Trasluzido

Siempre creyó que Eva exageraba, que no había razón para ponerse así, al fin y al cabo, él no sabía qué estaba pasando. Cuando ella lo explicaba dudaba de si le estaría mintiendo, pues nada de lo que decía le sonaba a propio, y ahora estaba solo en el taller, al calor de su horno, con una segunda botella de vino en su copa.

Eva decía que todo empezó en el momento que decidió dedicarse a trabajar el vidrio. Parecía que no fuera a perdonarle jamás haber hipotecado su futuro para comprar ese viejo y destartalado local, que pretéritamente se usó para hacer souvenirs, por una vocación que, a sus treinta y cinco años, no había sentido siquiera dos meses atrás. Ni una sola botella había soplado antes de ese rapto de locura, pero, veleta incorregible, sentía un impulso irrefrenable que le empujaba.

Vaciando sus pulmones día a día dominó las técnicas más complejas, adquirió una gran destreza con los instrumentos y manejaba con tal soltura el color que parecía venir de una larga estirpe de artesanos. Sin desfallecer un solo momento consiguió que el taller comenzara a ser rentable, aplacando las quejas de Eva. Apenas había más calor en su alcoba que el que Mario traía aún del horno cuando llegaba a casa, agotado de haberse entregado por entero. Estaba tan orgulloso de sí mismo que ella no era capaz de no sentirse dichosa también.

Las cosas empezaban a ir muy bien cuando Mario empezó a susurrar en sueños, al principio poco más que gemidos, pero con el tiempo aparecieron palabras ardientes, y Eva pensó que ese hombre, capaz de conformar los más bellos objetos esculpiendo la luz, la llevaba en lo más profundo de su ser. Qué felicidad traslucían sus ojos, él creyó que jamás podría igualar ese brillo.

El tiempo se sumaba y cada noche que iba pasando los sueños se manifestaban más a menudo en la madrugada. Se mezclaban elementos del trabajo entre gemidos y referencias calientes a los placeres de la carne. Ella no supo muy bien de qué modo interpretarlo, pero como sus relaciones sexuales mejoraban conforme la destreza en el oficio le daba más seguridad, decidió no darle mayor importancia.

Una noche más corriente que las demás, lo que decía en sueños ya no encajaba con ella, y la sombra de la sospecha prendió en su ánimo. Trató de no pensarlo, pero no pudo evitar pasar los días dándole vueltas, mientras las noches se convirtieron en un calvario. La palabra que decía con mayor frecuencia, luz, ya no parecía tan inocente. Quizá no pasara tantas horas en el taller como le hacía creer, iría a comprobarlo con cualquier excusa. Mario, de natural despreocupado, no se daba cuenta del fondo de la situación, y se alegraba de que se interesara por su quehacer.

A Eva cada vez le resultaba más difícil controlar sus emociones. En un primer momento, sintió alivio al comprobar que en el taller únicamente se trabajaba, pero luz seguía ahí todas las noches. Su dolor crecía ahogado a duras penas por la almohada, hasta que no pudo contener su orgullo herido. Esta vez no fue en sueños, si no en la explosión del orgasmo donde Mario gritó ¡luz!. Violada en lo más íntimo, corrió a ducharse reprimiendo las lágrimas, pensando sólo en poderlo limpiar. Seis horas más tarde, salió de la ducha, se vistió y se fue, no sin antes exigir que él no estuviera allí a su vuelta.

Mario no puede entender lo sucedido. No recuerda haber dicho nada. Se repite una y otra vez que Eva volverá. Reniega, maldice, no comprende, escupe... la impotencia le exaspera y tal como vacía la botella en la garganta, la lanza contra sus últimos trabajos formando una lluvia de ruidos que inunda todos los rincones de su cabeza cociendo la rabia, al dictado de la cual coge la caña y hace añicos todo lo que puede ser destrozado. A medida que el suelo del taller se convierte en una alfombra de vidrio multicolor y el cansancio, empapado en su ropa, va haciendo mella en su arrebato, se percata de que algo se ha desatado en él. Quieto, de pie en medio del taller, con las zapatillas hechas trizas y los pies ensangrentados, nota cómo esa presencia desconocida sí parece conocerle a él. Los sentidos se embotan, pero Mario no siente ningún recelo. La memoria corporal va desvelando recuerdos que no entiende cómo han podido ser reprimidos todo este tiempo. Los sueños ocupan la consciencia rompiendo con su anarquía cualquier posible prevención, hasta que llega la reminiscencia del orgasmo que se transforma en una imperiosa necesidad de soplar vidrio. Echa unas paladas del batiburrillo de materiales que hay desperdigados por el local notando crecer esa fuerza en todo su ser, se pone a soplar sintiéndolo fluir de todas las partes de su cuerpo, saliendo de su boca por la caña, hinchando ese magma incandescente que palpita al otro extremo.

La memoria perdida viene y se hace presente, en un beso que le erotiza subyugándole enteramente a ella. Lo que no puede suceder sucede, lo que su razón niega es aceptado sin más por su sola presencia. La realidad se desvanece, sólo luz extendiendo su halo en una nueva génesis, luzeando las cosas. Innecesitando de enfriamiento se suceden los colores, reflejando de las caricias el tactileo, tuismo del yo, reconociente misterismo que al fin sábese él, apareciente,  huellamiento apropiante en las formas. Placerante original, Mario extasioso percipiente en el pielamiento no afuerado, si no del unismo germinatorio, simienta la doblez que estrechea su entrepiernante sexolaridad en quietosa copulacionez, invadiosa de todismos los rinconámenes, vaivenada de espasmodaciones. No se electe lo que ses. Gimea con la sentida de que el vidar envuelviona su eros, entendimientiendo el sentidizado de su existencialez. Su voluntismo sapiona la hacilidad, lo querientido es al fin luzistido, el dualimento ha de ser uno, Mario y luz existiendo en el orgasmamiento ultradimensional, las cuerpilidades se fusionan. Conociado el camino sólo queda un paso. Agarra la caña con fuerza e inspira el magma.

Trasluzido