Trabajo para el silencio

Revista Malabia número 70

Entrevista a Roberto Juarroz, por Alejandra Pizarnik

Este segundo libro (1) de Rodríguez Cubelli confirma rasgos definitorios del primero (2) como por ejemplo intensa condensación, verso libre, poco relieve metafórico o figural, escasa sonoridad a favor de una música conceptual, sintaxis con dislocaciones cuya función expresiva favorece los silencios generados por la demanda interpretativa que hace el texto. También cabe señalar que hay un léxico estándar y una adjetivación restringida. En ambos libros el tema tiene una compleja configuración no obstante la mayor claridad aportada en esta obra por elementos del contexto como el título del poemario, el epígrafe, el texto inaugural, los títulos de las dos secciones y los títulos de las composiciones.

Asimismo, en ambos libros las imágenes cobran fuerza e importancia en una textura escasa y opuesta a toda forma de neobarroquismo. La puntuación registrada solo al final de cada texto libera las posibilidades de la interpretación para que el lector complete al texto como producción significante y a su eventual sentido.

En el discurso que configuran estos dos primeros libros de Diego Rodríguez Cubelli se advierte la supresión de segmentos oracionales, de nexos y la presencia de severos hipérbatos que coadyuvan a la referida dislocación sintáctica y que de alguna manera generan los ya referidos silencios en la cadena significante y en la de los significados por lo que acentúan la sugerencia y lo connotado.

Es probable que en muchas situaciones el título del libro conduzca a los lectores a ubicarse en un sitio epistémico, ya que si esta obra se autorrefiere en el sustantivo “trabajo” y el hablante lo hace para el silencio, sería un decir para nada. Pero si es el yo elíptico quien trabaja para lograr ese silencio se nos plantea algún asunto más. Por de pronto si esta es una poesía experimental que se aproxima al límite con el anonadamiento. El título genera duda entre una y otra posible interpretación, pero además conduce a lo paradojal: se escribe para el silencio, para un no decir, se escribe en procura de la ausencia de sonido y de sentido en las palabras.

El sentido de esta probable verdad paradojal bien podría no ser tan radical y podría significar la necesidad del extremo cuidado en el uso del lenguaje para poder decir solo lo necesario, lo verdaderamente sustantivo en tiempos de proliferación discursiva de los poetas de nuestro tiempo.

En el sentido de lo dicho precedentemente se podría encontrar alguna yuxtaposición con algunas zonas de la poesía austera, a veces lacónica, de Clemente Padín, Nancy Bacelo, Enrique Fierro y algunos registros de Luis Bravo.

Sea como fuere hay también un ademán experimental que por momentos recuerda por ejemplo algunos pasajes de Altazor de Vicente Huidobro y de Ganas de decir, de Eduardo Milán. No decimos que Rodríguez Cubelli venga desde allí, del magisterio de estos poetas, sino que en los complejos procesos de la deriva del discurso literario y de sus imantaciones, que para los creadores son conscientes o no, podrían rastrearse ciertas aproximaciones eventualmente casuales.

Las dieciséis composiciones del libro ─que carecen de título y son señaladas por un número─ se hayan dispuestas en dos secciones tituladas “Dirá el olvido” y “Dirá el tiempo”, precedidas por una primera poesía a la manera de pórtico. El primer verso de este primer texto es a la manera de comentario del título del libro, un anticipo del mismo y seguramente aporta alguna clave. Dice:

hoy serán mis manos las que trabajen para el silencio

La imagen de las manos remite a la poesía y al libro como objetos textual y material respectivamente. Si la poesía es resultado de la creación de las manos (metonimia del poeta), es un producto concreto, un resultado audible que en este caso es el silencio que se procura. Se trataría de un silencio como el de la música: constitutivo y expresivo. Por tanto, en el trabajo de las manos “dirá el olvido / o dirá el tiempo”, tal como afirman los dos últimos versos de los que nacen las dos secciones ya referidas.


