Entrevista a Victoria Camps, filósofa

Revista Malabia número 70

Entrevista a Victoria Camps, por Anna Rossell

Anna Rossell

Victoria Camps es una de las pensadoras más destacadas de España. Catedrática emérita de Filosofía moral y política de la Universitat Autònoma de Barcelona y ex presidenta del Comité de Bioética de España. Desde octubre de 2018 es Consejera Permanente del Consejo de Estado. En 2013 asumió la vicepresidencia de la Asociación Federalistes d'Esquerres que surgió a partir del documento Llamamiento a la Cataluña Federalista y de Izquierdas, del que Camps fue una de las impulsoras. Desde 2016 es Vocal de Honor de la asociación. Cuenta con un buen número de obras publicadas. Algunos de sus títulos más conocidos son Creer en la Educación (2008), El gobierno de las emociones (2011), por el que recibió el Premio Nacional de Ensayo, y Breve Historia de la Ética (2013). En sus artículos y publicaciones defiende la importancia de la filosofía, la ética y la educación en valores a la hora de formar futuros/as ciudadanos/as y profesionales. Hablamos con ella acerca de los profundos cambios que han experimentado en el mundo las sociedades a partir de la segunda mitad del siglo XX (Eric Hobsbawm, The Age of Extremes. The Short Twentieth Century 1914-1991, 1994, en español Historia del siglo XX; Fractured Times. Culture and Society in the 20th Century, en español Un tiempo de rupturas: sociedad y cultura en el siglo XX, 2013) y de las tendencias que se vislumbran a partir de estas transformaciones.

Entrevista a Victoria Camps, por Anna Rossell

La filósofa Victoria Camps

A partir de la segunda mitad del siglo XX hemos asistido a profundos cambios sociales estructurales; instituciones milenarias, como la familia, se han transformado, transformaciones que afectan en mayor o menor medida a todas las partes del mundo: el número de divorcios es enorme, aumentan las familias monoparentales, el modo de entender la sexualidad es ahora mucho más abierto (LGTBI)…

¿Cómo pueden afectar estos cambios al patriarcado?

Es evidente que la mujer ha adquirido una conciencia creciente de que es un sujeto de derechos igual que el hombre. El reciente revival del feminismo ha puesto de manifiesto que participan también de esa conciencia las mujeres más jóvenes, a las que, hace unos años, el feminismo parece que las interpelaba poco. Sin duda todos los cambios que mencionas son ejemplos de la independencia que han ido ganando las mujeres, lo cual tiene que influir en la perspectiva y el dominio patriarcal, para acabar con él. Creo que no hemos cambiado aún de paradigma, porque los cambios se hacen realidad con mucha lentitud. Formalmente, la igualdad está casi garantizada en los países más avanzados en la incorporación de un Estado de derecho, pero las costumbres, lo más difícil de cambiar, siguen siendo machistas. Si no fuera así, no tendríamos el gran problema de la violencia de género.


Gran parte de las funciones sociales y económicas que antes asumía la familia pasaron a ser asumidas por el Estado. ¿Podemos considerarlo un logro?

Gran parte, pero no todas, porque hay necesidades emergentes. Una de ellas es la responsabilidad por los cuidados, que sigue siendo una responsabilidad asumida en gran parte, por no decir en exclusiva, por las mujeres. Ellas son las primeras que dejan el trabajo asalariado cuando hay que atender a hijos pequeños o padres mayores. La conciliación no ha sido vista aún por el Estado como una necesidad perentoria. Los planes de igualdad empiezan ahora a ser pensados y ejecutados por las empresas. Otra cosa, relacionada con esta, a la que el Estado presta aún poca atención, son los problemas derivados del envejecimiento de la población. Con la pandemia hemos visto que el trato a los mayores dependientes deja mucho que desear. No es que el Estado deba ocuparse en exclusiva del problema que, en gran parte, corresponde a las familias, pero sí le corresponde repartir responsabilidades y no lo hace.


Según Eric Hobsbawm, ya a partir de los años 50 se impone la cultura juvenil: los/las jóvenes se convierten en un grupo social independiente: lideran la radicalización política, marcan las pautas de la moda…

Lo fomenta el culto a la juventud, el mejor nivel de vida y la libertad de que gozan. Contrasta, sin embargo, con un proteccionismo parental, un poco excesivo, y con una dificultad de los jóvenes para situarse y tener un plan de vida antes de los cuarenta años. Son independientes a medias, porque las distintas crisis que van sufriendo y que les afectan quizá en mayor medida que a los demás no les permite hacer mucho por su cuenta y a su cargo. Es una realidad que llegan a ser madres o padres muy tarde, que tardan en abandonar el hogar familiar. Hay ahí una contradicción con el deseo de independencia.


