Ocho poemas

Revista Malabia número 69

Ocho poemas, por Jorge Palma

 Jorge Palma


La trayectoria literaria de Jorge Palma (Montevideo, 1961) está marcada por dos corrientes de aire poético y vital determinantes: su intenso y desgarrado amor a la vida (con el dolor que implica), y su honda militancia cristiana.

En la primera vertiente se destaca la experiencia personal como fuente de poemas que son fiel y honesto reflejo de sus días en la tierra. En la segunda, la presencia de todos aquellos símbolos que elevan al hombre hacia alturas redentoras, en contraste con una óptica llana y frontal de este planeta y sus miserias.

Para los textos que aquí presentamos hemos elegido dos extremos de su arco creativo, que se complementan y nutren entre sí. Una de sus publicaciones iniciales, que reúne poemas de 1987-1995, y un libro de estos últimos años, inspirado en una etapa muy difícil en la salud de su única hija.

El hombre solo, separado de la familia dueña del corazón, la lucha propulsada por ideales sociales y religiosos, y una ciudad/mundo de espaldas a sus sueños, aparecen constantemente en páginas sustentadas de resistencia y espíritu.

En la contraportada del primer libro que consultamos, “La vía láctea”, estas líneas de la escritora y crítica literaria Rosario Peyrou definen con certeza el perfil del poeta:

“Lúcida, apasionada y lírica a la vez, la poesía de Jorge Palma mira de frente el espectáculo del mundo y consigue convertir lo que ve en belleza. Una belleza oscura y dolorosa, hecha de rebeldía y de piedad, pero también de “semillas del antiguo paraíso”. Con una dicción consciente y rigurosa, que huye tanto del ejercicio de ingenio como del mero artilugio retórico, Palma dialoga con otros poetas (Juan Gelman, César Vallejo, Idea Vilariño, Pablo Neruda, Francisco de Quevedo, Circe Maia, entre otros) y como ellos, nos pone en contacto con una dimensión de la existencia y de la historia que el fárrago de la experiencia diaria se empeña en ocultar.”

Autodidacta, lector infatigable y de múltiples intereses, cinéfilo exquisito, coordinador y director de talleres de literatura y creación, la obra de Jorge Palma comprende prosa y verso.

Figura en diversas antologías nacionales y extranjeras. Periodista cultural, colaborador en revistas de artes y letras de distintos países, su poesía ha sido parcialmente traducida al inglés, alemán, árabe, húngaro, rumano, francés, italiano y macedonio.

Para más información y acceso a bibliografía, su sitio oficial es: www.jorgepalma.com.uy

De “La vía láctea” (1987-1995, Ediciones Trilce, Montevideo, 2006)





EL HOMBRE Y EL ADIVINO



El vano capricho del hombre solo
del ausente, no tiene correspondencia
ni sonidos cotidianos que lo esperen
al final de la jornada; una mujer
y dos niños en el patio con cielo
de su casa, ni ruidos de platos
ni cucharas, ni puertas que al
anochecer, se apaguen como atardeceres
en invierno.

En la palma austera del hombre solo
ha visto una media luna diminuta
en la línea de la vida, y una
sombra constante en la del corazón,
impertinente y tenaz, como único destino.





EL NACIMIENTO DE LA LUNA


He aquí el mar
el mar donde viene a estrellarse
el olor de las ciudades.

V. Huidobro



Es negro el cielo
y las camisas
tendidas de un alambre
se arruinan
con este malestar
de pompas fúnebres.

En esta mañana inverosímil
(la mitad del cielo
llora a mares, en la otra
cantan dos soles, como jilgueros)
subo un escalón
me reincorporo.

Pesa en mi bolsillo izquierdo
un castor
y respira, debajo de mis ojos
una mañana limpia
de espaldas al alquitrán
derramado en los estuarios.

Me recompongo mirando el mar
partido como tengo el cuerpo
en siete partes desiguales.

La luna se pasea nerviosa
fumando por los pasillos
del océano.

