Desde la redacción

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El 9 de octubre de este año se cumplieron cincuenta años de la desaparición física de Ernesto Che Guevara. Uso este término porque seres humanos como él, de una enorme lucidez incluso en el error, nunca desaparecen realmente, están siempre entre nosotros, los sobrevivientes, haciéndose sentir de una forma u otra. Y conste que no estamos refiriéndonos al personaje de la foto de Korda que aparece en las camisetas de medio mundo. Hablamos del aventurero de familia acomodada que sale al camino y se topa con América Latina, del médico del leprosario, del hombre que se plantea hacer una revolución para instaurar en el subcontinente injusto y dolorido la justicia social, del guerrillero, del ministro tan desinteresado en el dinero que firma los billetes con su nombre de guerra y, por encima de todo, del lector constante, del escritor, del pensador, en síntesis, del intelectual.

Nos servimos, para llevar a cabo nuestra tarea, de varios textos que ilustran al personaje y a su época.

Quienes nos aportan los datos históricos son Eric Hobsbawm y Abelardo Ramos, dos de los más brillantes historiadores del siglo XX. Era importante la visión de un europeo y la de un latinoamericano sobre los hechos de una época que cambió totalmente al mundo.

Por encima de los textos y las elucubraciones, la figura del Che -tan difundida y tan poco entendida- alzándose en este comienzo de un nuevo siglo que parece convocar lo más atávico, brutal y despiadado del ser humano.