La pubertad empieza antes. Ello causa tensiones generacionales difíciles de gestionar (padres/madres e hijos/as; maestros/as y alumnos/as). ¿Qué consecuencias puede tener este hecho para la educación y la relación intergeneracional?

La educación se hace más difícil a medida que se han ido abandonando los métodos disciplinarios y que los fines de la educación son más difusos. Hoy, para educar, hay que contar con lo que ocurre en los medios de comunicación y, sobre todo, en las redes sociales. Conocerlo y enseñar a manejarlo adecuadamente. En este aspecto, ni las familias tienen muy claro lo que hay que hacer, ni la escuela, que considera que la responsabilidad recae en los padres.


El acento se ha desplazado: la juventud no se entiende como preparación para la vida adulta sino como la fase culminante del desarrollo humano. ¿A qué puede deberse este cambio?

La juventud dura mucho. También la preparación para la vida adulta se alarga cada vez más. A medida que los estudios superiores están al alcance de más gente, los jóvenes se forman mucho y bien, pero durante mucho tiempo, entre otras cosas, porque el trabajo no lo tienen a la vuelta de la esquina. La crisis del trabajo es un problema serio que no se analiza. No sabemos si habrá que reconocer que no hay trabajo para todos. El desempleo es sobre todo juvenil. Con esos mimbres, ¿qué condiciona a los jóvenes para iniciar una vida adulta?


Pero los/las jóvenes acceden al mundo laboral más tarde que antes: ¿no es una paradoja?

Suele decirse, y creo que tiene fundamento, que los jóvenes que encuentran trabajo más fácilmente son los que salen de la formación profesional. La enseñanza técnica es pragmática y realista; la otra creo que sigue aún esquemas que ya no valen para las necesidades de la sociedad actual. Como universitaria, y como testigo del abandono de muchos jóvenes antes de acabar los estudios, creo que la formación es demasiado teórica para lo que demanda el mercado laboral e incluso para lo que incentiva a los jóvenes cada vez menos dotados para la teoría. Los empresarios siempre se han quejado de la nula relación entre la universidad y la empresa. Hay mucho corporativismo también en el profesorado que impide abrirse al interés y necesidades de la sociedad.


Parece que el/la joven ya no ve en el/la adulto/a una referencia, menos aún en el/la anciano/a…

Algunas referencias hay, pero escasean. Por ejemplo, acaba de morir una jueza del Tribunal Supremo de Estados Unidos, Ruth Bader Ginsburg, a la que los jóvenes precisamente habían convertido en un icono por las propuestas radicales y lo que trabajó por la igualdad. Pero es cierto que los modelos para la juventud hoy están, como mucho, en el deporte, no en otros campos. No tengo una explicación para ello. Quizá la rapidez con que transcurre todo hace más difícil detenerse en lo que hicieron otros. Además, la juventud como colectivo es autocomplaciente, creen que se bastan a sí mismos. También es cierto que una cierta rebeldía juvenil y rechazo del padre (o de la madre) ha existido siempre.


Hasta los años 70 del siglo pasado el mundo estuvo gobernado por una gerontocracia en mayor medida que en épocas anteriores; ¿cree que esto cambiará?

No lo creo porque, dado que crece la esperanza de vida, los mayores disponibles serán cada vez más. En Estados Unidos compiten por la presidencia dos «ancianos». La gerontocracia de antes tenía menos edad que la de ahora. Si analizamos la edad media de los dirigentes de todo el mundo, quizá comprobemos que no son tan jóvenes.


Aunque con diferencias según de qué parte del mundo se trata, el porcentaje de ancianos/as aumenta en todas las sociedades. ¿Cómo ve este desarrollo de cara a un futuro próximo?

Que la gente viva más años es una buena noticia, pero hay que contrastarla con la calidad de vida de las personas mayores. Uno de los temores más acuciantes de los ancianos y ancianas es el deterioro; diría que temen más la dependencia y la pérdida de facultades que la propia muerte. Por lo menos, este es mi caso y lo que escucho acerca de los sentimientos de la gente a mi alrededor cuando reconoce que va envejeciendo. Nuestro objetivo debe ser que la vida mantenga la máxima calidad posible incluso en la vejez. Cuando eso deja de ser posible, la ancianidad no representa un bien ni para la sociedad ni, por supuesto, para los individuos.


Los códigos de valores y las costumbres que durante mucho tiempo habían sostenido las sociedades se desintegraron con mucha rapidez. Es un fenómeno mundial. ¿Ha tenido ello consecuencias imprevisibles que haya que corregir?

