Intruso en el jardín de la memoria

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Revista Malabia número 62

El 30 de marzo de 2001 el semanario sueco Liberación publicaba un artículo de Rosales
sobre la trayectoria del profesor de Filosofía, artista plástico, narrador y poeta Joseph Vechtas,
un inquieto intelectual uruguayo del que también ofrecemos un texto reciente e inédito en este nuevo número de Malabia.

A casi 16 años de su escritura, esta semblanza sigue vigente para conocer al veterano profesor.
Y al mismo tiempo celebrar su coherente resistencia,
su esfuerzo permanente por construir una sólida y alta cultura para mayor beneficio de la sociedad.

 

Vechtas - Figari

Vechtas, firmando en la presentación de su ensayo Figari / estética, arte pintura (Museo Figari, Montevideo, 31/05/2012)

 

Primeros puentes

Sobre la mesa de trabajo hay cuatro ejemplares de una interesante publicación uruguaya titulada Garcín / Libro de Cultura. Conservo esos números (del 2 al 5, años 1981/82) y casi la certeza de que fue a través de estas páginas donde aparecieron por primera vez poemas míos en el suelo natal. La certeza es completa cuando reconozco que fue allí donde conocí el nombre de Joseph Vechtas. En las cuatro ediciones aparecen otras tantas partes de un excelente enfoque suyo sobre la figura de Torres García. Este ensayo y las coordenadas generales donde transitó el proyecto Garcín, toda una cruzada en pro de la cultura uruguaya y sus canales internos y externos, cobran una luz especial al comprobar –a casi dos décadas de distancia– la buena salud de aquella serie dirigida por José María Nerone.

Esos puentes trajeron también perdurables y generosas amistades a mi vida, poetas y profesores como Álvaro Miranda, Juan María Fortunato y el propio Vechtas. Todos auténticos “corredores de fondo” en el ejercicio de las letras, personalidades que han venido desarrollando su labor al margen de modas, capillas, pirotecnias. Cultivadores de la palabra nacida de una verdadera motivación personal (la escritura como expresión de algo sustancial, improrrogable en el silencio), con detonantes y planteamientos estéticos distintos en cada caso.

¿Cómo comunicar estas obras en un rincón tan aislado como el Uruguay de 1980 (sin recursos editoriales ni económicos, sin libertades, y sin ese actual mecenas llamado internet), sabiendo de antemano que estarían relegadas al más minoritario anaquel social?

Más allá de la estrategia del autor para la circulación de su trabajo, es innegable la profunda vocación que sustentó la génesis del mismo. Y es en la vocación del artista (según me dijera Nelson Marra en Barcelona y en aquellos años) donde al final se comprueba lo más valioso de su esfuerzo.

Los cimientos iniciales de los puentes con Vechtas se edificaron, pues, sobre las oscuras aguas del Río de la Plata de los primeros ochenta. En su último poemario [El presente incesante] hay un texto titulado Puentes, que extiende hasta hoy una parte de aquella química histórica, la cual no deja de ser un pasaporte hacia cualquier época humana: ”Un puente es un hombre / yendo hacia otros hombres. / Cadena de palabras / con las hebras del aire. / Un hombre es un puente / tendido entre dos nadas, / cual huidizos versos / que duran un instante / y penden de la voz / y del olvido”.

Itinerario

Las raíces familiares de Joseph Vechtas provienen del este europeo, aunque él nace en París en 1934. Establecido tempranamente en Uruguay, con una significativa incidencia de la posguerra que, intuyo, serviría de acicate para sus estudios filosóficos, la personalidad y bagaje cultural de nuestro autor, responden a las del típico montevideano formado a caballo de las décadas cincuenta y sesenta, aunque con una propulsión extra derivada de su inquieta naturaleza individual, una pasión vital y una curiosidad multidisciplinar nada frecuentes en su sociedad adoptiva.

Vechtas ejerció durante años el profesorado de Filosofía, con incursiones paralelas en el ensayo, la narrativa y la poesía. Además de sus colaboraciones con Garcín, ha publicado artículos y poemas en Jaque, La Semana [de El Día], Asamblea, Brecha y otras revistas y periódicos. La obra poética editada, comprende los siguientes títulos: Hombre libre y la ciudad del exilio (Banda Oriental, Montevideo, 1984), Cosmoagónicas (Banda Oriental, Mdeo., 1992) y El presente incesante (Montevideo, 1998).

Su dedicación a la plástica se remonta prácticamente a la niñez. Discípulo muy joven de Torres García, son ilustrativas las semblanzas que del maestro y su entorno realizara Vechtas al comienzo del citado enfoque en Garcín (Año I, Nº 2, pág. 91, Montevideo, setiembre 1981). Pienso que en estos apuntes el autor no sólo sintetiza un fiel retrato del venerable creador y docente, también nos presenta su propia experiencia de lo pictórico, la cual tiene claras resonancias en su vertiente poética.

