Orfila en el bosque de la creación

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Revista Malabia número 67


1. Esta primera compilación de la poesía de Orfila Bardesio (1922-2009) fue elaborada por sus hijos con motivo del décimo aniversario de su fallecimiento. La entrega comienza a partir de su tercer libro publicado, Poema (1946), coincidiendo así con varias miradas críticas que la consideran su primera obra madura. Le anteceden dos libros juveniles que, por tanto, no se incluyen. El primero, Voy (prosas y versos, 1939), gracias al cual la poeta, de apenas 17 años, fue presentada públicamente por el insigne crítico Alberto Zum Felde en el marco de las jornadas de “Arte y cultura popular” (Paraninfo de la Universidad, 1939). El segundo es un cuaderno breve, La muerte de la luna (1942), publicado en Buenos Aires por la prestigiosa colección Cuadernos de Fontefrida, fundada en 1941 por su director el poeta César Fernández Moreno.

Jules Supervielle (1884-1960) recibió Poema con un entusiasmo del que dejó testimonio en un soneto manuscrito que Orfila atesoró y que, años después, reprodujo al inicio de su Antología poética (Banda Oriental, 1994); libro gracias al cual varios jóvenes poetas de los ochenta la “descubrimos”, y algunos ya no dejamos de leerla.

Su co-generacional Idea Vilariño (bajo el seudónimo Ola O. Fabre) reseñó el celebrado libro en la revista Clinamen Nº2 (mayo-junio, 1947). Si bien refiere a presuntas debilidades, lo presenta como un verdadero acontecimiento poético, acertando a señalar: “Una transmutación del que canta en el objeto del canto, se ha realizado en forma total”. Esa consustanciación bien puede proyectarse a la poética que, a lo largo de los años, fue ahondando en el difícil arte de la alquimia entre verbo y espíritu, una cualidad que la distingue de entre sus pares. En tal sentido, es posible establecer cierto parentesco con otra voz inspirada, la de Concepción Silva Bélinzon (1903-1987). A ambas las identificó como “solitarias” Enrique Fierro (“Los poetas del 45”, Capítulo Oriental, Nº32, 1968) en relación a las voces más integradas al núcleo central de esa Generación del 45, Ida Vitale, Amanda Berenguer, Idea Vilariño. Lo que en verdad las reúne es que sus registros son, cada uno a su manera, los más irracionalistas de su entorno. Una disidencia que se pagaba caro en un contexto de desconfianza por aquello que pudiera salirse de marco, o entrar en territorios no abordables por cierto racionalismo estrecho y realista —aunque eficaz y productivo— que abundó en la crítica uruguaya de poesía del medio siglo. El hecho es que, atravesadas por una singular mixtura entre lo místico, lo visionario y lo surreal, las poéticas de estas dos mujeres no fueron asimiladas en su tiempo. Desde la complicidad en esa trinchera insular, Orfila retrató cabalmente a Concepción como nadie lo ha hecho en un poema. En “La adolescente” (Uno, Libro Tercero, 1971) dice:

Sube a estrellas ardientes por una escala de oro.
Mientras las brújulas, los mapas, los dibujos
esperan conducir el eco de sus flautas,
se olvida por la luz en las abejas finas.
Con el pecho encendido por un racimo de planetas,
–de los metales, al fuego,
 de la respuesta, a la pregunta,
 de la piedra, a las lágrimas, vuela
 en un columpio que sostiene
un pez confiando brillos a delgadas alturas.


El primer libro de lo que luego sería la trilogía Uno (1954) lleva como epígrafe el primer cuarteto de “Correspondencias” de Baudelaire, paradigmático soneto de la vía mística del romanticismo que derivaría en el Simbolismo. Al respecto, Domingo Bordoli (Antología de la Poesía Uruguaya, Tomo II, 1966), a pesar de su prejuicio en torno al sesgo surrealista (habla de “chocante ilogismo”), percibió la índole visionaria de esa poética: “Este Uno es para nosotros el Universo. Ante él, el ´yo´ se hace una misma cosa con el mundo. Cada poema de este libro es, por lo tanto, mundo derramado. Todas las cosas pueden corresponderse, de extraña súbita manera (…). Y si la visión de Orfila es simbolista, la ejecución de chocante ilogismo viene sin duda del surrealismo. Si sus temas son de un ´panteísmo erótico´, nosotros creemos ver algo más: una fiebre que viene de la lucidez en lo bello. No transporte o arrebato: sino asombro, infancia, aunque con suculencia hacia lo edénico”.