El olvido poético del que aquí se trata es, como ya se dijo, casi un anonadamiento. Una anulación de todo lo que se considera superfluo, una sabiduría centrada en lo que queda después de ese silencio que se piensa y siente como una plenitud. Sin él no hay música ni palabra y por consecuencia tampoco habrá poesía.


En el texto V de esta primera parte se lee:

robé el olvido
                       y las palabras

siglos para imitar
lo que nadie sabe

             trabajo para el silencio.


El hablante dice haberse apropiado del olvido y las palabras que llevan siglos de imitación con las que no se llega a saber nada. Por contraste u oposición, opta trabajar por y para el silencio. Pero es el olvido opuesto a la memoria y su “áspero fingir” subjetivo, el que busca la sustancia primera.
Lo buscado no es la esencia que nos conduciría a lo trascendental sino una propuesta operativa, fática y fáustica, una aproximación a la orilla donde termina el significado, donde están sus límites y puede nacer la audición de lo otro.

En la segunda sección el tiempo es algo así como un arcano y una convocatoria al centro concebido no en un sentido antropológico sino como un tránsito hacia el nosotros posible. En efecto, el silencio como propósito y aspiración de una poesía absoluta también da el tiempo en y con su duración. Y el tiempo no será más que “la brisa que recorre una voz” o “un canto casi despierto” (poesía I y II, 2ª p.). También como forma de la duración es un continuo retorno connatural, un “vuelve / mientras tanto”. (poesía IV, 2ª p.)

El agua del tiempo con su vieja bisemia será la que lleve la voz, el canto nacido del silencio en caso que nadie diga y solo queden gestos. Dice la poesía III de esta última sección:

y si nadie dice nada
todo gesto
puro vino
de todas maneras
llevará el agua
el canto
de una espera.



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(1) Rodríguez Cubelli, Diego. Trabajo para el silencio. Editorial Yaugurú, Montevideo, 2015.

(2) Rodríguez Cubelli, Diego. Reino del apóstata. LoQueVendrá, Montevideo, 2014.

 

 

 

Algunos poemas de Trabajo para el silencio



hoy serán mis manos las que trabajen para el silencio

el olvido es mala palabra cuando viene de lejos
y el terror vence al poeta
como quien futuro el tiempo

inicia el camino
que mis manos serán las que trabajen para el silencio

dirá el olvido
o dirá el tiempo.




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Dirá el olvido

III


no hay líneas en el cuerpo
ni en las cosas

hay límites entre la piel
y los otros

entiende la mirada.



VI


razón de existencia

todo
     es según
el rojo con que se mire.




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Dirá el tiempo


I


dirá el tiempo
casi ancestral forma de reconocer el centro

una lástima piedra esqueleto si camina
la brisa recorre una voz
un canto casi despierto

el eco de todos.



V


rojo vivo

la siesta de un domingo

pies al sol

silencio
       poco

una silla apolillada sostiene
pared pintura y andamio

no será lo mismo.





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Ricardo Pallares es docente, ensayista y poeta. Como profesor de Literatura tuvo trayectoria a través de cuatro concursos de méritos y oposición en la Educación Secundaria donde también desempeñó dirección e inspecciones en efectividad. En formación y perfeccionamiento docentes fue profesor en el Instituto de Filosofía Ciencias y Letras, en el Instituto de Profesores “Artigas”, y tuvo a su cargo consultorías pedagógicas. Es conferencista, jurado en concursos literarios, colaborador en el periodismo cultural, miembro de Número de la Academia Nacional de Letras desde 1999 donde fue su secretario y es director alterno del Departamento de Lengua y Literatura, miembro de la Comisión de Literatura y colaborador asiduo de la Revista de la Academia. Es Correspondiente de la Real Academia Española. Fue directivo en la Casa de los Escritores del Uruguay e integra el Consejo Director de la Fundación Vivian Trías.

web oficial: www.ricardopallares.com