas. Que sus libros, desde hace tiempo, alimentan el imaginario de  todo el espectro social. Pero el consenso se evapora a la hora de analizar los por qués de un suceso literario que se ha proyectado sin treguas a través de varias décadas. Y más todavía si de profundizar en su valoración estrictamente literaria se trata.

El problema en torno a este versátil escritor –que ha transitado con eficacia por la poesía, el cuento, la novela, el ensayo, la crítica y el teatro– se agudiza por las opiniones que sus libros han venido suscitando entre  críticos y analistas literarios, y mucho más todavía entre sus pares.

Perfil de sus lectores

La primera constatación a realizar: no es simple lo ocurrido en torno a Benedetti, y por ello merece –si realmente queremos profundizar en su comprensión– el intento de abarcarlo con una mirada  que contemple todas sus aristas.

Sus numerosísimos lectores actuales, por ejemplo, manifiestan por este autor un fervor y entusiasmo parecidos, de igual característica, que aquellos que eligen libros del brasileño Paulo Coelho (comparten incluso, según evaluaciones libreras y editoriales, un fragmento considerable de fieles). A partir de esta constatación, podemos ubicar al escritor en esa categoría de “best-sellers” que multiplican geométricamente su difusión a contrapelo de cualquier crítica. Su caso es similar al más reciente de la chilena Isabel Allende, en el que entran en juego ingredientes vinculados al “género” (en América Latina, el porcentaje de lectoras va superando con amplitud al de lectores, al menos en lo que tiene que ver con la ficción).

Con la crítica: relación no complaciente

Algunos entusiastas lectores de la saga benedettiana están convencidos que hubo un tiempo de romance entre la crítica  y el escritor. Lo que dista mucho de ser cierto. Ni su propia generación en el Uruguay –nada piadosa a la hora de las valoraciones– lo trató del todo bien.

Por ejemplo, para Emir Rodríguez Monegal los personajes del autor de Gracias por el fuego son siempre el mismo: “un montevideano de clase media, mediocre y lúcidamente consciente de su mediocridad, desvitalizado, con miedo a vivir, resentido hasta contra sí mismo, quejoso del país y de los otros, egoísta por la incapacidad de comunicarse, de entregarse entero a una pasión, candidato al suicidio si no suicida vocacional... ...El personaje cambia de edad y de nombre, de condición social y de esperanzas superficiales, pero en su entraña es el mismo” (1).

Para Fernando Aínsa –prestigioso crítico que estuvo muchos años radicado entre Francia y España, integrante de la promoción de los años sesenta–: “La Tregua, considerada la mejor novela de Benedetti, baja sin embargo la guardia estilística y asume una forma lineal y tradicional de diario íntimo” (2). Y Enrique Fierro, poeta y agudísimo analista de la poesía uruguaya, considera a Poemas de la oficina –verdadero buque insignia en el género del autor– como: “Un libro, en fin, que vale más por sus intenciones renovadoras que por sus logros concretos”. Agregando luego, con relación al volumen lírico siguiente, Poemas del hoy por hoy, este juicio nada complaciente: “En él se repite, con un lenguaje afín... el intento de inserción en el tan llevado y traído ‘aquí y ahora’ ” (3). Vale aclarar que Fierro rescata, sin embargo, el poema “A la izquierda del roble”, considerándolo “rico” y “dramático”.

En la ficha dedicada a Benedetti, en el Diccionario de literatura uruguaya (4), si bien no se lo trata mal, la escritora y estudiosa Mercedes Rein, afirma que: “Como los personajes que pinta, la escritura de Benedetti es opaca, grisácea, despojada de efectos intensos... ‘La tregua’ paga tributo a un realismo un tanto sentimental. Sus personajes –salvo viñetas aisladas– son desdibujados”

En los primeros años setenta, en un contexto de radical polaridad política en el Uruguay, la tendencia de los críticos más activos –en su mayoría pertenecientes a la generación del 60, caracterizada en general por un marcado epigonismo en relación con los escritores del 45–, fue la de perdonarle al autor de Quién de nosotros sus carencias y desprolijidades en lo estrictamente literario, a causa de las posturas éticas e ideológicas manifestadas en sus textos.