En similar orientación Wilfredo Penco (“La sensual orfebrería”, Historia de la literatura uruguaya contemporánea, T II, 1997) brinda una síntesis de su estilo: “la vida cotidiana, las cosas más inmediatas del entorno, quedan desplazadas o se transforman porque el objetivo es penetrar en su naturaleza y acceder a otros mundos”.

2. En la calibrada docena de libros que la poeta dio a luz en sesenta años de incesante labor con la palabra, es posible visualizar zonas diferenciales que, siendo complementarias, conforman la coherencia de su arte.

En una primera zona de factura cósmica, atravesada por una asociatividad dinámica entre lo vegetal y lo animal, la poeta busca y encuentra a cada paso la convergencia de todos los elementos. “Como pensaba Rimbaud, la poesía es una alucinación de las cosas eternas, es como abrir una ventana y quedar frente a lo eterno”, afirmó Orfila en la entrevista que mantuvimos en 1995 (“Decir lo desconocido”, incluida a modo de epílogo en Poesía Dos de esta edición). De verso libre, pero de cuidado ritmo, esta fase da lugar a un vuelo de la imagen que, con ángulos metafóricos abiertos, va enhebrando mística romántica, simbolismo, cierta inmersión surreal. Tiradas de versos largos, sin puntos y con tonalidad apasionada, se despliegan a velocidad por la retina del lector, imantándole en el trance. Es una poética de sueño verbal cuyo brillo sensitivo hila un enjambre de significaciones. Según la actitud lectora arrojarán más o menos luz, o sombra, pero de tiempo en tiempo se abrirá una renovada interpretación entre sus líneas.

Es también una palabra fueguina, en movimiento. En “Diálogo con mi poesía” (revista Alfar, Nº89, 1951) ella misma lo plantea así: “En el principio de la Poesía fue el fuego. Pienso que es un Amor Ardiente (…) Las cosas iluminadas quedan escritas en el alma con la fuerza y la intensidad de ese fuego, y empiezan a vivir de él en nosotros, hasta salir al mundo iluminadas por el mismo fuego que las encendió”.

Esta zona de su producción abarca los primeros libros atravesando la década del 40 y las dos primeras entregas de Uno (1954; 1959), incluyendo Juego (1972), que alterna poemas con aliento y factura surrealista, con otros más breves de intensidad lírica, pero de palabra precisa. Los ejemplos a los que remito al lector son los dos últimos poemas de Uno (Libro Segundo), “La muralla” y “El laúd en el bosque”, éste dedicado al Dr. Alfredo Cáceres y a la poeta, también doctora, Esther de Cáceres, de cuya amistad la autora ha dejado agradecido testimonio. Es en la tertulia de los Cáceres, en el edificio Rex de Montevideo, donde Orfila entró en contacto con escritores y figuras determinantes en su formación, Jules Supervielle, Felisberto Hernández, el matrimonio Dieste, Susana Soca, Paco Espínola, entre otros.

Una segunda zona en estilo y temática podría integrar los libros Uno (Libro Tercero, 1971), La flor del llanto (1973) y El ciervo radiante (1984). En este último reúne de manera magistral la exaltación espiritual con la celebración del placer sexual femenino, desplazando así la culpa évica por el goce natural del cuerpo. En tanto mujer creyente en una Iglesia transformada, Orfila pensaba que debería solicitarse a sacerdotes y monjas elegir entre una castidad ofrecida o una vida sexual plena; esto, dijo en la entrevista mencionada, devolvería la felicidad a la unidad sagrada del hombre y la mujer.

