Una reflexión y dos cartas

Revista Malabia número 71

Una reflexión y dos cartas, por Miguel Soler

Miguel Soler


"A quienes están hoy estudiando me permito decirles: no se conformen con aprobar sus personales exámenes ni con conquistar sus codiciados y merecidos títulos. No ahoguen sus dudas en cualquiera de las formas del éxito; movilícense en busca de respuestas, piensen en cómo poner los saberes adquiridos a disposición de un país que los necesita, desesperadamente, para brindar sus frutos a esa tercera parte de nuestra población a la que hemos dejado a mitad de camino. No se culpabilicen, pero eviten caer en las tentaciones de una sociedad planetaria que nos necesita enajenados, competitivos, egoístas, buenos consumidores y, sobre todo, distraídos".



Soler sobre Julio Castro


Queridas amigas y queridos amigos:

Este correo tiene por destinatarios los residentes uruguayos en Cataluña y otros lugares de fuera de Uruguay, así como a personas que sin ser uruguayas han mostrado interés en el caso del Maestro Julio Castro. Procuraré dar cuenta a título exclusivamente personal de hechos y sentimientos vinculados al reciente velatorio y sepelio de sus restos. Se me perdonará si mi comentario incluye detalles bien conocidos por los compatriotas.

Destacado educador y periodista uruguayo, Julio Castro fue secuestrado, torturado y asesinado por la dictadura cívico militar uruguaya entre el 1 y el 3 de agosto de 1977, siendo uno de nuestros desaparecidos.

Durante tres décadas sus familiares y amigos luchamos por esclarecer las circunstancias de su muerte y desaparición forzada, lo que resultó imposible por ampararse las sucesivas autoridades en la llamada Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado.

En agosto de 2010 el actual Presidente José Mujica decretó que dicha ley no era aplicable al caso de Julio Castro, lo que abrió las puertas a la acción de la Justicia. Uno de sus familiares y el Movimiento de Educadores por la Paz, al cual pertenezco, actuamos como partes denunciantes. El caso pasó al despacho del Juez  Dr. Juan Carlos Fernández Lecchini, actuando como Fiscal la Dra. Mirtha Guianze, que viene realizando una abnegada y valiente labor por el esclarecimiento de crímenes similares. El 17 de mayo de 2011 me correspondió desempeñarme como testigo ante el Juez. Éste, finalmente optó por procesar a dos funcionarios de muy baja jerarquía implicados en el crimen, sin tomar posición sobre responsables de nivel superior. La Dra. Guianze ha apelado ese fallo por considerarlo insuficiente.

Mientras tanto, el 21 de octubre de 2011, tras un trabajo de excavación convenido entre el anterior Presidente Tabaré Vázquez y la Universidad de la República, aparecieron en un predio militar restos humanos sepultados, sin duda de uno de los desaparecidos. Realizadas las pericias del caso, el 1º de diciembre de 2011 el Gobierno informó que dichos restos eran lo que quedaba del Maestro Julio Castro. Para la ciudadanía uruguaya, este hallazgo resultó uno de los hechos más conmovedores de la post dictadura.

Los restos quedaron retenidos por la Justicia para la realización de los peritajes necesarios y muy recientemente fueron entregados a los familiares. Las múltiples entidades que actúan en el campo de los Derechos Humanos consideraron que correspondía a la familia (por otra parte no muy numerosa) decidir los pasos propios del velatorio y sepelio de los restos.

Por decisión de la familia y en acuerdo con las autoridades respectivas (en el caso el Consejo de Educación Inicial y Primaria) el velatorio fue organizado para la tarde del viernes 11 de mayo en el salón principal del Museo y Biblioteca Pedagógicos, institución de la que es responsable el Consejo ya mencionado. No tuvo lugar, como se había hecho en casos anteriores, una marcha popular multitudinaria hacia el cementerio, por cuanto la familia resolvió que el sepelio tendría carácter íntimo en fecha posterior. Por tal razón, se pidió no llevar flores al velatorio en el local del Museo y encaminar donaciones voluntarias en efectivo a una cuenta bancaria con destino a la Escuela Primaria Nº 169 de Montevideo, que lleva el nombre de “Maestro Julio Castro”.

