Sospechoso, si no conviene

Revista Malabia número 68

Estos tiempos que padecemos (unos más que otros, como siempre) son –de verdad- muy raros. Hablo, sobre todo, porque me implica, de los extremos en que ha dado la literatura, este oficio de entregar la palabra, y de entregarse a ella, tan peliagudo… Pero al referirme al ámbito de la escritura literaria, y dado su ineludible responsabilidad con el lenguaje, no puedo hacer abstracción, por mucho que quiera, de la repercusión esencialmente política que tal actividad tiene, debe tener. Y aquí viene lo de la extrema rareza que decía. Pues nos hallamos (¿o no?) en un período histórico que dice haber superado ya, y con creces, todo déficit democrático; que se enorgullece de su extrema tolerancia con todas las ideas; que hace ostentación, como nunca antes, del reconocimiento del otro, de los otros; y nada digamos, en fin, de cómo se pregona a voces un perfecto equilibrio entre la globalización de la tecnología y las diferencias de los pueblos… Casi, casi un mundo feliz, si no fuera por tantas y tan intrínsecas contradicciones como habitan en su seno. No me detendré en casos concretos, aunque en ellos se origine mi reflexión; quisiera ir a la categoría, a cuanto de esos sucesos se desprende, y no precisamente como excepción sino como síntoma de una, al menos para mí, confusa situación a la que resulta muy difícil dar explicación, y más difícil aún poner coto.

Y digo de esa dificultad, sobre todo, a la hora de proponer una escritura literaria que sea espacio de confrontación y debate para esa forma de vida que hemos asumido con un inconsciente entusiasmo por el fervor del consumo y por el asombro obnubilador de las conquistas tecnológicas, además de ese incomprensible fetichismo que nos hace creer a pies juntillas en cuanto adquiere repercusión en los medios, al margen de la verdadera importancia que por sí misma pueda tener. Dificultad, en consecuencia, para la creación literaria dado que es también una forma de lenguaje, una manera de decir la vida y rebuscar en sus complejidades… Dos escritores en lengua alemana, Günter Grass y Peter Handke, cuya obra literaria y cuya actitud personal nunca han eludido la responsabilidad crítica, la razón política que le es propia, han sido protagonistas –sin quererlo- de un pimpampún mediático en el que ha habido de todo, desde acerba crítica hasta descalificaciones inadmisibles. Y esto cuando, según parece, quienes manejan la cosa tocan a rebato para que vuelva el escritor comprometido de antaño a implicarse en tal desbarajuste, y a ver si su clarividencia crítica puede ayudar en algo. Entonces, el escritor habla, y se compromete (mejor, para no confundir: se hace responsable de la palabra que da); sin solución alguna de continuidad, un revuelo mediático lo absorbe, saca las cosas de quicio, deja todo en anécdota y arrima aquella propuesta crítica a la brasa que mejor calienta.

¿No es una situación extraña? A quienes ayer se les otorgaba reconocimiento, hoy se les descalifica por ejercer precisamente la responsabilidad para la cual se les había requerido; y, para mayor inri, el posible debate que de ahí habría de derivarse, se reduce a mera, vulgar noticia de actualidad que, por serlo, será efímera y caerá pronto en el olvido.

¡Qué feroz maquinaria para destruirlo todo, sin que nadie pueda decir que no se prestó la atención debida, ésta de los medios y su fervor tan sólo por la actualidad! Quienes manejan la cosa, he dicho más arriba. ¿Quiénes? Aquellos que detentan el poder; que no son precisamente los políticos, aunque ellos se lo crean porque ocupen el escenario durante el tiempo que se les concede para su representación. Poder, el que mueve los hilos todos; y en primer lugar, los  de la información y la tecnología, en muy fértil coyunda por cierto. Claro, también el poder económico (¿es otro?) que encandila a los más con su oronda apariencia.. Pero téngase en cuenta que el poder mayor es el primero porque instila su violencia en el lenguaje, en los lenguajes, y éste es el vértice de todo: poseerlo, poseerlos, supone dejar sin voz a quienes son lo que son porque pueden expresarse en libertad. Y se suma entonces la extrañeza, cuando comprobamos que quienes están en uso de la palabra, y más alto hablan y no paran, son quienes aprovechan su pretendida integridad y compromiso para levantar a los otros y ocupar ellos el asiento.

