Nota de redacción

“Una vez se dijo, y con razón, que un hombre bien educado puede leerlo todo. Por algo que es natural sólo pueden enfadarse los mayores puercos y los hombres de refinada ordinariez.

Hace años leí la crítica de no sé qué novela. El comentarista se escandalizaba porque el autor había escrito: “Se sonó y limpió las narices”. Eso, según él, atentaba contra la belleza y la sublimidad que la literatura tiene que dar al pueblo.

Las personas que se enfadan por las expresiones fuertes son cobardes, pues la vida les sorprende y precisamente las personas débiles son las más perjudiciales para la cultura y el carácter. Ellos quisieran transformar al pueblo en una multitud de personajes supersensibles, masturbadores de una cultura falsa, a la manera de San Luis, sobre quien se cuenta en el libro del monje Eustaquio que cuando oía que un hombre soltaba sus vientos con estrépito empezaba a llorar y sólo conseguía calmarse rezando.

También hay personas que se irritan en público, pero que sienten extraordinaria afición por los retretes públicos y allí leen las indecorosas frases que hay escritas en las paredes.

No podemos pedirle al tabernero que hable como las señoras refinadas y toda una serie de personas que desearían transformar la República checoslovaca en un gran salón con parquet por el que habría que ir en frac y guantes y donde se guardarían las delicadas costumbres del gran mundo, bajo cuya cubierta los finos lobos podrían entregarse a los peores vicios y excesos.”

Así cerraba Jaroslav Hashek la primera parte de su libro “Las aventuras del valeroso soldado Schwejk” (ver artículo de Jorge Rodríguez Padrón en este número). El libro fue escrito entre 1920 y 1923, año en que la muerte sorprendió al autor impidiéndole terminar la segunda parte, completada por el también escritor checo K. Vanek.

El debate que abren las palabras de Hashek no nos es ajeno hoy, aún continúa.

Tomamos del libro Las masas y las lanzas de Abelardo Ramos el capítulo del mismo nombre. Es el tercer acercamiento al historiador revisionista argentino. La razón está en sus propias palabras: “Toda política es el coronamiento de una concepción total del país donde se aplica, la concepción actual de un pasado implícito en esa política y en cierto modo la continuación moderna de una lucha lejana”.

La memoria es fundamental en la actividad cultural. Nunca sabremos quiénes somos si no conocemos la historia de nuestro lugar en el mundo.

Dedicamos este número al cuento. Decía Cortázar que una novela es como una película, puede desarrollar sus elementos parciales de forma acumulativa, mientras un cuento es como una fotografía, fija esos elementos dentro de determinados límites.

Especial atención merece Andrés Caicedo, autor colombiano dueño de un gran talento, que se suicidó joven.