Elogio de un rincón preciso

1

Durante el fin del otoño y el inicio del invierno del 2012, tuve que visitar a mi odontólogo. La palabra visita suena incómoda. Ya se sabe cómo es esto. Lento, tedioso, ríspido. Ruido, ese olor indescifrable mezcla de menta turbia y antiséptico omnipresente. Placas, enjuagues, respingos, nervios tocados, disculpas profesionales. El consultorio en cuestión, queda por la calle Gonzalo Ramírez frente al lago del Parque Rodó y al templete que remedaba a Grecia cuando en Uruguay los modelos estaban más cercanos a Atenas que a Washington.

El primero de los tránsitos que recordaba al transitar, justamente, por esa zona abolida durante el invierno que es el norte del Parque Rodó, más elegante que la persistencia ruidosa y bolichera de la rambla de la playa Ramírez y por lo tanto, tan ruinosa como ésta última, aunque más ultrajada, acaso por la conciencia de lo pretendido y lo perdido, era el tránsito de la distancia infinita entre realidad y deseo. Un tránsito de lo que fue o se proyectó o pudo ser, hacia un presente que resulta de incómoda lectura para los que fuimos niños hace 50 años o jóvenes hace 30, La ley básica de la vida es la inadecuación persistente: se ve el tránsito pero no se puede obrar contra él. Es una fuga consolidada, una involución nostálgica, una evolución incomprendida. 

2

Siempre desde Bulevar Artigas. Cruzaba con paso nada decidido la plaza Florencio Sánchez, otro templete en una elevación denotativa, una fuente en donde la diosa Venus se reclinaba como Madame Recamier en la pintura de David y como aconseja la condición amatoria del modelo, un laberinto borroso y algunos senderos que iban quedando detrás de mí, la llovizna, la garúa, cierta humedad recalcitrante.  

Presté atención al lugar por donde transitaba, cuando observé el perímetro que solía ocupar la cabaña desde la que Nancy Bacelo dirigía la Feria. Pude observarlo, porque el césped permanecía hollado, el sitio que fue seguía siendo, el rincón que presidía su escritorio, las charlas que vi, las charlas que oí y las que mantuve algunos lunes por la tarde, cuando diciembre empezaba a adueñarse del parque y Nancy Bacelo estaba menos atareada, más dispuesta a charlar de temas tan variopintos como la poesía en general, las relaciones humanas, la orquesta típica de Osvaldo Fresedo con el cantor Roberto Ray, los perros, los niños. A veces me invitaba a salir de la cabaña y tomaba fotografías y sonreía con serenidad. El escritorio era su balcón flotante, ingrávido, perpetuo. La marca sobre el césped lo atestigua.

3

De mayo a julio, cada martes de tardecita, a la hora imprecisa y exacta del recuerdo, un rincón se hacía propio, se movía desde un presente desplegado hacia el hueco pretérito del milagroso recuerdo: la magdalena de Proust, una milonga de Zitarrosa, el olor de un zaguán. Gustos, olores, puertas. Lo que vendrá siempre, desde lo que se ha ido para siempre. Acaso un tránsito paradójico, un embeleso, una trapisonda de palabras: la memoria de los hombres apalabrará porque apalabró, porque hemos nacido de un acto del lenguaje, porque la marca del césped evoca el rincón apropiado para ser modestamente feliz.

¿Qué operación del alma, del espíritu, de algún lóbulo cerebral, donde se afinque la impalpable proximidad de lo que no está pero está, provocó esta modesta anagnórisis ciudadana que llevó a rebuscar la explicación en el cuerpo letrado de la poeta Nancy Bacelo?

4

En 1956 una joven poeta de 25 años publica su primer poemario, Tránsito de fuego. Viene del interior, transita la ciudad de Montevideo en el límite entre los barrios Palermo y Sur, frecuenta poetas, estudia literatura. Viene de la muerte trágica de su padre y va hacia su vida en un país sosegado, donde la mesura es una virtud en sí misma, la integración social parece consolidada aunque no se la nombre, se bebe una breve felicidad en un vaso pequeño. 

