Las narraciones necesarias


1


Un hombre que se ha vuelto un ser abstraído, ligero, casi frívolo porque ha perdido a su hijo. La segunda parte del enunciado, que en rigor es la causa del enunciado que inaugura la frase, certifica que una causa y su consecuencia estabilizan el mundo. Si el inciso anterior hubiese sido redactado de la siguiente manera: un hombre se ha transformado en un ser leve, abstraído, casi frívolo porque ha perdido a su hijo o incluso la redacción más exacta: un hombre que ha perdido a su hijo de nueve años se ha transformado en un ser inocuo, casi frívolo, abstraído, se reafirmaría un discurso necesario y de una manera paradójica, tranquilizador. El dolor más agudo, más perverso, hace de un hombre un ente vacío, sin discurso ni recursos ni esperanzas.

2

La verosimilitud cervantina radica en la congruencia del relato. Pero no en la congruencia externa, la que el lector advierte es en todo caso, una necesidad, una versión vicaria, un seudópodo narrativo que permite capturar terreno, atrapando al lector, en rigor el viceversa resulta lo más exacto. Esa dichosa verosimilitud permite ­más que nunca en los tiempos que corren­ discriminar entre la suma de discursos de origen distinto ­la fatídica suma de relojes con mandriles­ que sumen a la literatura en una de sus mayores crisis: la falsa derogación de los discursos necesarios.

3

No a la planificación; no a la revolución; no a la infraestructura explicativa. La primera negación atañe al narrador: la espontaneidad como falacia sustitutiva de la honestidad, como opción por la frescura, contra el raciocinio más o menos subyacente pero inevitable del relato o del poema. La segunda negación obtura el cambio, o peor aún, su barrunto, su arrebato romántico y chopiniano, su necesidad ante la demoledora llanura de la desgracia humana. Este relato devenido en innecesario liquida el primer movimiento de solidaridad ante un destino excesivo, cruel, para los hombres. La tercera negación atañe a la superficialidad de la suma antes enunciada: mandriles adosados a relojes. El discurso del éxito sumado a la letra escrita permite dirimir la calidad literaria desde un recurso falaz y bajo: la expresión escribe bien seguida de la expresión vende mucho. La síntesis de esta suma atroz consistiría en juzgar una partida de damas tomando en cuenta las reglas del ajedrez.

4

En su novela de 1986, “El periodista deportivo”, el escritor estadounidense Richard Ford (1944) desarrolla el argumento que se esboza en el primer inciso del presente texto. Frank Bascombe, el periodista aludido en el título de la obra, se encuentra con su ex esposa ante la tumba del hijo de ambos, muerto a los nueve años. Es Pascua, además, y el rito anual incluye la lectura de un poema, generalmente equívoco y torpe. La novela escrita en estricta primera persona incluye una reflexión sobre la literatura en general que se expande a la vida y vuelve sobre la literatura, como esas epidemias medievales que cuando parecían extinguidas arreciaban con más enjundia y sevicia sobre los pocos, aterrorizados sobrevivientes. Escribe Ford: “La muerte y la supervivencia se han vuelto, como los pianos en las mudanzas, grandes asuntos que se olvidan al acabar el día.”

5

La literatura, sitiada por la producción y distribución masiva de las grandes editoriales, engarzadas a su  vez en enormes sistemas globalizados, ha devenido en un asunto olvidado al acabar el día. Un piano del que emana Chopin en manos del pianista que quiera revivir ese espíritu revolucionario, fermental e intransigente del “íntimo polaco” de T.S.Eliot ­ahora mismo escucho a Daniel Baremboim en su Recital de Varsovia­ transformado en asunto de mudanza, mudanza que sin embargo, oculta y minimiza la otra, la verdadera, la que cantó Manrique, la que ordena las cosas de los hombres en necesidad de cambio aquí y ahora, antes del regreso, la disolución, la buena memoria.

6

El lector de Ford hasta puede imaginar la reunión de los sirgadores, de los braceros al final del día, discutiendo los pormenores del trasiego del piano ­la ventana demasiado pequeña, las cuerdas tirantes, las manos crispadas, la gente con el cuello rígido jugando apuestas sobre la desdicha o la gloria, la caída o la salvación final y absoluta­ y luego puede proseguir imaginando que ese enorme asunto, se disgregará como el piano ya asentado en la sala que le dará cobijo, en los vastos campos de la frivolidad del trabajo realizado, de la rutina del olvido. Así es la vida, dirá el lector.

7

No obstante está el hijo y la muerte, y la Pascua en el pequeño pueblo de Haddam en New Jersey y el hombre y su misterio: la mutación dialéctica que nos lleva de aquí para allá, de un sistema obtuso a otro, casi sin solución de continuidad. Grandes asuntos vueltos pianos sin voz ni vuelo ni destino ni horizonte. La literatura o refleja esa mudanza o no es nada. La literatura o insiste en revivir el sonido del piano forte chopiniano o comulgará en las estepas idiotas del uso descartable, cínico, de la literatura por metro, cortada aquí o allá según el dueño de turno de la recua .

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Álvaro Ojeda
Parque de los Aliados, Pascua de 2014.