Ya avanzados los ochenta, habiendo ocurrido –dictadura mediante– una renovación y consecuente rejuvenecimiento en los planteles críticos, Benedetti comenzó a ser cada vez más ignorado, soslayado, y de vez en cuando hasta cuestionado. Paradojalmente, esto se daba en tiempos en que el rotundo éxito de ventas de sus libros se proyectaba a España, a México y a todo el continente.

Dos grandes etapas en su obra


Podemos esbozar, a grandes rasgos, dos períodos bien definidos en la producción benedettiana. A cierta altura el escritor sufre un cambio, que se puede interpretar como un parte aguas en el curso de su obra. Lo que tal vez explique más los malentendidos que  se han venido generando en torno a su permanencia literaria.

La etapa más valorizada es la de fines de los años cuarenta, toda la década de los cincuenta y hasta comienzos de los sesenta, donde se ubican los cuentos de Montevideanos –considerados de modo unánime lo mejor de su narrativa–, y volúmenes líricos como Poemas de la oficina y Contra los puentes levadizos, así como sus novelas La Tregua y Gracias por el fuego. Los analistas más rigurosos espigan, en estos libros y en esa etapa, lo mejor y lo más genuino del autor.

En los setenta se opera un cambio, al compás de la mayor politización de su escritura. Por ejemplo, los cuentos producidos en el exilio –en general con temática comprometida, de cara a la situación de opresión que se vivía en el Cono Sur–, más allá de la encomiable intención de aportar a la denuncia de lo que estaba pasando en el Río de la Plata, son narraciones que no se sostienen. Que fallan en la estructura; con personajes demasiado esquemáticos. A partir de los ochenta, lo que se resintió más fue su producción poética. Su verso se tornó facilista, reiterativo y complaciente. A medida que los poemas de Benedetti se multiplicaban en posters y tarjetas navideñas, fueron perdiendo en calidad literaria. Lo que sí conservó la producción benedettiana fue el arte de enganchar al lector, de encantarlo con la pericia indudable de un oficio experiente. Con la salvedad que su público había cambiado casi sustancialmente.


Un crítico con válido criterio

Pero la complejidad del fenómeno persiste. Si reparamos en su escritura crítica  –constante a través de los años– su tarea ha sido valorada, por encima de sus textos de ficción y poéticos. Sin considerarlo un crítico excepcional, se reconoce su esfuerzo de trabajo. Benedetti se preocupó de analizar autores que le han interesado desde ‘su lugar’ de escritor, por lo que no es un crítico en toda la extensión de la palabra; pero lo hizo en general con lucidez, metodología y rigor.

Su ensayística más general, por el contrario, ha oscilado desde los textos politizados de los setenta hasta sus últimos libros en la materia, marcados por un vago filosofar en cuanto a la globalización y a los cambios mundiales.

Relación conflictiva con sus pares

La promoción de escritores surgida en los años sesenta incluye  epígonos de la obra benedettiana. Pero hasta aquellos que tomaron caminos más audaces y experimentales en lo estilístico, en sus opiniones valoraron bien al autor de Inventario.

Los narradores, poetas y críticos que vinieron después, tendieron a dejar entre paréntesis a la figura más notoria de las letras uruguayas. Pero algunos jóvenes de los ochenta –en el contexto de movidas culturales de cuño postmoderno– esbozaron un intento de “abuelicidio” con relación a don Mario. Pero esa estrategia, al no tener ni continuidad ni profundidad, no cumplió con el destino que le hubiera dado sentido: ser el comienzo, el puntapié inicial en la revisión crítica de la obra benedettiana.


1- Literatura uruguaya del medio siglo, Alfa, Montevideo, 1966.
2- Los novelistas del 45, Capítulo Oriental Nº 33, Centro Editor de América Latina, Montevideo, 1968.
3- Los poetas del 45, Capítulo Oriental Nº 32, Centro Editor de América Latina, Montevideo, 1968.
4- Arca-Credisol, Montevideo, 1987.  Segunda edición –aumentada– hecha en conjunto por Banda Oriental y el editor Alberto Oreggioni, Montevideo, 2002
.