Me gusta el epígrafe que inaugura la tercera estancia del poemario, la que la poeta ha denominado por la llama y el aire “yo corría corría/ ¿detrás de ti sería?”. Me gusta porque tiene algo de lo que busco: cierta movilidad transitiva que la preposición “por” anuncia en el título del poemario, cierto deambular que recuerda toda forma fugada deteniéndola en sus posibles connotaciones de ambivalente estabilidad, una delicada tarea reservada a la quietud, a la observación de un paisaje que se mueve porque el espectador lo hace, pero que no inhibe en el yo poético, la reflexión. Y una gozosa ambigüedad añadida, ¿corre tras de sí misma la poeta o tras de alguna figura emergente objetivada en el epígrafe?   


Acá estoy yo, parece decir, y yo agrego, ella y yo, ambos, trashumantes en cierta plaza que misteriosamente, nos pertenecerá 40 años más tarde.

5

“Oye:

Llaman a la puerta puerta
Es mi canción que despierta.

Oye:

Qué golpe golpe apurado
Si le jadea el costado.

Oye:

Que llaman llaman muy fuerte
Y el verso juega su suerte.”

90 poemas, canciones según la poeta, numeradas, acaso marcando un ciclo de inspiración en el tiempo, posiblemente un orden que puede responder al azar de la composición (azar temporal, anímico o azar en sí mismo considerado, con su apéndice interpretativo- adivinatorio, que la poeta valoró siempre de manera sustancial y que hace a la función poética desde sus orígenes), a cierta organización funcional del canto al estilo de los cantares machadianos y de los cantares de invocación de la gauchesca (podemos imaginar sin mucha dificultad que el origen de la poeta trae consigo una impronta Nico Pérez desarrollada años después y a texto expreso, aunque ¿no suena en el título por la llama y el aire algo del canto por cifra o por milonga enunciativo del canto de raíz folclórica? o una combinación de todos estos elementos. Los versos son pareados de rima consonante (la más antigua forma de rimar), organizados en estrofas de a dos, y con una invocación amigablemente imperativa, oye, realzada por los dos puntos que le siguen. En resumen, una engañosa facilidad para la comprensión del lector, cierta modestia de recursos, una suerte de conseja cálida, de ronda infantil de una principiante que ha descubierto o bien, el llamado de la poesía o bien, la necesidad de ser escuchada. Y este poema abre una sección del poemario, donde se cruzan dos elementos cardinales de la astrología: el fuego y el aire. Pero además, son canciones.

6

La canción como forma poética posee dos vertientes, una culta –la canción petrarquista, las canciones del divino Herrera o las de Aldana- y otra que integra la lírica popular destinada desde su denominación, al canto. En ese sitio que Nancy Bacelo ocupa en su escenario siempre vivo de la plaza Florencio Sánchez, resonaban todos los años los villancicos, que son canciones en el sentido más exacto del término. La poeta está presente como el bosque absoluto, arquetípico, entero, está presente en la semilla. Y la semilla de Nancy Bacelo es la canción.

Caminar por la plaza donde se realizaba la Feria me hizo recordar ese “oye” convocante. Oye, susurra la poeta, y me pide que la invoque tocando a su puerta. Llaman a la puerta puerta, como si despertara a la Sibila que desplegará su canción dormida. El poeta se realiza en los otros, pero los otros deben despertarlo. Por eso la poeta llama, provoca el sonido que generará sonido. La tarea duerme, el canto se abre a la luz y resuena. La poesía es sonido que replica.

O, los  que llaman a la puerta puerta, al pan pan y al vino vino, necesitan de la verdad del canto. La puerta en este supuesto, no representa la puerta hasta que la poeta despierta su verdadera esencia. ¿Hasta dónde van juntos los nombres y las cosas? La plaza Florencio Sánchez, un despojo húmedo en el tránsito del otoño al invierno, mantiene la espora del canto como la poeta la facultad de nombrar, de dar consistencia a la realidad.        

