Siete sonetos

Revista Malabia número 72

Siete sonetos, por Joseph Vechtas

Joseph Vechtas

 

DIOS ES UN GRITO

 

Dios es un grito con un rostro humano.

Estamos solos, ¡ay!, en el vacío

y nuestra soledad busca el navío

que atraviese la mar junto al hermano.

 

La Realidad no tiene un sentido,

un maquinista con un Plan divino.

Somos libres de crear un destino,

conquistar el Paraíso perdido.

 

¿Nos seguirán las calles en la noche,

cazados y arrojados en un coche

a la cal del olvido y de la muerte?

 

¿Se robarán el botín de la vida;

se navega una nave perdida

al albur del poder y de la suerte?

 

(12.5.2012)

 

 

 

VIVE

 

Le digo al Universo que ya vuelvo,

yo, que aún soy su espejo en mi conciencia

No hay más premio que la propia existencia

ni yo la condeno ni me absuelvo.

 

¿Pude ser feliz? Días hay, a veces,

que iluminan el alma de sentido

y de dolor o de belleza herido

como un árbol por un rayo, creces.

 

Se aprende del azar y del arte;

de golpes ciegos que derriban puertas

y la herida del amor, de parte a parte.

 

Nada es la vida humana, pero es todo.

Pronto se olvida de las fotos muertas:

vive, más allá del silencio y el lodo.

 

(s/f)

 

 

MARÍA MAGDALENA

 

¿Quién ha pecado?

¿Quién ha buscado a Dios sin encontrarlo?”

 

Te vi corriendo, Magdalena, desnudo el pie

y el seno, tras el hombre navío de tus días.

Era un rubio palacio tu belleza y subías

flameantes tus brazos. En la acera, quedé

 

respirando, tu congoja de casa vacía.

El incendio pasó a mi morada y tu grito

se quemó en mi boca y me sentí gratuito.

Hubo en mi voz ceniza de tu fuego, la fría

 

soledad del cielo, subiendo a mi memoria.

Magdalena, tú dabas de ti lo no comprado,

lo que quema el amor, sin más precio que su gloria.

 

Mi calle no daba hacia nadie, enamorada,

ni corrió mi corazón tras de lo amado.

Sólo tú, que amaste, mereces ser amada.

 

(De La invención del tiempo, Montevideo, 2005))

 

 

AVES QUE VUELAN A CIELOS LEJANOS

 

Pájaros que vuelan a cielos lejanos,

¿retornan acaso, a cielos de antaño?

Partían entonces del cielo de hogaño.

El tiempo está vacío y nada en mis manos.

 

Sobre la misma cuerda, los niños saltan

el puente de los siglos. Los mismos viejos

sentados en la plaza, con los añejos

vinos de sus sueños, cuentan los que faltan.

 

Las calles permanecen; la primavera

sopla la llama de las flores y el río

corre por el tiempo y no espera.

 

Nada ha cambiado aunque todo haya sido.

¿Vuelven las aves a un tiempo que fue mío?

Todo está presente y todo se ha perdido.

 

(25.5.1999)

 

 

LA ANGUSTIA

 

Angustia, mensajera de la Muerte,

Llegas, aleve, sorpresiva y hieres

el corazón, como a un castillo fuerte

que cae a ciegas y sin saber quién eres.

 

En la vejez, el tiempo ya no existe,

que sólo es memoria e ilusión

de haber nacido; y pues ya fuiste,

el presente le duele al corazón.

 

La Muerte llega, y a veces… vacila.

Pero recuerda: si la vida pasa,

prisionera, no importa qué cavila.

 

Angustia, mensajera de la vida,

que corres bajo el río de la casa:

¿por qué sangran los clavos de mi herida?

 

(28.9.2012)

 

 

LAS ÚLTIMAS MONEDAS

 

Mis días, estas últimas monedas

que me quedan ─la habitación final

de mi vida─, deslizándose frugal

y mansamente; acaso las quedas

 

palabras de un verso, que dicen por mí

que nada espero más que lo vivido.

Se irá todo conmigo; lo que fui,

todo lo que quise ser y no he sido.

 

Soy mis versos y aquello que pensé

y sufrí ─no más que muchos─, y apenas

escribí: la carne y el beso que gocé;

 

el día que abrió a la mañana

y declina en las noches serenas,

como niña que se muere anciana.

 

(16.10.2017)

 

 

EL SILENCIO DE DIOS

 

¿A quién llama tu voz, a quién inquiere,

cordero de Dios, en tu agonía;

tu corazón, acaso, no sabía

que se muere de amor, que el amor hiere?

 

Clavado en tu cruz, escarnecido,

tu fe no alcanza la verdad divina,

que triunfe el mal y la ambición mezquina,

muriendo por amor y maldecido.

 

Miras, en tu altura, el cielo; lloras.

Cada clavo es tu dolor que lo interroga.

Es tu razón de amor, pero no imploras.

 

Cae la noche en los campos que florecen.

Alzas tu voz, que la agonía ahoga,

y el día y tus palabras, amanecen.

 

(3.4.2010)

 

 

 

 

 

JOSEPH VECHTAS

Escritor y artista plástico uruguayo, nacido en París (1934). Ha publicado artículos y poemas en la revista de la Universidad de Moorhead (EUA) y en European University Studies, y diversos textos en los semanarios uruguayos Brecha y Jaque, el suplemento La Semana del diario El Día, la Revista de la Academia Nacional de Letras (Uruguay), entre otras revistas y periódicos.
Fue docente de filosofía y de literatura.
Algunos de sus títulos publicados (poesía):
Hombre libre y La ciudad del exilio (Montevideo, Banda Oriental, 1984), Cosmoagónicas (Montevideo, Banda Oriental, 1992), El presente incesante (Montevideo, 1998), y Yo estuve allí (Montevideo, 2014); además de la novela El exilio de Dios (Montevideo, Banda Oriental, 2003), y el ensayo Figari. Estética, arte, pintura (Montevideo, Museo Figari, Ministerio de Educación y Cultura, 2011).

Hay varios trabajos de Vechtas en anteriores números de Malabia, así como un artículo sobre su trayectoria (Intruso en el jardín de la memoria).

Los sonetos que aquí presentamos son inéditos, excepto uno, del que se señala su procedencia.

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Héctor Rosales / notas y selección de textos.