Precisamente al referirse al asunto de Peter Handke y sus posiciones acerca del conflicto en la antigua Yugoslavia, Cecilia Dreymüller escribe: “Esta exclusión de la disidencia política ha sido impulsada, precisamente, por intelectuales y políticos de izquierdas” (eso, al menos, dicen ser); intelectuales a quienes se les llena la boca de libertad de expresión, de tolerancia, de pensamiento crítico, de disidencia y cosas de semejante jaez, pero son expertos en la estrategia de silenciar lo inconveniente; hacen oídos sordos (ese silencio administrativo que tan bien manejan burócratas y leguleyos que son, y en qué medida) o evitan dejar espacio para que otros digan lo suyo, “con el argumento de la inoportunidad política” que ese discurso pueda tener. En el caso concreto de Peter Handke se produce otra circunstancia que también es una herramienta: se le retira el premio Heinrich Heine que se le había concedido previamente, al comprobar su indocilidad que no era otra cosa que su libertad. ¿Cómo iba a ser de otra manera, si los premios se instituyen para beneficiar a quienes premian (en la repercusión mediática, en la inversión política que suponen, en la rentabilidad económica incluso), pero nunca al premiado, a quien se supone que, por gratitud siquiera si no por otros intereses menos confesables, de los cuales participa, aceptará con el premio las leyes de ese juego y acabará bailando al son de los premiadores, publicando su excelencia y su magnanimidad…

Sigo diciendo que hagamos abstracción de tales sucesos; que vayamos a la razón primera de todo esto, y en particular por lo que hace al escritor y a su comprometido oficio de la creación literaria, en medio de “la creciente intolerancia de nuestras democracias a las posiciones disidentes”, como anota también Dreymüller. Les basta con poner gesto serio (y muy digno) y decir que tales disidentes no son demócratas, para considerar desactivado ese peligro: dicen saber que no lo son, pues ellos tienen la patente en exclusiva, y ellos la dan y ellos la quitan; con descarado cinismo, eso hacen, eso vienen haciendo desde siempre, y todos los hemos mirado con tanta complacencia… Como el propio Handke refiere, al hablar de su caso, en vez de abrirse al debate (no tienen argumentos) acuden a “difamaciones formuladas con palabras prefabricadas, repetidas hasta la saciedad, empleadas como una ametralladora”. No sigamos sin detenernos en un par de cosas de esta afirmación: el lenguaje utilizado por quienes así actúan se reduce a pura fórmula, son frases hechas, vacías por tanto de contenido; eso sí, se repiten y repiten, sin pausa que permita oírlas y pensar qué dicen; tienen la agresividad imparable de un arma mortífera. Tengamos en cuenta que es un asunto de lenguaje, de palabras; tengamos presente, también, que el objeto es secuestrar los significados para impedir que se multipliquen los sentidos, las intenciones de esas palabras. Que no haya voces con su diferencia, con su individualidad crítica; que se uniforme el lenguaje.

No lo dice Handke, lo añado yo, y se que no me contradirá: a esa repetición de siemprelomismo habremos de sumar otra actirud que abunda en ella: no decir ni hacer lo que dicen abiertamente (confiesan, incluso, que no se debe dar pábulo a tales cosas, que se debe ser discreto); mejor sustentarse en “medias verdades e informaciones falsas (…) (en) informaciones y opiniones recogidas sin análisis (…) (en una) prolongada deformación informativa”, cuanto facilita la manipulación de los lenguajes al amparo de las técnicas propias del lenguaje de la información (simplificación, urgencia, actualidad, imagen) que ya operan, de modo instintivo, por contagio, en el uso común de la gente hasta el punto de haber empobrecido, peligrosamente, la riqueza de las formas del habla. Porque, a poco que nos fijemos, lo que se pretende es borrar todo fondo cultural, la dependencia de ese verdadero principio que es la memoria (no los recuerdos y efemérides, que tanto se preservan porque son inocuos), la necesidad de saber y pensar. Nadie podrá decir que hay censura, desde luego; pero control riguroso, sí; y descalificación y desprestigio y silencio para cuantos se muevan en la foto, por incorrectos. Es de ver cómo esos poderes usan, impunemente, una moralina de iglesia y sacristía que tanto han criticado siempre; impunemente y sin el menor rubor, como si nada fuera o nos hubiésemos olvidado ya (confían en el olvido para volver a las andadas) del viejo stalinismo que preservaron en nombre de la necesaria clandestinidad; y ni eso fue justificación, por mucho que se empeñen.