Rosa Franco (Origen de lo erótico en la poesía femenina americana, 1960) reconoció que ya en sus primeros libros hay “un erotismo intelectual lindante con lo panteísta”, como una forma de conocimiento que se ejerce mediante “una peregrinación a través de sucesivas metamorfosis”. En efecto, ese pantheos es medular en toda su obra y, si bien alcanza una maduración en esta segunda etapa, ya se encuentra enérgicamente planteado en la potencia de “Mediodía” (de Poema) uno de esos textos en los que goce sensual y espíritu divino engarzan de maravilla. Sirvan de ejemplo tres estrofas espigadas del poema:

Habito en las abejas que liban los secretos
y me dejan la voz llena de miel, de polen, de pistilos,
llena de gotas de rocío y de pequeños astros perfumados.
Ando descalza y silenciosa, abandonada en el mar del asombro,

y con el pelo suelto como las naves, hundo mis dedos
en las alfombras de la selva, les pregunto a los árboles
cómo están, cómo han pasado la noche, qué canción han oído (…)

Dios pasea en mis venas como en voluptuosas
avenidas de un jardín. Sus órdenes perfuman en mi voz,
duermen en mis oídos, golpean en mi pecho,
giran en mi cintura y la muerte no quiere deshojarlas.


Su voz se alza entonces más cristalina, como si fluyera del manantial de la Naturaleza en su incesante actividad creadora. El epígrafe de Rubén Darío en La flor del llanto bien lo ilustra: “De desnuda que está brilla la estrella;/ el agua dice el alma de la fuente/ en la voz de cristal que fluye d´ella”. El tono, vital y dinámico se abre allí a otros elementos; mientras, el fuego antes protagónico se concentra en imágenes de particular cuño profético. Así el ciervo, símbolo de Cristo (“como el ciervo huiste habiéndome herido”, dice San Juan) es quien con sus sigilosas patas de bronce llega donde está el secreto y, con la luz de fuego de sus ojos, quema el error cuando lo mira. Lo que sí aparece irradiando es un amoroso tejido que reúne a todos los seres, los elementos y las cosas que habitan el mundo. Esto lo expone en una sabia técnica de efecto contrario, en el texto XX del mismo libro:

Un saludable viento agita las hojas verdes
que se estremecen alegremente
y delicadas abejas afinan el aire...
Solamente en el odio
las cosas permanecen inmóviles.


Sin embargo, La flor del llanto, que ilustra esta vía de enunciación más reposada en lo formal, aunque publicado en 1973 habría sido escrito en la década del 50. Susana Soca llegó a leerlo y a decirle que ella era una “poeta mística”, ante lo cual Orfila se dijo a sí misma: “está completamente loca, a mí me encanta la sensualidad de las cosas, qué voy a ser una mística. Después aprendí —afirma en la entrevista citada— la sensualidad fabulosa de ´El cantar de los cantares´, incluso de Sor Juana Inés de la Cruz”.

Aunque siempre agudamente sensitiva, esta segunda fase es más reflexiva; cultiva una palabra más precisa en poemas más breves, en pleno dominio de la llameante espiritualidad de su sello personal. Su pensamiento concentra la intensidad de lo espiritual y lo religioso en ceñidas imágenes psico-cósmicas, como la del poema final (XL), de La flor del llanto:

Blanco es el color
de la Penitencia y sus espumas
como la corona
de una jornada de olas.


Ella sabe por oficio de orfebre —y por haberse sentido más de una vez arrastrada más allá de sí misma a través de las palabras— que la poesía es experiencia de tensión entre el arrebato inspirado y el cultivo de la precisión. Por eso ha dicho: “nadie puede avanzar en poesía si no sabe mucho, si no tiene la experiencia. Por más inspiración, sin el trabajo de orfebrería la poesía no existe, necesita de un artista, evidentemente. Pero cuando se agota ese camino y te quedás como manso en silencio, como esperando, entonces es como si eso que no sabés viniera a vos y comenzás, y decís las cosas desconocidas”. Esta es, me parece, una certera descripción de la experiencia visionaria en materia poética. Sobre cómo opera la síntesis alquímica de la naturaleza de las cosas en la naturaleza de las palabras en el poema “El Equilibrio” se dice:

Cada vez que el silencio
desciende su escalera de pausas
hacia raíces oscuras
las palabras coronan
gloriosamente los tallos.

3. Una tercera zona estaría dada por Canción (1970), Dieciséis Odas y una Canción (2005) y La Canción de la Tierra (2009). El primero es un solo poema escrito en 1956, que conforma un libro breve dedicado a sus hijos. Estos, por entonces aún niños, son personajes del poema y se relacionan con ese mar como si éste fuera un juguete con el que experimentar la consistencia del mundo:

Mi hijo tal vez juegue contigo
como con un trompo de madera,
mi hijita
tal vez te estruje
con sus pequeños dientes nuevos,
tal vez estrene contigo
sus incisivos recientes.

