El desacierto

Reconocía las preguntas y murmullos de los amigos que rodeábamos la cama mientras su cuerpo empañado intentaba desterrar los momentos vividos. Despertaba con la memoria de algo. Un cierto gusto de la desgracia. Un costado absurdo que sabía a muerte.

La boca pedía un vaso de agua. Las manos clamaban por un cigarrillo. Temblaba como si el miedo le atropellara todo el cuerpo. Sitio inevitable de los recuerdos y la desesperación.

Aún no acertaba con todo aquello que tenía un sesgo de accidente o una idea de operación quirúrgica. Las imágenes anestesiadas en su retina, huían hacia formas imposibles de refracción. Pertenecían a una jauría de espejos donde nada era igual o parecido.

Tal vez fuera el recuerdo de una violación. Inciertas lágrimas se enhebraban a las preguntas envueltas en ansiedades demasiado toscas, demasiado urgentes de su padre. Pero la flaca sabía. Su cuerpo reconocía el sabor pesado de la sangre. Una precisa sensación de coágulos manchaba su pensamiento. Una patada en el rostro aún castigaba sin doler.

Ahora debía expiar los recuerdos. Debería componer las palabras en un lenguaje audible. Recoger los pequeños aciertos de su voz que subía entre nudos de estopa. Su padre le alcanzó un vaso de agua. La María encendió dos cigarrillos tal como era su costumbre anclada en rito de amistad. Los otros, es decir nosotros, desdibujados en la penumbra de la habitación, cerramos los sonidos mientras alguien, desconociendo el motivo, apagó la luz de la lámpara. El relato llegó.

Estábamos en el apartamento de Mary. De pronto escuchamos los golpes en la puerta. Abrimos. Ellos entraron. Se la llevaron. Ya está, agregó de sí. Ya está susurró desde otro lugar. Ya está pero cómo explicar que estuvo ahí por costumbre de casualidad. Cómo decirle a los otros, su padre y los amigos, que estuvo por ahí mateando y los libros comentados, la música de otro tiempo y otra ciudad cenit de la memoria. Cómo explicar explicar explicar. Y la trampa de las horas que se deslíen. El peligro de una madrugada que no se debía compartir. Las palabras que ya no asistían el futuro de los días. Cómo decir que estaba ahí conociendo de antemano las señales donde ambulaban ciertos presagios en el fondo anhelados  por si acaso el conjuro fuera posible. Cómo explicar el suicidio del gato, el rechazo de Mary a la citación de la federal, los consejos de la flaca para un inalcanzable exilio. Cómo ocultar que en el fondo de esas horas trucadas esperaban los golpes inconfundibles. Esperaban el tumulto de sombras que de pronto clavarían los días en un eje perceptible mutando el tiempo de la espera en un trámite, un número, un lugar y una cita prefijada. Pero aún en el tránsito de pesadilla que está por ocurrir, de sensaciones enmarañadas, aún la flaca no comprendía ni podía explicar por qué estaba ahí. En ese lugar. En aquella cama. En su cuerpo deshabitado de palabras. Por qué estaba ahí en silencio y testimonio.

Pasaban horas componiendo días que tenían el color de los moretones violáceos. Espacios donde el tiempo se comportaba en forma extraña. Estiraba las pausas o abrupto, acortaba las fases del día.

La noche de pronto sorprendía la sombra de los muebles y la ventana o sólo transcurrían unos segundos luego de una tensa espera. El tiempo como un riesgo atropellado por un suceder de alguien desconocido. La sensación tal vez de una ciudad detenida por nuestra ausencia.

La flaca tirada en la cama apenas recogía los incesantes esfuerzos de su padre, el perro, los amigos. Cierta desmemoria de vida le hacía mirar aunque no viera más allá de una tenue pantalla instalada en el cuenco de sus ojos donde sin tregua se proyectaban las mismas imágenes, idénticos elementos de una sola secuencia; los golpes en la puerta, la manera que tuvieron de mirarse en un silencio definitivo, las manos de Mary temblando al abrir, los pasos en la escalera, la entrada al apartamento, la presión de una bota en su nuca, el sollozo último vestigio de Mary, el silencio final.

Repetía y repetía las imágenes buscando descubrir algún detalle imprevisto en el rastro totalmente veraz de la memoria instalada en lo vivido. Repetía y repetía como si el movimiento pudiera desgastar ciertas aristas del recuerdo. Dispersar un aire demasiado seco. Revelar tal vez otra escena que no fuera la mirada que se dieron, aquel sollozo de Mary, ese sabor de víscera cansada que enlutaba su aliento y el aroma de sí misma.

En las noches despertaba en medio de gritos abrumados por la presencia de ciertas pesadillas que la expulsaban del sueño como si las pesadillas tuvieran necesidad de continuar sin el testimonio de su mirada que se abría a un insomnio voraz, interminable. Su cuerpo volteaba los límites y la casa se convertía en una enorme caja donde resonaban sus latidos. Mary me está soñando. Mary me está llamando. Mary me está necesitando susurraba la flaca antes de entregarse a un llanto tenue y sosegado.

La noche volvía a enlazar sus rumores cotidianos. El perro sacudía el cuerpo y los muebles retomaban sus menudos arpegios de maderas inquietas. La flaca se vestía y salía de la casa en busca del aire fuerte que madrugaba en el repecho salitroso de los Ejidos.