Diría, con Pedrag Matvejevic: “El vocabulario de las viejas ideologías, hábilmente disfrazadas de democracia es propenso a los términos de identidad y de singularidad para imponerse de nuevo sin necesidad de renovarse”.

Y así hemos vuelto a esa terminología de los muros y las divisiones y el no pasarán, manejada por quienes no quieren que nadie vea qué hacen, para excluir en lugar de integrar, cuando lo que hay del otro lado no les parece conveniente porque no se les da la razón o se pretende abrir un espacio de debate. Eso sí, cualquier otro muro o barrera o mínima intransigencia será condenada públicamente y con toda suerte de orquestación mediática, que para ello se pintan solos. El caso es que todo está inventado, y que nos vienen con un mensaje muy viejo y pobre; se les ve, torpes bustos parlantes, inseguros, echando mano de esas fórmulas prefabricadas, esforzándose (y es penosos) por dar titulares. ¡Ay, lengua, lengua, dónde está tu victoria! Hemos corrido, locos, tras la cultura de la imagen, y aún corremos sin saber parar: todo lo facilita porque todo lo simplifica (¿nos hemos dado cuenta de eso?). Pero tiene trampa, como sucede con la publicidad que en aquélla ha echado raíces y con qué energía. No hay modo ya de ver más de lo que tenemos ante nuestras narices; la potencia de su presencia es tal que nos ha arrebatado la imaginación, que nos ha dejado sin habla: esos “poco escrupulosos procedimientos de la omnipresente máquina mediática” –dice Peter Handke.

De nuevo, el escritor alemán viene en mi ayuda:

“¿Qué sabe aquél a quien, en lugar de la cosa, sólo se le deja ver la imagen de ésta, o, como ocurre en las noticias televisadas, un extracto de la imagen o, como ocurre en el mundo de las redes de telecomunicación, un extracto de un extracto?”

Antonio Marichalar, en Cruz y Raya, escribe:

“Tras amplias soledades ascéticas –ávidas de claridad y por tanto complicadas- estamos, ahora, en un momento que opta por no enterarse y solicita que le engañen, que le cierren los ojos;”

O que quiere enterarse de todo, aunque sea a través del engaño orquestado de los medios… Y eso, allá por los treintantos del pasado siglo. Lo reinventó el Reader´s Digest, en los cincuenta y sesenta de la propaganda norteamericana, y casi no había televisión aún. Handke lo dice para referirse a cómo se ha enseñado el conflicto de los Balcanes; pero lo verdaderamente grave es que se trata del modo de este tiempo al cual he calificado de raro; y que también lo es con respecto a Europa, a su enquistada torpeza que vuelve: cuando pensábamos que ya no, se reaviva el menudeo nacionalista (destruir Estados, recomponer federaciones, en nombre de qué intereses estratégicos o económicos) mientras cunde el desconcierto en la Unión tan deseada; y aquí estamos todos –con una estúpida prudencia- sin decir lo que se debe, por no sé qué respeto humano o complejo histórico. Empeñados en desconocernos; y no tenemos sino que mirar hacia atrás, sin prejuicios. No para recordarnos enfrascados en nuestros egoísmos nacionales, para entender –de una vez por todas- cuál es la memoria que nos hace, que sigue viniendo de esa médula, flujo de doble dirección, del Danubio: paso de Oriente a Occidente; salto entre norte y sur, de hombres, de mercaderías, de ideas…

Pero volvamos a la literatura, que en ello andábamos; vengamos a su palabra alzada frente a los procedimientos romos de los lenguajes de la información; volvamos, como también dije ya, a la responsabilidad del escritor, a su testimonio como hombre de su tiempo y como conciencia necesariamente crítica del mismo. El error es viejo error: pensar que, con ser fiel a lo que puede ver, es suficiente. Viejo error, además, que ha hecho fortuna en los poco escrupulosos procedimientos del lenguaje mediático, de modo que se ha ido desdibujando la importancia del escritor como autor y se le ha ido dejando en amanuense, servidor apenas de lo que se le pide y con maneras que no exijan pensar demasiado; que también la literatura maneje fórmulas y las utilice con asepsia extremada, no vengamos a enredar… A lo que se teme, a lo que teme aquel poder, es a la mirada del individuo que es el autor, y sobre todo a que la suya sea una voz propia (“canto de a uno –como dijera Ida Vitale- (frente a) esa última y prestigiada extensión (del canto coral) la murga española, mediante la cual se justifica la libertad de desafinar vulgaridades, oculto entre otros”) capaz de incorporar al pretendido armario de valores una cierta enajenación poética, lo más subversivo sin duda. Es así como saltan a la luz lo que Peter Handke denomina “terceras cosas” y queda en entredicho el “veneno verbal” que anima el lenguaje de los grandes medios, su “ceguera partidista”.

