Ocho poemas

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Revista Malabia número 66


Queda allí su vestigio,
como el hoyo en la arena donde un niño
quiso apresar el mar.
Por las junturas
de la piedra labrada
la sal rezuma aún,
adarce fósil, brillo
de otro tiempo para el ojo que guarda
la sed en su mirada,
para el hombre que mide como un crío
el tamaño del mar.



                               (Mareta)




Veo mi mano en la mano de este niño
en el coche que arrastra por el muro
sobre una carretera imaginaria
tendida de mis años a sus años.
Siento vibrar las ruedas en el roce
de las losas mil veces recorridas,
las grietas, los perfiles familiares,
los viejos caminitos de cemento
trazados en un juego que aún no acaba.
Mi cara es hoy la cara de este niño
sumido en su destiempo,
embarcado en un viaje
cuyo brillo me alcanza:
en el mismo poyo del mismo patio
dos ávidas infancias superpuestas
sobre la eterna infancia de la piedra.





Cesaba el vendaval
y aún caían los frutos de mi padre,
caían de su sangre magullada,
de sus manos venidas a mis manos,
llamándome a palpar por él,
a adentrarme en el daño,
a medirme en la criba de los vientos.
En sus ojos hincados
vi de cerca la sombra aniquilada
y, cada vez, erguido ante el estrago,
vi su pulso creyente
afirmarse en la pega, doblegar
en la eterna sorriba
la memoria del hambre,
los tercos malpaíses del origen.




Insemina la piedra
el tiento de la mano en su escrutinio.

Su pulso con la forma
penetra la aspereza.

Como pegue invisible
en la roca trampeada
la tensión del sentido.




La casa en ruinas,
los objetos dejados de la mano,
los muros demorando su desplome,
y aún allí, camuflada en su herrumbre,
tras el umbral que solo el aire cruza,
como un resto de orden,   
en el dintel, la llave.




Acaricio la cara de la piedra,
la oscura piel curtida de intemperie.
Acaricio su paz devotamente,
su contorno de luz,
su raigambre de liquen y silencio.
Escruto con mis dedos
la humilde trabazón de su edificio,
la imperfecta textura
modelada en el tiempo,
su extraña calidez
como un tacto lejano que me habita.




Llama junto al camino
la piedra a la quietud,
invita a diferir la urgencia,
a saborear un dulce aplazamiento:
ese dejarse estar,
acogerse a su pulso
escindido del tiempo,
avenirse en el margen
antesala del último deslinde.



A la tardecita suelen sentarse los viejos
en la frescura de un grueso eucalipto
orilla del camino.
Cada uno en su piedra, en silencio
como si todo se supiera
y al fin no hicieran falta las palabras,
la espalda recostada contra el muro,
miran al cielo y al camino, ven alejarse
las nubes y las gentes, ya sin magua
pues sus ojos esperan otra lluvia.

Como ellos, desecharé algún día las palabras,
rebuscaré en el cielo
lunas de agua, lisuras a mi sed,
y poco podré aún
sino poner la mano,
cuando de viejo me siente a la sombra
y conozca las nubes.



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Del libro La piedra habitada (Ediciones La Palma, Madrid, 2017)
Selección del autor

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Ricardo Hernández Bravo (El Paso, Isla de La Palma, 1966), es licenciado en Filología Hispánica y profesor de Lengua y Literatura en Enseñanza Secundaria.

Tiene editados los libros de poesía El ojo entornado (1996), En el idioma de los delfines (Premio Julio Tovar / 1996, ed. 1997), la antología El aire del origen (Poemas 1990-2002 / ed. 2003), Los posos de la sed (2014), La piedra habitada (2017) y dos poemarios en colaboración con pintores: La tierra desigual (2005), con Hugo Pitti, y Alas de metal (2008), con Graciela Janet.

Como narrador ha publicado Siete cuentos (1997), libro que recoge sus relatos premiados en diferentes certámenes como el Félix Francisco Casanova, Facultad de Filología de la Universidad de La Laguna y Tomás de Iriarte.

Figura en las siguientes antologías poéticas: De Canarias a Marsella, edición bilingüe de los Cuadernos del Ateneo de La Laguna y la revista Autre Sud de Marsella (2002); Poetas canarios en Buenos Aires (2009), Poesía canaria actual (2010), Poetas de una sola isla. El grupo de La Palma / 1990-2011 (2012) y Poesía canaria actual / 1960-1992 (La manzana poética, Córdoba, 2016).

Se han publicado poemas y cuentos suyos en suplementos de periódicos insulares (Ítaca, El vuelo de Ícaro, Borrador) y revistas literarias como Azul, La fábrica, Perenquén, Cuadernos del Ateneo de La Laguna, Casatomada, Paralelo Sur, Ágora, Círculo de poesía, Librújula, Turia, entre otras.