Días invisibles. El cuerpo convertido en un desierto de sal. Ninguna caricia ni gesto convocaba, ninguna calle sorprendía, ninguna música ni lectura ni poesía.

La María hacía lo imposible por aliviar esa mirada que nos culpaba de asuntos, de continuidad. Las charlas padecían como si un constante equivoco las socavara. Nuestras largas mateadas convertidas en simulacro y hasta las guitarras desarmadas en el taller parecían acusadas por algo que rondaba detrás de cada palabra. Él nombre de Mary poco a poco cambiado por un “ella” que lo sustituía en cada frase lanzándolo hacia un lugar desconocido por la imaginación y los sueños.

En ocasiones la María se animaba con cigarrillos negros, botellas de ginebra y el cantar tiene sentido inteligencia y razón en la grabación de Cecilia Todd que la flaca escuchaba en silencio total. En ausencia de imágenes recordaba la enormidad de frases dichas por si acaso aquello llegaba. Testamento de futuro como forma de apostar contra la muerte. “Ella” y sus infinitas boletas de quiniela. Cábala de una suerte construida bajo la condición de un desacierto pertinaz.

Pasados los meses llegó la entrega del apartamento en Lavalle y Montevideo. El reparto de ropas, prendas aún habitadas por inquietos sudores y desaliños, pequeñas manchas pliegues y roturas, marcas de un cuerpo que fue compartido en secreto acuerdo de amigos. María anduvo dentro de las botas con las que “ella” recorriera desconocidos caminos en las calles de Buenos Aires. Raúl llevaba la polera azul desteñida y el gabán. Juana los vaqueros gastados. La flaca sólo quiso la chalina hindú raída en los bordes.

Los objetos deshabitados de sombras humanas mostraron de golpe el abuso de un tiempo precipitado en los boliches y cafés, fritangas y latas de alimentos. Los libros guardaron su balada de café triste en un cajón de verdura que los encaminó en un desconocido itinerario de porteras y junta papeles porque el corazón es un cazador solitario con el que nadie puede como “ella” decía trastocándolo en una verdad tan ligera de equipaje como trilce y aquella noche de setiembre.

Sueños de gatos y sigilos gatunos sin sueños prensaron su cara. El rostro de la flaca parecía dragado por una especie de pasión lenta. La casa había perdido su memoria de lugar amigo. Mostraba las grietas en un trayecto de mueca constante y al mismo tiempo imprevisible. Los helechos del patio interior que en otros tiempos y otras noches de San Juan crearan sutiles coreografías de sombras ahora marchitaban su pasado. Renunciaban sin tregua ni dolor.

En aquellas tardes que pausaron meses que pausaron años caminé por los Ejidos recibiendo de frente la surestada o la lluvia que ascendía desde la escollera. El olor cetáceo del río entremezclado con la bruma que exhalaba la fábrica de jabón creaba un itinerario reminiscente. Ningún vestigio ni memoria de verano que sin embargo tuvo que acontecer.

Dentro de la casa el taller de guitarras había cobrado el aspecto de algo fatigado. La flaca se movía con una cautela desusada como si algunos gestos impensados pudieran asaltar su cuerpo ya definitivo en una especie de vejez innecesaria. De tanto en tanto una frase cargaba su rostro mientras sus manos que siempre quedaban como desencontradas con el resto del cuerpo se desplazaban en la lenta búsqueda de un cigarrillo.

No podía volverme loca porque tenía que buscarla y la frase amortiguaba su voz. No sé cómo pude agregaba y también agregaba silencio. Luego fumaba como si en cada pitada se le fuera la parte más importante de la vida. Primero solo quería saber que estaba viva, no me importaba otra cosa que la certeza de su vida, cualquier precio de la imaginación por saber que “ella” respiraba. La flaca velaba sus ojeras en contraluz violeta. Ahora ya pude aunque no puedo arreglar las cuerdas de este violín porque yo tuve que matarla. Mientras hablaba desencajaba un violín con notorio pasado de valsecitos y rancheras. Extendía un mandil de cuero desgastado y se perdía en inciertas explicaciones acerca de la crin necesaria para reparar las cuerdas. Luego hurgaba dentro de caja y colocaba dos pequeños tacos de madera sobre el paño que envolvía el estuche. Estas maderitas son el alma del violín. Si no las tiene suena falso decía la flaca mientras un cigarrillo se consumía en el cenicero.

No recuerdo cuánto tiempo estuve sentada en la mesa del boliche. En la acera de enfrente la clínica psiquiátrica se dejaba envolver por el desbarajuste de colores, los vitraux de la iglesia, el olor de las fogatas encendidas con ramas y hojas de eucaliptus. Entre mis manos los últimos poemas y dibujos. A través de la ventana vi a la María corriendo con un paquete de ropa limpia, yerba y tal vez empanadas que la flaca recibiría con la parsimonia de un dolor demasiado cuerpo.

Como en busca de mí mirada el fondo del pocillo de café mostraba un rastro borroso que dibujaba el perfil de Mary Lupi mientras la línea espectral de las palabras enlazaban nombres olvidados, desaparecidos en cualquier calle de cualquier lugar.

A María Luisa y Sonia.

Del libro Cuentistas hispanoamericanos en La Sorbona Ediciones Mascaron (1983) Barcelona.