Nunca he creído que la nuestra sea una sociedad que sufre una crisis de valores éticos (supongo que se trata de esos valores) mayor a la de otras épocas. La ética siempre ha estado en crisis porque la perfección no existe. Lo que sí ocurre es que las sociedades son cada vez menos homogéneas, más diversas, lo cual, en principio, es un valor añadido. Frente a la diversidad surgen reacciones que creíamos desaparecidas o dominadas. Por ejemplo, las migraciones hacen que rebroten el racismo, la xenofobia y los nacionalismos. Es más cómodo vivir con iguales que con diferentes. Por eso se impone volver a predicar la tolerancia y, más que la tolerancia, el respeto entre unos y otros.


Hobsbawm concluye que la revolución cultural de fines del s. XX es un triunfo del individuo sobre la sociedad…

Efectivamente. Pero creo que eso tenía que ser así desde que se empezó a pensar la modernidad desde la perspectiva del individuo como un ser libre con derecho a elegir cómo vivir y a perseguir sus intereses. Es la «libertad de los modernos», como la definió Benjamin Constant. Esa libertad, sin limitaciones autónomas o heterónomas, deviene en anarquía o atomización de la sociedad, donde cada uno va a su aire y se desentiende de los demás. Por eso añoramos comunidades o sociedades más homogéneas, porque las limitaciones que imponen están establecidas y nadie las discute. No es fácil ser libre, más bien da miedo, como escribió en un libro memorable Erich Fromm.


Hobsbawm afirma que a partir de los años 80 del siglo XX, ya bajo la soberanía del mercado puro, se hace patente que romper los antiguos sistemas de valores y los tejidos sociales tradicionales pone en peligro la triunfante economía capitalista. ¿Lo cree usted así? ¿Y si lo cree, en qué sentido?

A partir de los años 80 tenemos muchos problemas. Empieza a cuestionarse el Estado social y el neoliberalismo, con los gobiernos de Thatcher y Reagan lo impregnan todo. Hace tiempo que pensamos dos cosas contradictorias: que el capitalismo es inevitable y que el capitalismo está en una crisis irreversible. Yo soy optimista y pienso que todo es revisable y que es posible humanizar el capitalismo con más intervención estatal que obligue a redistribuir la riqueza. Si los gobiernos no sirven para ese fin, son superfluos; basta una organización policial que mantenga el orden.


¿Cómo prevé usted la evolución del planeta ante la amenazadora situación de crisis ecológica en la que nos encontramos?

Somos conscientes de que esa crisis es real, lo cual es un primer paso. Y sabemos que hay que frenar la depredación de la naturaleza en todas sus dimensiones. La pandemia del covid-19 ha contribuido a reafirmar esa idea. Otra cosa es que seamos capaces de anteponer ese interés, que es un bien común que nos concierne a todos, a los múltiples intereses individuales y partidistas de los poderosos. La política de confrontación en la que estamos desde hace años no ayuda ni permite abrigar grandes esperanzas.


Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) fueron un logro esencial que, si bien no se cumplen en los plazos acordados, sirven de referencia en algunos ambientes políticos. ¿Cree que realmente sirven de correctivo al desequilibrio Norte-Sur, y en el propio Norte, que ha acentuado en el mundo el neoliberalismo económico?

Hay ciertos objetivos que nunca se lograrán del todo, lo importante es que se mantengan como objetivos últimos. Kant se refirió a algo parecido cuando acuñó la expresión de “ideas reguladoras”. Son ideas que nunca se hacen realidad, pero sirven para regular la práctica. El desarrollo sostenible es una de ellas. Lo importante, valga la redundancia, es empeñarse en «sostener» esa idea y no dejar que decaiga.


¿Cree que los Estados-nación están en crisis?

Es evidente que no. Las crisis han dado lugar a nacionalismos emergentes, todos con el patrón del Estado-nación. No importa constatar que los Estados tienen cada vez menos poder para decidir lo más importante, que se decide desde instancias supra-estatales. La lucha nacionalista es una lucha por el poder que hoy sigue representando el Estado. El nacionalismo es una consecuencia del triunfo del individuo al que se refiere Hobsbawm, que se quiere corregir con propuestas de cohesión patriótica y cultural.


¿Cuáles son en su opinión los hechos más incisivos del s. XX y hasta la actualidad?

Uno de los más incisivos es, sin duda, la revolución de la mujer. Yo lo he llamado El siglo de las mujeres, pues el siglo XX fue decisivo para la emancipación de la mujer. No es un hecho que afecte solo a las mujeres. Es una revolución que, si persiste y se consiguen corregir las desigualdades y el machismo que todavía existe, nos llevará a una sociedad mejor para todos.

 

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Pienso, luego existo - Victoria Camps - RTVE.es

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