Un portal de ovejas

El paso bestial
(un portal de ovejas)

Primera parte

A Claudia Porto


I


marcha de la luz
ligera en los ojos
un cardenal de fuego
sigue
al trocito de verdor
partido en algún punto
donde el terrón pisoteado
abre la derrota
al peso de la recua

sigue
retumbando desconfiada
irradiando el polen justamente
la harina del camino
flota gaseosa
y compadece a la seca
en un mismo costal
la lluvia de los paramos
sigue
de su fina mano y sacia
el restregón del viento
contra la zarza humeante
el horizonte borroneado
cuela una estría de losa
reflejo pedroso de mica
canteada de la sierra
sigue
atenta ella de sus flancos
hilada por hilada
radiada de su juicio
y oliendo cómo llega
al borde de su paso
las letras con sus cascos
sujetan un verbo verde
con las heces espaciadas
encauzan la oración
ya que la senda por ahí
sigue


II

El tren va lentísimo. La mañana de invierno es tan fría como la del día anterior y ya no llueve. El traqueteo desprende agujas de escarcha helada formando charcos barrosos en el vagón casi vacío. Unos tanques oxidados con aceite sobre la paja húmeda están atados con trapos y sogas para que no rueden. La escasa luz metálica se cuela por la puerta corrediza de chapa acanalada que tiene un color indefinido. Asegurada con el palo de una escoba vieja, la puerta rechina como un animal espantado. El único pasajero dormita apoyado contra el tabique del fondo.

Debajo de una manta lleva ropas raídas y grises y también diarios para cubrirse del frío.

Un accidente del camino obliga al tren a disminuir aún más la velocidad. Los vagones se entrechocan y todo el convoy se prepara para una curva. Es inconfundible el rumor que lo despierta.

Abre con esfuerzo la puerta y luego desenvuelve una faca. La hoja de hierro negro es corta y puntuda. Algunas pasadas por la chaira improvisada de un larguero, reavivan el filo dormido. La respiración le silba asmática.

Corre sigiloso bordeando el alambrado. Sabe hacer en silencio. Salta y su propia levedad lo sorprende. Rodea, separando del rebaño, al primer cordero que ve y le ofrece, contra el alambrado, una sola vía de escape.  No lleva culpa el instinto del animal. El pánico por escapar de algún peligro sólo se mueve, muchas veces, hacia un peligro aún más grande.

Sus manos atrapan al cordero por su lana y al momento está de rodillas ignorando los balidos desesperados. El corte es certero. La sangre da, en sus borbotones calientes, el primer alimento en días. Tose y bebe.

La rapidez del hecho y la lentitud de las ruedas del tren no están convenidas y el tiempo así, podría anularse, pero todo se repetirá otra vez de manera más o menos parecida.

Lejos, muy lejos de ahí, donde esa trocha se cierra, la historia tiene su tajo en una gran plaza repleta de gente. 


III


¿qué afirma el rebaño al paso
de su uña bestial? el arreo
larvado reflejo del silbo
dejándole el fardo a los perros
sigue
blandiendo el aire
el fatigado ademán de los cardos
púrpura devoción del caserío
donde cuarenta kilos de pulpa latente
evitarán la mojadura
para no dejar de comer
al orden cerrado del invierno
que guarda su aliento
oxidado en el alambre

sigue
a los trancos la batalla
en el seno de sus ijares
y en el humo de su aliento
será por ella la noticia del mundo
la ceniza tinta en su vellón
y el camino un margen vacilante
nacerá al llano blanco paciendo

deja la sal la turba en los rasos
y de los galpones una procesión
al tiempo de la señalada
sigue
apoyando en el aire corrompido
una bruma de veneno
en los bajos del potrero
arranca el pasto y apenas
unas nubes abajo
más que arriba
boquea una pequeña eternidad
y en ese despojo
sigue


IV


De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador.
Más el que entra por la puerta, el pastor de las ovejas es.
El ladrón no viene sino para hurtar y matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.
Yo soy el buen pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas.
Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa.
Así que el asalariado huye, porque es asalariado, y no le importan las ovejas.

(Juan, 10:1)


V


A golpe de pala van a salir las figuras. Van a nacer despacio entre los horcones que no son más rugosos ni más viejos ni más oscuros que las manos que ahora cruzan la urdimbre. Esas manos, aves laboriosas en los extremos de sus brazos, entran y salen de una jaula de hilos de colores.

La luz se estira en la punta de las jarillas pero se detiene en los cuajos amarillentos de sus ojos. Dos espacios nublados de recuerdos. Traman y golpean sus pájaros pequeños, sin alas.

Sola lo hará bien. Entonces pondrá un sol con el amarillo de la chilca. Con el lloro del algarrobo va a teñir las montañas.

A él, en un camino lo va a poner, anaranjado de barba de piedra. Canta.

La pastora en el sombrero
prendió unas flores de papa
cuando en el agua se mira
una ovejita se escapa
ya me estoy yendo
ya me han de olvidar

Esta comparsa que canta
usa gorritos de lana
los teje toda la noche
los desteje en la mañana
ya me estoy yendo
ya me han de olvidar

La tarde se enrolla y se va guardando solita en la pintuna. La telera no ve como la sombra llega hasta la huerta. Pero al cardado de la manta, a los flecos cortones y parejos, con sus yemas los ve.

No se apura en la tarea pero ya la quiere lista para hablarle como antes lo hacia. Contarle del pozo seco y de los animales.

Así dispone sus pensamientos dibujando con la lana sus retratos para tocar. Los nudos de sus manos atan y desatan. Vuelan alrededor de la trama. Ya no va a volver. Lo saben los pájaros que todo lo ven desde el nido del tapiz.

Hilados penetrales de su alma. Trama y golpea.


VI


sigue
mamando en un barullo de terneras
luna pastora en la faena
el rostro en un sesgo como un santo
emboscado de día
y de noche dando caña
a ojos cerrados en la paz de la verdura
donde ensanchaba la avenida
de setos de acacias de pinos
una ráfaga inhumana
que empujaba y empujaba
llevando a la manada a decir
nada y hacer de llevarla y traerla
antes de carnearla
cosa única

sigue
a montones en la aguada
ahora pendientes del forraje
cabezas levantándose bienaventuradas
buscándose el celo
indistinguibles borregas
al reparo de la sombra
con el agua hinchando las barrigas
y el rizado de caras tapadas
bastándose en la parición
un encierro nocturno y las sequías
ah las sequías que pelaran
los huesos de quién
levantando el farol del diablo
el fósforo de un residuo orgánico
en los pastizales donde no hay
cuadrillas ni escollos ni ortigas
que detengan su paso
sigue
quitando los pecados del mundo
pero las sequías ah las sequías
frente a una voluntad rezadora
contra la furia rumiante
certeza que tomara como propia
la violencia de una espera
un respingo apenas del camino
inquebrantable



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Alejandro Castro (Buenos Aires 1956) Músico y escritor. Reportes de la noche obtuvo el segundo premio en el género poesía del Concurso Régimen de Fomento a la Producción Literaria y Estímulo a la Industra Editorial 2006 del Fondo Nacional de las Artes. Su novela El verano de las Adivinas ganó el Primer Premio Sigmar 2011 de Literatura Infantil y Juvenil. Un Portal de Ovejas (inédito) integra la colección Miliuna, de Ediciones La Biblioteca, auspiciada por la Biblioteca Nacional.