Simulacro II

No experimentábamos ni calor ni frío. No sentíamos ni hambre ni sed. No padecíamos trastorno o enfermedad alguna. No nos dolían ni los cabellos ni los dientes. No había ni oscuridad ni luz. No hacíamos sombra. Cuando dormíamos no soñábamos. Allí, jamás anochecía ni amanecía. Un plenilunio continuo. No había ni relojes ni fotografías. Podíamos dormir o estar despiertos. Nadie se vestía ni se desvestía.

A los diez días, Silvio me suplicó que le contara alguna historia. Pero yo había perdido la memoria.

―Inventa algo –me imploró. Sin embargo, en la esterilidad del espacio, girando siempre alrededor de la luna, no pude inventar nada.

―Háblame –me dijo entonces. Yo busqué una palabra que estuviera escrita en alguna parte de la nave y que yo pudiera pronunciar. Fue inútil: las máquinas ya no necesitaban instrucciones: funcionaban solas. No había nada escrito en ninguna parte y que yo pudiera leer. A ambos lados de la escotilla, solamente el espacio azul universal. No experimentábamos ni calor ni frío. No sentíamos hambre ni sed. No padecíamos trastorno o enfermedad alguna. No había ni oscuridad ni sombra. Los sonidos eran pequeños, débiles, atenuados. No necesitábamos acostarnos o ponernos de pie. Podíamos dormir o estar despiertos. Nadie se vestía o se desvestía.

Al final, con todo mi esfuerzo, pude pronunciar una palabra.

―Piedad –dije.


Cristina Peri Rossi
(Del libro “La tarde del dinosaurio”, Plaza & Janés, Barcelona 1985)