Las ciudades de amianto
resplandecen como cirios
en las manos crispadas
de los muertos.

Y yo espero.

 


EL OGRO MELANCÓLICO



El encrespado dolor de cabeza
se clava como estaca
en la raíz del día.
Cobarde manera
con que el demonio posterga
el nacimiento de la vida.

Así querría el triste y desolado
caballero de la incertidumbre
cabalgar en la tormenta
visceral de la desidia.

Pálidas banderas de fuego
se agitan
cuando pasan gritando
la peste y sus hermanas colosales.

Aunque bajo tierra
tiemblen frenéticas
las manos de la lluvia.





EL FARO DEL FIN DEL MUNDO

 

Ya estamos en el último confín de la tierra (…)
en un yermo inaccesible.

Esquilo


Lo he vuelto a ver
anclado en el fondo
de mis ojos,
donde termina la noche
y comienza la niebla.

Hay un perro ennegrecido
azotado continuamente
por la furia del petróleo.

Un perro erizado
ladrando locamente.

Y nadie responde.



De “La voz de tus ojos es más profunda que todas las rosas” (Ed. Maclein y Parker, Sevilla, 2018),




ATRAPASUEÑOS



Atrápalos.
Atrápalos.
Y mételos en un bolsillo.
En un pliegue del aire.
En un hueco del tiempo.
En un renglón de tu frente.

El cielo nocturno,
tirante como una sábana,
y un silencio sobrecogedor
que alerta por instantes
el durísimo afán
de sobrevivir.

Una luna creciente
ligeramente inclinada
se mece
en un mar de tinta.

“Parece una cuna”, me dices
susurrando al oído,
como para que no se despierten
las estrellas.

Y yo sonrío
ante la inmensidad.




RESISTIR



A veces una sombra fría
cae vertical
como una viga de hierro
en medio de mi pecho
sorda,
impenetrable,
elemental.

Y lo único que se puede hacer
es resistir.





HAY NOCHES

 

Es largo el camino a casa
y tú no estás conmigo.




Hay noches que salgo de tu vida
como un viejo instrumento
mojado por la lluvia
cuando cierras los ojos
y te hundes en la niebla.
Entonces los árboles
cierran filas
y ya no es posible caminar
hasta tu frente,
soñar campanas desde los cuatro
puntos cardinales de tu día,
dibujar pájaros en los vidrios
empañados de las ventanas.

Hay noches de pólvora
y hollín o pesadas como
un elefante marino
o absurdas cuando te imagino
esperando en la puerta
de tu habitación
que pase a buscarte
un barco con todas las
luces encendidas.

Hay noches de plomo,
de cemento,
de alquitrán y estopa
que uno, perfectamente
y sin dudarlo, haría con ello
una antorcha
para quemar el cielo
de una vez y para siempre.





ETERNAMENTE FRÁGILES



Si pudiera
ahora mismo
te daría…
mis alas,
todos mis huesos,
mi sombra
(aguada, pero siempre
auténtica),
la gota de rocío
que guardé cuando llegaste
al mundo,
la última foto
del mundo,
un hilo de agua pura,
el secreto del tornado,
las razones profundas
del huracán,
la fórmula de la lluvia,
la composición orgánica
del relámpago,
la onda expansiva
del trueno,
el lugar preciso
donde nace el dolor,
el mapa que enterré
en el cielo
con los siete caminos
que te llevan a mi corazón,
la llave de plata
que abre el libro
de la resurrección,
la ubicación exacta
de la tumba de Eva,
las tres primeras páginas
del manual del mundo,
los ingredientes del aire,
el fuego
y la roca púrpura
donde alguien clavó
la espada del rey Arturo.

Si pudiera
ahora mismo
te diría…
dónde comenzó la vida,
quién encendió la chispa,
cuántas veces repitió Dios
tu nombre
antes de que nacieras,
eternamente frágil

como las alas de una mariposa,
como una ola,
como un breve parpadeo
en medio de la abrumadora
inmensidad.