El testimonio y la crónica no tienen por qué ser lo primero, ni la verdad mayor. Quedan atados a la realidad, y ésta no va más allá de sus referentes, no propone otra dimensión para las cosas; con la transfiguración literaria se va a la vida, a la verdad, a la revelación de la poesía. Lógico, en consecuencia, que la literatura de hoy insista, con toda complacencia, en el siemprelomismo Ya referido; que el escritor se haya quedado sin voz y que se limite a hacer buen uso de la escritura. Nos hemos quedado sin escritores, porque los actuales temen el desprestigio que pueda acarrearles el atrevimiento que supone introducir el factor estético en el lenguaje, pues eso conlleva establecer una posición ética. Hacerlo será volver la oración habitual por pasiva y dejar al descubierto el revés; hacerlo es poner en evidencia que la clave está en la sintaxis; ello es, en el ritmo, en el empuje orgánico del lenguaje, donde reside la libertad del habla, su viveza y su capacidad irónica; su fuerza creadora, en una palabra. Y no se trata de imprecisión o de aleatoria espontaneidad, como algunos piensan cuando lo digo; nada más lejos de ese adanismo aun más fácil y torpe que la disciplina de la escritura. Todo lo contrario: mayor precisión y mayor verdad porque es voz propia, “lealtad hacia otro lenguaje, el no periodístico, el no dominante”, el que se hace “con palabras podridas, envenenadas” (Peter Handke) y se apresta a deslizarse por el lado otro de la reflexión, pues no basta quedar en las cosas, sin más, cuando este oficio de dar la palabra –así dije al comienzo- exige otra responsabilidad que es crítica; en otras palabras: no crédula, arriesgada en la demasía de lo que está por ver.

Cecilia Dreymüller se pregunta si el valor social del escritor en el mundo de hoy puede quedar –como parece- en esas “gracias artísticas” que se toleran, siempre que sean correctas y no vengan a quebrar el “consenso político” establecido. Si puede quedar –añadiría yo- en el esmero por hacer una obra de entretenimiento, cuando la voluntad crítica ante la falsedad y los abusos del poder (y en particular ante el enquistamiento de los lenguajes) es la ineludible responsabilidad de toda literatura; si no, deja de serlo para hacerse mero negocio. Precisamente, en torno al revuelo generado por el asunto del pasado de Günter Grass en la Alemania nazi, Mario Vargas Llosa llegó a escribir:

“Ningún intelectual de nuestro tiempo cree que ésa (gesta intelectual, debate de ideas, creación) sea también la función de un escritor y la sola idea de asumir el rol de “conciencia de una sociedad” le parece pretenciosa y ridícula. Más modestos, acaso, más realistas, los escritores de las nuevas generaciones parecen aceptar que la literatura no es nada más –no es nada menos- que una forma elevada de entretenimiento, algo respetabilísimo desde luego, pues divertir, hacer soñar, arrancar de la sordidez y mediocridad en que está sumido la mayor parte del tiempo el ser humano, ¿no es acaso imprescindible para hacer la vida mejor o por lo menos más vivible?

Aunque he reducido la cita a su conclusión, creo que exige atenta lectura toda ella; en particular, algunos aspectos que en ella propone el novelista peruano, para mí de primera necesidad; y, en particular, para lo que ahora nos ocupa y preocupa sobre la responsabilidad del escritor en tiempos de tanta confusión.

Hablemos, primero de “ese joven intelectual de nuestro tiempo”, de esas “nuevas generaciones” a que se refiere Vargas Llosa. Quizá me equivoco, pero es viejo discurso ése que identifica lo nuevo con lo joven y, además, con nuestro tiempo… No necesariamente por serlo está más cargado de razón; ni habremos de aceptarlo como ejemplo.