Se impone lo concreto, el lenguaje directo y la cotidianeidad doméstica gira en torno al elemento cantado que es, a la vez, el canoro mar. Siendo éste omnipresente para los habitantes de Montevideo, la canción finaliza invitando al siempre activo mar a descansar, ya que en virtud de ese acostumbramiento no precisa representar papel protagónico alguno:

Están las estrellas, Mar.
Descansa un poco en Montevideo.
Oculto en mis costumbres
no eres importante.


Las Dieciséis Odas son una joya que, escrita en los primeros años 90, brillará finalmente a veintiún años de distancia de su último libro original. Hay que agradecerle el valioso rescate de las mismas al poeta Héctor Rosales, quien las preparó y prologó para una edición en Lisboa que, finalmente, ocurrió en México (2005) en formato digital. Rosales —quien en yunta con el humanísimo Rolando Faget (1941-2009) fue desde los años ochenta un devoto difusor de la obra de Orfila— había publicado anteriormente la plaquette antológica La mano desnuda (Barcelona, 1996). En su prólogo a las Odas (“La larga oración de Orfila”, 2005) dice: “el bagaje temático condensa sus múltiples reflexiones religiosas al lado de las inquietudes actuales del ser humano de cualquier tiempo y lugar. La figura de Jesús y la simbología cristiana, que ha estado presente en no pocas páginas de la producción bardesiana, se retoma en las odas con una tensión asombrosa (…) en una progresión que va aumentando en intensidad hasta desembocar en la formidable ´Oda Duodécima´, donde al final se nombra a ese ´Dios desconocido´”.

Con el libro La Canción de la Tierra (2009), publicado casi en simultáneo en lengua catalana (Barcelona) y en español (Montevideo), estamos ante una despedida que, siendo personal, apunta más a un legado dirigido a la humanidad en su conjunto. El mensaje es claro y trata de cómo la actual civilización debiera reconocer con urgencia que la naturaleza toda del planeta Tierra es la casa común que habitamos. Considera que sólo habrá futuro si hay reconciliación entre los seres humanos entre sí, y para con su casa compartida. El cometido es dar lugar a otro mundo pero en éste, en el que hoy la prodigiosa naturaleza se precipita velozmente al límite del equilibrio ecológico.

No era nuevo este compromiso de la escritora en responsabilidades individuales y colectivas. En el prólogo al ensayo de interpretación del Apocalipsis de San Juan, La luz del ojo en el follaje (1989), la poeta advertía: “Nuestro tiempo, a diferencia de los anteriores, conoce una nueva opción de poder: destruir o no destruir el mundo (...) desde entonces, el carácter de nuestra acción es de tal envergadura que la salud humana es prioritaria (...) nunca fue más necesario el desarrollo de los valores de convivencia, su ejercicio y su conocimiento cabal; valores que estén por encima de conveniencias que los posterguen”.

Luego de analizar el viraje producido en nuestra civilización por una confianza ciega en la ciencia y en su razón práctica, concluye: “se ha producido un lamentable menosprecio en nuestra cultura hacia el cosmos de fuerzas que exceden a la Ciencia, cuando, precisamente allí esté tal vez, en silencio, el gran descubrimiento que necesita de nuestra humildad de la razón, para manifestar su existencia (...) nunca se despeñaron los tiempos con más urgencia hacia las soluciones desprestigiadas por la pujanza lógica, porque nunca fue la luz de la Ciencia tan oscura (desde que perfecciona la destrucción) ni tan clara la oscuridad desconocida del corazón humano (…) tuvo que descender la Sombra, para que la Inteligencia reconociera al Sentimiento como hermano en la salvaguardia de la vida”.

Los 91 poemas breves y la canción final recogen en parte aquella visión y la amplían en clave lírica, en tanto síntesis de lenguajes. En su saludar amoroso a toda una heredad de nietos y nietas Orfila sabe que la humanidad toda aún es niña. Asoma allí una piedad en la que hay menos para juzgar y más para compartir, dando así paso a la voz misma de la Tierra. De sencilla composición versal, con un animismo consustancial a la inocencia infantil, estos poemas conmueven. Con sus 87 años la poeta adopta un tono de piedad por lo que se muere, mientras advierte sobre lo que se deja morir o se mata; no le ocupa el propio morirse, que es asunto natural, sino el de la naturaleza que nos habita y que, en lugar de habitarla armoniosamente, con violencia desalojamos.