7

Camino sin apuro hacia mi cita con el odontólogo. La realidad estorba y envilece, estoy pasando por un rincón propicio a cierta posible anagnórisis y el paso, el golpe a la puerta en este caso pasos y golpes resuenan análogos, parece apurado. No estoy apurado lo sé, parece apurado para la voz feérica de la poeta que me susurra al oído, oye.

Otro sonido se suma al tictaqueo: el jadeo apurado que anticipa las palpitaciones del costado. Ahora se habla de un usted preciso: le jadea el costado, ¿a mí?, es la fuerza del recuerdo que me alza del tópico de la indiferencia y me toca el corazón, golpe a golpe, verso a verso. Los sonidos de los pasos encapsulados son la memoria. La risa en la cabaña, los brindis durante las inauguraciones, las manos blancas de jazmines, los desayunos de la Feria de Nancy. Oye.    

8

Ahora los versos llaman, una pulsión poderosa que vocea y golpea. La suerte está echada, dijo César antes de cruzar el Rubicón, utilizando una fórmula religiosa, adecuada a su cargo de pontífice máximo. Hay un aire de decisión relativizada por el azar, por el juego, que conduce al héroe, en este caso a la poeta, hacia una comarca de plenitud ignorada, riesgosa, vacilante.

Siento esa pulsión cuando observo ese perímetro miliar, y recuerdo el año 2002, cuando Nancy Bacelo presentó su poemario De sortilegios como si la actividad de echar suertes, se hiciese esencial, connatural, a la función poética.

“Pequeño amanecer
y ya es de noche”

Escribe la poeta, el ciclo se cumple con la velocidad de la vida, como el paseo pautado por la Feria un día desprevenido. El llamado, el golpe, la latencia cordial de la juventud, ¿fructificó en la evocación, se consolidó por medio de un hilo de Ariadna impalpable 46 años más tarde y más tarde aún a 10 años de su escritura, lectura, repaso?

La poesía, su insondable naturaleza abre las puertas a ciertas consistencias inexplicables, fuerzas del azar, mano firme, una y otra, ambas mezcladas y confundidas, muestran uno de las escasos escenarios de coherencia que el ser humano posee, el arte. La vieja idea del pasaje retorna a la poeta, una cinemática propia.

“Entonces una corriente
es como un paso de pequeñito
fuego
y no hay descarga
sin estremecimiento.”

9

Conozco este estremecimiento: el lento discurrir que súbitamente se hace recuerdo. “Cuando el camino se alarga, qué lindo es ir recordando”, escribió Víctor Lima en la Milonga del caminante, una letra de canción además, aunque el recuerdo implique la consunción, el desgaste, la llama pequñita. En 2002 la poeta retoma la llama, antes lustral, ahora mortecina. No ha sido poco lo hecho ni lo escrito ni lo vivido. 

El espacio que deja esa llamita, el sortilegio que produce, la fascinación del encantamiento, es la meta de la poesía de Nancy Bacelo: la inexplicable irrealidad de lo tangible, cantar lo perdido, recordar lo que murió, advertir sobre lo visto. Algunos poemas de De sortilegios lucen como primera palabra un no admonitorio.

“No apures ese plato tentador.
Tampoco persigas las migajas
del mantel
bebe ese vino
que te dejará historias en la boca.”

Ante tanta participación obsesiva, ante tanta comensalía lamentable, el deber de la palabra arrancada al vino. El rincón deseado por la poeta y el que aconseja como aconsejaba 46 años antes, aunque más amargo, más traído y llevado, consiste en desaparecer de la escena del banquete para saber qué comer, y luego qué decir.

“No codees los comensales
que saborean más rápido.
Deja que recojan los platos
y no te acaricies el abdomen.”