Quiero decir que ya hace mucho que la ecuación progreso=novedad ha dejado de ser válida en términos absolutos; dependerá de qué se entienda por progreso y en qué ámbitos nos movamos; no desde luego en lo artístico e intelectual, dónde sólo puede mantenerse vivo el debate con la memoria y no condenarla al olvido. Que la celebración de la juventud por juventud no pasa de ser una de las tantas trampas que nos tiende nuestra sociedad de consumo, apelando a ese íntimo aguijón que nos hinca la madurez y nos hace envidiar, con tonta nostalgia, aquellas energías. Bien conocida es: fue la estrategia del poder para desactivar, precisamente, la rebelión juvenil que desoncertara al mundo en los prodigiosos sesentitantos del siglo pasado. Si vamos con seriedad a las propuestas creativas de los escritores y artistas más jóvenes, lo que procede es un análisis crítico de las mismas, al margen de que vengan avaladas por la edad de sus autores, en muchos casos sinónimo –lamentablemente- de un adanismo más bien vacío; entusiasta, tal vez, pero de pobre contenido y, a veces, sin atender demasiado a las formas. Los lenguajes, entregados a ciertas convenciones expresivas que, aunque puedan parecer atrevimiento, apenas se piensa un poco en ellas, se les ve sujetas por las riendas del poder; responden a sus dictados, bien ocultos bajo el simulacro de valecualquiercosa. Otros hay, sin duda, y otras propuestas, de mérito notorio; pero, insisto, en modo alguno consecuencia de la juventud de sus autores.

Decir, como dice nuestro escritor, que “ningún joven intelectual de nuestro tiempo” cree ya en el debate de ideas o de la creación como sustento de su trabajo; es más, que lo estime pretencioso y ridículo (sic), no me parece aceptable como referente de lo que debe ser la función (mejor, insisto, responsabilidad) de un intelectual en la hora presente, máxime cuando Vargas Llosa apela, como hace para dejar zanjada la cuestión, a la estirpe para él agotada de los Mann, los Camus, los Sartre… Aparte que no parece de recibo afirmar tal cosa de dichos escritores, que podían ser todo lo discutibles que se quiera pero cuyas propuestas siguen alentando (o deberían) en la conciencia de nuestra sociedad, como tantos otros anteriores en el tiempo; aparte eso, yo no me atrevería a considerarlos mayores ni, mucho menos, superados. Que no sean de actualidad es cosa bien distinta; y habrá que agradecer a todos los dioses de la literatura que no lo sean; pero ¿no son actuales? Si nos hace tanta falta hoy una escritura como la suya, de verdad crítica y resistente y abierta al contraste de ideas y a la medida reflexión “sobre los grandes temas sociales, políticos, culturales y morales” (añadiría que también sobre el lenguaje, que es asunto primordial a los que Vargas Llosa parece no tener por objetivo pertinente del escritor. Pero, si no es ésa su labor, ¿para qué la literatura?

Claro que nuestro autor añade, inmediatamente, que la clave de todo está hoy en ser realistas (para él, toda otra actitud será servidumbre a la ingenua utopía de los años sesenta); da por sentado que ser realistas otorga un plus de razón… Pero, vuelvo a lo mismo, estamos hablando de un compromiso o responsabilidad intelectual, procuramos dilucidar la función del creador, ¿habremos de asumir, como irremediable, que la única razón de la literatura es ser entretenimiento, y partir de esa actitud previa y programada a la hora de escribir? A mí me parece que tal cosa supone una cesión por parte del autor, una flagrante dejación de su responsabilidad, con el presumible propósito de hacer soñar (sic) al lector, de arrancarlo “de la sordidez y mediocridad en que está sumido la mayor parte del tiempo”, lo que el escritor peruano estima “imprescindible para hacer la vida mejor o por lo menos más vivible”. Que puede que ése sea el resultado inmediato, transitorio, durante el tiempo de la lectura; luego, como en el cuento, todo volverá a ser como era. Pero eso no supone sacarlo de sus casillas; más bien, confirmarle el lugar que le corresponde y que no debe abandonar; y el escritor, siempre, por encima, reconocido, en nómina. Vargas Llosa parece insistir en que debemos desengañarnos, que todo aquello de la intervención del intelectual para –desde el debate y la crítica- procurar que las cosas cambien, sean de otra manera y si mejores, mejor, ha acabado para siempre. Lo dice como resignado; pero lo que sucede es que su perspectiva es la de quien se ha acomodado, y ha acomodado –consecuentemente- su escritura al dictado del poder. Y no vengan los resabiados a simplificar con izquierdas y derechas; no vengan, quienes no ven más allá de sus narices, con eso del negocio en que ha dado la literatura.