En especial en este su libro de despedida, Orfila es la mujer— la madre y la abuela— quien con pulso lento pero actitud serena y firme, entona unos cantos terrenales donde tañe lo primordial. De accesible registro y comprensión, nada obvio hay sin embargo en el elaborado arte que los sostiene. Con la fe lúcida que la distingue, su voz canta por y con la Tierra, junto a sus habitantes todos: árboles, mares, pájaros rojos, niños y astros que miramos y nos miran hoy con desconcierto. Con pluma sin adornos abre un rastro de reflexiones cuestionadoras en la “baldía tierra” en la que esta civilización se ha empantanado.

En “Ritmo” se asiste a la transmutación de su propia poesía, transita desde una primera cualidad visionaria en la que la palabra desciende hermética incluso para la propia poeta, hasta esa otra lírica en la que el canto se abre a la común comprensión:

Siempre digo una cosa
que no comprendo
hasta que el Dueño
de las palabras
quiere revelarlo.
—Conozco a mis palabras
por la ignorancia
de lo que expreso—.
Cuando se levantan del lecho
con significado pleno,
ya no son mías
sino de todos.


En los dos últimos versos del poema “Un puñado de confianza”, tras la enumeración de lo perecedero que inunda la vida material — hay un eco manriqueano— se hace tangible el único vínculo posible entre la vanidad de las criaturas humanas y la infinita gracia de Dios: “Porque lo amamos/ nos reconocerá”. 

En tiempos de fundamentalismos retro y de new age mercantilizadas, no es habitual reunir materiales del pensamiento cristiano con tropos de sorprendente factura, ni es común entablar la relación con lo divino desde interrogantes eto-ecológicas, a sana distancia de fáciles consejitos y previsibles dogmas. Ese mérito es poético y es también religioso en el sentido de lo sagrado, pues logra decirse religando un camino abierto de creencia en la cualidad amorosa.  El poema “La canción de la Tierra” está dedicado a San Francisco de Asís, pero el libro en su conjunto participa de una poética en que las “florecillas franciscanas” anuncian la sonoridad de la inocencia en el lenguaje de la naturaleza: “el nomeolvides/ suena más fuerte en la llanura/ que campanas de bronce”

Es que el diálogo de la poesía es primero y antes consigo misma, de ahí que la poeta no se excluya a la hora de señalar el yerro de la condición humana, condición siempre a riesgo de ser desdibujada, ya en lo alienante, ya en la banalidad: “Con superficies, cubrimos / preguntas profundas, /con ellas frotamos la entrada / a dimensiones desconocidas” (“Velos”).
 
La conciencia del desmadre de los códigos naturales que la civilización actual ha traído hasta aquí —ahora a límites siniestros— comparece en La Canción de la Tierra, que, siendo una elegía, se va convirtiendo en oración; es también un diagnóstico que se va armando de fe y es un llanto que, sin embargo, no entrega en su dolor el temple de la esperanza.

4. La obra de Orfila Bardesio todavía no ha sido suficientemente leída ni abordada críticamente en la dimensión que merece y exige. Tras la relectura de todos sus libros resulta evidente lo mucho que aún queda por descubrir e investigar de ese universo que, con renovado asombro, apenas he podido aquilatar en esta introducción. Si cada poeta tiene su tiempo de crear, cada obra artística tiene su tiempo de llegada a destino. A ese tiempo apunta esta compilación de Poesía en dos volúmenes que desde ya propicia un más pleno conocimiento de su producción. Con esa fe presentamos aquí la poesía de Orfila, una de las más singulares voces de mujeres que, para ayudarnos a ver y oír y a gozar más hondo en el infinito bosque de la creación, entre nosotros se han encendido.



Luis Bravo, “Casa Soles” (Ciudad de la Costa, Uruguay), 9 de julio, 2019.




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Prólogo a Poesía (1946-2009) de Orfila Bardesio, Editorial Yaugurú, Montevideo, 2019.
Texto revisado y autorizado por el autor para Malabia / 67.