La terrible voracidad de la gula engalanada de arte literario, el codo, el forcejeo, el ocultamiento imposible porque 

“Hay espejos en frente y al costado.”

Y luego el consejo más atroz, más directo por parte de quien tuvo en sus manos una estructura de gestión cultural inaudita e inigualable todavía, en Uruguay

“La tentación es cruel.
Pero no te agaches más.”

En versos separados y contundentes. El que tenga oído para oír que oiga. La pluma al servicio propio o al servicio de otros, no sólo denigra al poeta, logra algo mucho peor, destruye lo poco o lo mucho que su arte encarne.

“La gloria que persigues no está incluida
en el menú del día.”

Y vuelve el tono musical de la canción, su rima asonantada la sentencia breve y cruel. Pero no es el tono, no debe serlo en alguien que supo manejar a un tiempo realidad y deseo.

“Señor me faltan algunos elementos para armar el rompecabezas.
Se han caído las piezas superiores y está rota la punta del espejo.
No sé cómo componer la cabeza de esa estatua justo la cabeza que es
Lo que más quiero.”

Engañoso como poema y como oración, Ora pro nobis, es el rincón de la inteligencia, de la vigilia, porque si bien “el cuerpo me atormenta porque no alcanzo a dominarlo” el cuerpo se hace a sí mismo, solo, como una imperiosa pulsión que la poeta desolada, apurada, no puede manejar: “Señor la noche está cayendo y debo terminar el armado antes de quedarme a oscuras.” Armado, construcción relativamente voluntaria de la poeta, de sí misma, Nancy Bacelo en obra acuciante, acuciada, como diciendo al paso que vamos. “Te pido un poco de luz sobre el recinto” dice, “un poco de piedad” agrega y dice más, “para la búsqueda frecuente y para el HALLAZGO DE LO NO FRECUENTE”  en mayúsculas de trueno. ¿Clama la poeta? Clama por su rincón, familia, amparo, resguardo, recoveco de cocina, aroma maternal, familia entonces. Hay otros mundos pero vivo en éste de 1993. Y como un salmista débil en su humanidad, fuerte en el Señor, al que refleja con simetría perfecta, sentencia en igualdad de condiciones:

“No voy a abandonarte si tu no me abandonas.
Pero haz que me ajuste a los principios de la búsqueda. No a la Búsqueda de los principios que han sido mi sostén.”

10

La plaza recorrida entre el otoño y el invierno convoca desde un paisaje desolado. Donde hubo vida, armado, rincón, no habrá más Feria. No obstante algo se agita. El oro de la canción, el sol filtrado entre las ramas húmedas que miran hacia un cielo excesivo. La parada de ómnibus que queda a espaldas de la plaza está repleta de gente que sube y baja presurosa durante un ocaso antiguo: todos queremos llegar a casa. Versos que asoman desde los rincones sagrados de la memoria, que han vivido en la poeta y desde la poeta, su cabaña enunciada sobre el césped menesteroso del peor momento del año para crecer, está allí.
Y sus primeros versos de amor, de dulce eufonía. Canciones pequeñas. Cosas simples.

“De la cabeza a los pies
Te camino de una a tres.

Y de las tres a las cinco
Y de las cinco a las diez.

De la diez hasta las doce
Te camino en loco goce.

Y de las doce a la una
Doy vueltas por tu laguna.”

Mera coincidencia. Otro tránsito, otro paseo en donde el cuerpo amado se hace recorrido y la laguna, deriva. Y el lago con su fuente de Venus aquí en mi caminata o a mis espaladas.

“Setenta en siete setenta
Estoy sacando la cuenta

Subo por una escalera
Y son siete sin espera

Doce por cinco sesenta
Más diez me suman setenta

Doce y doce por un lado
Y cinco y cinco al costado

Setenta noches de vueltas
Tocando la misma puerta”

Podría señalarse –no sé si a Nancy Bacelo le hubiese interesado- que uno siente que en este juego de números amoroso, de cifras de la espera, anidan los poetas eróticos romanos, los tangos de los que rondana la esquina de la amada, los tópicos de las puertas que no se abren, el desengaño, el despecho, el amor que no se consuma con el bíblico número siete como emblema de la desgracia. El amor se pierde en sus cuentas, parece decir la poeta. El amor se pierde.