Al velatorio del día 11 concurrieron varios centenares de personas que ingresaban a la sala en la que en muchas oportunidades Julio Castro nos había dirigido la palabra. Sobre el estrado, al pie de una pintura muy conocida del Reformador de nuestra educación José Pedro Varela, se colocó la urna con los restos de Julio, una caja modesta de unos cincuenta centímetros de largo, un retrato de Julio, un modesto ramo de flores. La urna tiene una placa donde se lee: “Maestro Julio Castro Pérez” y tres fechas: “1908-1977-2011”, es decir los años de su nacimiento, de su asesinato y del hallazgo de sus restos. No hubo discursos, sí lágrimas y abrazos. Desfilaron autoridades gubernamentales, políticos, periodistas, intelectuales, dirigentes gremiales, artistas, y un número inmenso de docentes, que constituimos la otra familia de Julio. Como a las nueve de la noche, la urna fue regresada a la empresa funeraria.

Para mi esposa Matilde, para mi hija Mariana, que habían tratado a Julio durante años, y para mí fue una instancia de gran conmoción, por el amigo reencontrado, por la sincera emoción de todos, por el local en que estábamos, asociado a mi vida personal como escolar, como maestro, como conferenciante, como reiterativo denunciante del crimen.

La familia me comunicó que el sepelio sería al día siguiente, sábado 12, en la mayor intimidad. Hubo excepciones: el Contraalmirante Oscar Lebel, enemigo desde el principio de la dictadura y colaborador de Julio en varias acciones de salvataje de ciudadanos perseguidos, el Presidente y el Secretario del Movimiento de Educadores por la Paz, Matilde y yo.

En una primera parte de esa mañana nos encontramos con una treintena de familiares en un recinto especial muy acogedor dispuesto por la funeraria. Allí estaba, laica y sobria, la urna con los restos de Julio. Sobre las doce, se organizó el cortejo hacia el Cementerio del Buceo, siempre unas treinta personas. Todo fue rápido. La familia dispone de un nicho (el número 519 de la sección interior paralela a la calle Tomás Basáñez), donde también están los restos de Julito Castro, el hijo ya fallecido de Julio.

En agosto de 1987, en un acto recordatorio que tuvo lugar en el Paraninfo de nuestra Universidad al cumplirse los diez años de la desaparición de Julio, pronuncié unas palabras que incluían las siguientes: “En sociedades en que no se puede vivir sin documentos, el desaparecido se va convirtiendo en un indocumentado. Es urgente interrumpir este maleficio, movilizar las voluntades, desempolvar las leyes y lograr que las flores cultivadas durante la espera reposen al fin, sobre la losa que les corresponde”.

De modo que fui a una florería cercana a la funeraria y compré una hermosa rosa roja. Se me explicó que era importada de Ecuador, país donde Julio había trabajado durante seis años en programas de alfabetización y cuya capital, Quito, cuenta con una calle que lleva, en hospitalario reconocimiento, el nombre de Julio Castro.

A mi pedido los sepultureros colocaron mi rosa (no, no era mía, era de todos nosotros y sobre todo de Zaira, la esposa de Julio ya fallecida) sobre la pequeña caja, donde quedó, acompañándolo.

Hubo unas breves palabras de su hija Hebe agradeciendo la asistencia de todos y cada uno regresó a lo suyo.

Para mí, ha concluido una trágica búsqueda que ha permitido un reencuentro humilde, silencioso, auténtico. Como si diéramos vuelta una página y confirmáramos que la mitad del libro sigue teniendo sus hojas en blanco. Nos corresponde llenarlas, ante todo rindiendo homenajes al Maestro y al Periodista que tanto aportó a la historia de nuestras ideas y que por ellas sacrificó su vida. Lo haremos. Y persistiremos en hacer todo lo posible por lograr que la Justicia cumpla con el deber de arrancar de sus asesinos la Verdad que durante treinta y cinco años nos han ocultado, a sus familiares, a sus colegas, a sus amigos, al Pueblo todo. Como en tantos otros casos, rodeados todavía por mayores sombras.
Julio ya descansa de su fecundo y trágico viaje. Nosotros no tenemos, por ahora, derecho al descanso. Es mi invitación, que les hago llegar con un dolorido abrazo,

 

Miguel Soler Roca,
Montevideo, mayo de 2012



Última carta a los amigos

Queridos amigos y amigas:

Les escribo el 2 de agosto desde el hotel residencia donde Matilde y yo hemos elegido vivir para superar las fuertes limitaciones que nos imponía vivir en nuestra casa del Edificio Censa. Son estos días muy difíciles para todo el mundo y cada uno los enfrenta como puede. Yo los vivo con el constante recuerdo de Julio Castro, asesinado precisamente a principios de agosto hace ya 43 años.

