Nota de redacción

Revista Malabia número 69

Revista Malabia


Francia es, sin duda alguna, uno de los centros indiscutidos de la historia y la cultura europeas. Durante el siglo pasado, terminadas las guerras mundiales que la desangraron, sus estudiantes y trabajadores se lanzaron a la calle en la revuelta que se recuerda como Mayo del 68.

Dicha revuelta tuvo unas características específicas dentro de un mundo que cambiaba de forma acelerada. Las consignas que intentaban movilizar a la multitud no eran políticas en el sentido tradicional, ni tan siquiera en el sentido más estricto de abogar por la derogación de leyes represivas. En realidad eran, en su esencia, subjetivas: "Lo personal es político" o "Tomo mis deseos por realidades, porque creo en la realidad de mis deseos".

"Hacer el amor y hacer la revolución no podían separarse con claridad. La liberación personal y la revolución social iban, pues, de la mano, y las formas más evidentes de romper las ataduras, las leyes y las normas del estado, de los padres y los vecinos eran el sexo y las drogas" (Hobsbawm).

Esta asonada del 68 tenía lugar en unas circunstancias sociales nuevas: un acelerado éxodo rural y el surgimiento de la sociedad de consumo, cada vez más influenciada por los medios de comunicación (mass media) que generalizaban la cultura de masas. Todo ello sin olvidar que en el campo económico, la reconstrucción del país luego de la guerra la habían sufragado los Estados Unidos a través de un préstamo de 2500 millones de dólares. ¿Significaba eso aceptar ciertas condiciones? Por poner un ejemplo, otro préstamo, éste de 300 millones concedido por el presidente Truman, llevaba la claúsula de obligación de la proyección de cine estadounidense en salas francesas durante tres semanas al mes.

"La potencia de Hollywood, el Reader´s Digest y la comida rápida (o basura) fue imparable en esa época y sirvió de base para la implantación definitiva de la influencia norteamericana, a pesar de los esfuerzos de De Gaulle y el Partido Comunista francés por preservar el patrimonio cultural nacional. (...) Los intelectuales de Saint-Germain-des-Prés de los 60 formaban parte de los adalides de la lucha contra la influencia cultural -y, por lo tanto, política- de Washington y Hollywood. Cinco décadas más tarde, reivindicar la historia, la cultura y la lengua francesa frente a los GAFAM (Google-Amazon-Facebook-Apple-Microsoft) y Netflix puede ser considerado un delito de antiprogresismo cuando no de conducta reaccionaria" (Luis Rivas).

Hoy estamos sumidos en la confusión que genera la pandemia, aunque esa confusión no es solamente causada por el virus, sino que tiene su origen muchos años atrás. La revista Malabia se propone, desde el próximo número (70), bucear en el proceso cultural que nos ha llevado a la parálisis actual. Y lo hacemos porque creemos que el momento nos exige rescate y estudio del pasado.