Y el río allí, el río como mar, la certeza del paisaje abierto que tanto seduce a una joven poeta del interior, que juega con él.

“Choque chopo chocolate
El mar lucha y se debate

Se le desprende la barba
Y le cuelga por la espalda

Le cuelgan piernas y brazos
Pelo marrón, pelo raso

Ronco son. Ronca marea
Los pozos se le entreveran

Hay un cielo. Un sol. Un viento
Un largo poncho de aliento”

Es difícil encontrar en la poesía uruguaya de mediados de siglo XX semejante vigor musical. Música en movimiento, y ronda de niños colgada del agua del río como mar, y cómo no imaginarlo, enunciarlo, el choque del campo y el mar, en ese poncho como último recurso metafórico. Una suerte de frescura intacta desciende hacia la playa Ramírez desde el alzado templete, desde la sombra de la cabaña, desde la luz de comienzos del verano instalada un domingo de tardecita. Cantores populares engolados y serios, niños jugando en una Montevideo blanca de cal, heladeros, el rincón más preciso.

Pero ¿dónde está Nancy, el amparo, la fiesta lúcida, contenida desde su juventud montevideana, exiliada de Nico Pérez, trasegando la explanada de la intendencia, la casona de Rivera y Bulevar Artigas, la plaza Gomesoro, el viento del verano, los jazmines, el Mesías, el anuncio de que hay otro mundo aunque se viva insistentemente en éste, en tránsito de fuego el alma de los gatos?

“Apagarse de a poquito
De a poquito. De a poquito


Morirse de un apagón
Y revivir de un tirón

Estar y no estar. Vagar
Y sin rumbo madrugar.”

No es necesario ¿o sí? Vive sobre la secuencia de la sencillez aviesa, machadiana de estos 6 versos. No pedo traicionar la memoria de Nancy y tampoco puedo eludir su rostro al que imagino levemente harto de cualquier disquisición retórica. Hay un sin fatal que ha alejado a los hombres de la poesía, y hay una especie de falaz confusión entre profundidad y hondura, no es lo mismo ser profundo que haberse caído a un pozo, cantaba el Sapo Fierro de María Elene Walsh, poseedora de un ritmo, de una cadencia, de una prosodia similar a la de Nancy, las viejas cuestiones de época.

Se puede decir todo y se puede decir de manera que el lector sienta y sepa lo mismo, pero a la vez no. Se puede congregar sin ser fastidiosamente demagogo. Se puede reflejar al poeta reflejando al lector y viceversa. Se puede desear decir y se debe desear comunicar siempre. Se puede marcar un libro con una hoja, como hacía Nancy, para enseñarle a un poeta bravucón que de nada sirve. Se puede llorar la muerte con una congoja chiquita y muda. Una congoja que cabe en medio pocillo de café, densa congoja de invierno en Montevideo, cuando las luces se empiezan a mal encender. Se puede bautizar cada luz, cada parpadeo, con el nombre de un muerto querido. Apagones y tictaqueos. Se puede caminar la plaza, la placita con su Venus recostada y pensar en la poeta. Se puede en verano, leer sus versos al sol o bajo la sombra de los árboles del lago, como quien deja que la irrealidad venza desde la realidad.

“De noche oscura canté
Sin pensar y me cegué

No quise la puerta abrir
Para más fuerte sentir

Si me cegué aún no sé
Sólo pregunto por qué.”

Y se puede seguir viviendo en la voz de la gente. Hasta el verano. Cuando la plaza sea y sea la voz de la poeta.

14 de agosto de 2012, Parque de los Aliados

Álvaro Ojeda (Uruguay – 1958)  Escritor, Crítico literario, Ensayista