Debo comenzar diciéndoles que en términos generales estamos bien, con nuestros respectivos 98 y 88 años de edad y las dolencias que les son propias tanto en lo físico como en lo psíquico. Reconocemos que el cambio de vivienda ha sido muy impactante pero habíamos llegado a la conclusión de que debíamos hacerlo. Teníamos orden médica de no estar nunca solos y el acatamiento de este régimen tenía muchas exigencias difíciles de seguir sosteniendo. Hace ya algunos años habíamos decidido que viviríamos nuestra vejez avanzada en un lugar donde todas las necesidades de la vida cotidiana fueran resueltas en régimen colectivo. Escogimos la residencia Hotel Lafayette, hotel desde siempre, y desde hace un año con una parte del edificio  organizada como residencia, con una cincuentena de residentes ancianos. Ocupamos uno de los departamentos más amplios y cómodos, en el noveno piso. Podríamos decir que es un monoambiente con dormitorio, escritorio y cuarto de baño. Se nos sirven cuatro comidas diarias aceptables y luego del almuerzo se puede participar, voluntariamente, en actividades para acortar la jornada de encierro.

El escritorio, donde me he instalado y el dormitorio tienen unos ventanales que nos permiten ver el Río de la Plata, algunos edificios asoleados y también las densas nieblas típicas del paisaje invernal uruguayo. Ahora continúo escribiéndoles el 10 de agosto porque, parece mentira que así sea, he estado muy ocupado. Como en todos lados, el Covid 9 se hace sentir con severidad. En la residencia, siguiendo el régimen de vida que se nos ha impuesto, no se entra ni se sale. La prioridad es la salud; no salimos sino para consultas médicas y no hemos tenido otras visitas que la de técnicos sanitarios. Mi hija Mariana viene de vez en  cuando para llevar y traer cosas, pero no puede subir a nuestra pieza. Yo bajo y converso con ella lo indispensable en la sala de recepción, separados por un vidrio que nos impide todo contacto físico. Es prácticamente un triste régimen carcelario, cuyo fin deseamos todos sea lo más cercano posible. Pero no nos quejamos, la televisión, la radio y el teléfono nos hacen saber que la situación mundial es mucho peor que la nuestra. El contacto permanente con las jóvenes empleadas, por cierto de extrema amabilidad para con nosotros, atenúa la senilidad del conjunto.

Desde hace años yo venía trabajando en una obra titulada Valió la pena. No se trata de una autobiografía sino de un conjunto de reflexiones principalmente relacionadas con la educación. La organicé en siete partes detallando bastante el contenido de cada una. Tres de esas partes ya están redactadas. Desde 2016 me he tenido que limitar a reunir centenares de notas, datos y pensamientos como base de la futura redacción de las cuatro partes restantes que son las más tentadoras para mí. También pude dar forma, publicar con la FUM y distribuir una obra a la que titulé Rastrojos, que me resultó menos riesgosa para mi salud porque en ella solo tuve que reunir materiales muy diversos escritos en el pasado.

He traído a mi etapa en la Residencia Lafayette – que presiento será la última de mi vida- el material indispensable para proseguir la redacción de Valió la pena, pero todavía no he arrancado con la labor, mientras el mundo se desgasta y da lugar a que el título de mi obra pase a ser ¿Valió la pena?                                                                                                                                                               

Ya ven en qué ando, compartiendo dudas con Matilde y mis amigos más cercanos, privado de ver a mis bisnietos desde hace cinco meses. No se apenen por el contenido de este relato, me mantengo muy cerca de ser el que siempre fui, con mis obstinaciones tan catalanas y el fruto de la experiencia de haber luchado contra la cruel, injustificada y creciente pobreza de nuestros campesinos y sus niños.

Para que mi trabajo valga la pena debo llevar mi tozudez creadora hasta el final. La amistad de ustedes, juntamente con la comprensión y paciencia de mis familiares, me ayudarán a lograrlo.

Reciban el abrazo de siempre de Miguel.