De todo eso hay, desde luego, pero sólo es una parte del asunto, y quizá la menor. Lo más importante, como dije más arriba, es –sin la menor duda- que el lenguaje le ha sido arrebatado al escritor y no sólo al novelista peruano que nos habla, por esos poderes (todos) que lo secuestran para desactivar su verdadera fuerza subversiva, y no hay que concederle ni tanto así. Me vuelvo entonces y me topo con el rostro aguileño y el rictus duro de Elfriede Jelinek, con su fama de esquiva. Mujer, después de todo, por mucho que se empeñen los teóricos en no hacer cuestión del género. Veo, pues, a Jelinek dispuesta a correr ese riesgo, con todas sus consecuencias, frente a tantos otros de sus colegas masculinos (y algunas mujeres también, por cierto: aunque lo nieguen, se comportan como hombres) que cuidan muy bien todos los extremos del negocio, con tal de no perder, de jugar sobre seguro. Quiero fijarme, sobre todo, en la actitud con que afronta la escritura, esa disposición que la mueve a entrar en el espacio del lenguaje con una intensidad orgánica fuera de toda duda: el lenguaje deja de ser una forma de poder, un instrumento dado, y el escritor (la escritora, en este caso) parte del “diálogo metaliterario con formas y contenidos tradicionales (…) (con) las cenizas de la memoria”. Una manifestación, un verdadero testimonio (éste sí) a través de lo sustantivamente vivo del lenguaje: ese “juego de sonidos, de asociaciones, de similitudes y oposiciones” –tal recuerda Brigitte E. Jirku al referirse a la escritora austríaca.

Otro asunto de cuidado, ese de la memoria que también el poder intenta (por algo será) arrebatarnos, diluyéndola en el algodonoso pasado de los sentimientos. Entrar en la memoria sí que es imprescindible aquí (dejémonos de entretenimientos); y entrar en danza con ella, lo que supone acomodarnos a su cuerpo y compás, a su complejo movimiento, a sus síncopas y contrapuntos, por medio de los cuales se empieza a comprender que éste de la escritura es oficio que no se acomoda a las normas de un discurso bien dispuesto en sus armonías para oprimir sin que lo noten a “unas mayorías sin poder” (¿por qué, si no, viste tanto ahora ese mimo con que se trata a las minorías?). Escribir como irrumpir en la propia lengua, e interrumpir impertinentemente su apacible discurrir. La cosa está en la sintaxis precisamente (que es la verdadera semántica); y por eso es tan decisiva la capacidad irónica de volver la oración por pasiva, de andar siempre por el revés del discurso: un juego que induce “a la  búsqueda y a la recreación (…) (a la) construcción de nuevos mundos articulados desde el centro y la periferia del lenguaje”; y por intermedio de dicho ejercicio, descubrirse a uno mismo, al individuo que en todo este esfuerzo trata de cumplir con su responsabilidad política: la relación con los otros en el espacio cívico al que concurren para ser y completarse, precisamente como individuos.

He adelantado que sintaxis. Añado ahora, en consecuencia, que ritmo; pero no compás, ojo; ni melodía que regale el oído. Para que la sintaxis tenga esa consistencia semántica de la que he hablado, no basta con utilizar unas formas ya establecidas, meras fórmulas, sea para la ficción, sea para la poesía; sino dar salida de manera natural a esa energía orgánica que es el lenguaje en su ser: “voz, respiración, y se cambia lo previsible de las coordenadas de nuestro orden”. Por ahí, y avanzando a más, poniendo a prueba a cada paso sus posibilidades expresivas, Elfriede Jelinek concluye de este modo:

Necesito (…) una absoluta incertidumbre para que, por fin, pueda enterarme de adónde me lleva la escritura (…) Y luego, de pronto, lo escrito me toma de la mano (sin jamás echarme una mano, ¡qué canalla!) y me saca a rastras.

Subrayo, y añado –a modo de glosa, tal vez redundante: la experiencia de la literatura, si se entiende como la vida, se abre siempre a lo demás que cómo podremos lograr (nunca es corroboración de lo sabido o pasado o dado por sentado, aunque con fina retórica) y nos advierte de lo carentes que somos. Y así, lo que aguarda al escritor, al individuo que en dicha experiencia quiere reconocerse, no es el triunfo sino un inesperado tirón que lo saca (mejor, que lo hunde más en aquel boscaje) a rastras, a la fuerza y sin la menor contemplación, sin echarle nunca una mano. Una lección para vivir, no un simple y transitorio entretenimiento para soñar. Ya cumplen esta función -¡y de qué manera tan eficaz!- los diversos lenguajes mediáticos. Salvemos la literatura de sus fauces insaciables.

(Del libro Dietario del margen. Ediciones Idea 2010)