“(…) quiero comenzar por mi vinculación existencial con el maestro. Cuando falleció estaba alejado del Taller, por diversas razones. Mi paso fue fugaz y marginado después de un curso inútil con M. Rosé. Con los años advertí cuán profunda, sin embargo, había sido para mí esa relación. No se aceptaban más alumnos. Llevé mi cuadrito, me aceptó. Tal vez Gurvich hizo lo suyo… no lo sé. Era mi primer contacto. Asistí a algunas conferencias. Respiré ese ambiente espiritual: lo veneraban. Augusto Torres me dio una, dos clases en Abayubá. Los demás eran grandes y artistas; yo, pequeño, callado, introvertido. Aquello, un templo donde pintar era orar. Luego, Alpuy; un año, tal vez dos. El espíritu del arte me entraba con el olor del óleo. Dibujé hasta aburrirme. Pinté un cuadro, alguno más. Lo asocio al azul y a la música: la Sinfonía infantil de Haydn y la alegría luminosa de la experiencia plástica. Un enorme domingo vital. Frecuentaba el taller de Gurvich: una pieza oscura, telas escondidas debajo de la cama, caballete asomado a la poca luz que la madre le barría a la puerta –ella lo adoraba–; le salían cosas de una gran poesía.

(…) Un día el maestro tuvo unas pocas, generosas palabras para un bodegón que yo pintara:

“Eso es, eso es”. Nada más. Lo que él quería. Fue una gentileza suya. Yo no abrí la boca. Los grandes me rodearon con su simpatía.

(…) Cuando recibí la espantosa noticia, apenas había cumplido quince años y ya hacía un buen tiempo que abandonara aquello. Mi última imagen se liga a unas palabras, breves, significativas: las dijo al reconocerme, en la Exposición. Me previno. Mas yo era demasiado joven, demasiado. Y me alejé, definitivamente. Pero no me corre decirlo: mi homenaje fue llorar violentamente su muerte que, pese a los años, no esperaba, me resistía a aceptar. No fueron sólo las plúmbeas clases de dibujo, la demora en hacerme tomar los colores, sino motivos más profundos: escozor al espíritu de escuela, a las versiones aburridas de sus búsquedas, al verticalismo –así lo sentía–, a la ausencia de sentido crítico, a las chicas snob que invadieron la cueva de Rondeau, ajenas a la mística del arte, ese oficio… Releyendo las obras del maestro, comprendo muchas cosas; lo rechacé visceralmente, sin iniciación teórica y lo que todavía acepto, más, respeto, en ese hombre a quien debo la imagen del maestro, de la seriedad artística, de la religión por lo bello –eso tan terrible, como sabía Homero–.

Aprendí a percibir el tono, a valorar un empaste, a sentir la morbidez de la pasta, el frotar de las cerdas, a captar la unidad de un todo, a sentir la solidez de una estructura, a apreciar el plano, a advertir la inteligencia constructora, la sensibilidad de la materia, la música de un ritmo, la música de un ritmo. Y me ha ayudado a comprender que ciertas afirmaciones puramente teóricas, inválidas tal vez desde el miraje estético, o contradictorias simplemente, se resuelven en la experiencia plástica, se retraducen en un código pictórico. En el decir, se adivina un hacer. Y a la larga, en Torres, es lo que prima: curó los ojos, articuló las manos, enseñó pintura”.

Los estudios de Vechtas en el Taller Torres García se realizaron desde 1946 a 1949. Entre 1947 y 1948 también estudió en el Taller de Uruguay Alpuy, recibiendo, paralelamente, orientación artística de José Gurvich. Egresó de la Escuela Nacional de Bellas Artes (Taller Anhelo Hernández) en 1994.

El propio Hernández, al final de su presentación en el impreso de la más reciente exposición de Vechtas (Asociación Cristiana de Jóvenes, Montevideo, abril/mayo 2000), describe atinadamente algunas de las características del que fuera su alumno:

“(…) Joseph aborda las apariencias cotidianas, la calle, la casa, la ventana, los árboles, las huertas, para transformarlas, por una suerte de decantación, de maduración, en los testimonios de un orden. Para ello somete todo lo que es experiencia visual, así a lo hermoso como a lo que no nos lo parece, a una clase de cristalización de la que surge una verdad, la suya. No símil sino versión, no ocurrencia sino parte descamada de sí mismo”.

Joseph Vechtas comenzó a exponer en 1954 (individual, Grupo Erato, Mdeo.). Dentro de la capital uruguaya alternó muestras individuales y colectivas, obteniendo el Primer Premio en el IV salón de artes plásticas de la Asociación de Estudiantes (1960) y el Segundo Premio en el Primer Salón de Independientes de la Alianza Francesa (1975).

Las ideas y la vida

Los libros de Joseph Vechtas dan fe de un compromiso serio y humanísimo con el hombre y su especie. Poeta de aliento machadiano y emparentado en cierta medida con el halo entrañable, despojado y suburbial del uruguayo Líber Falco, la poética de Vechtas se juega desde el comienzo a cuidar el tono, la honesta vibración de cada pieza. Busca y consigue una verosimilitud sustentada en versos que se proyectan con claridad y fluidez expresivas, más afiliados a la sentencia, la reflexión personal, histórico o filosófica (en buena parte metafísica), que a la experimentación lingüística, la caza de la originalidad o el afán de encerrarse en el misterio, recursos completamente lícitos, pero que en tantas ocasiones distraen a los autores de un planteamiento formal tan antiguo como imperecedero: escribir sobre lo que se siente, lo que se considera esencial del momento en que se vive, lo inherente a la identidad individual o colectiva, todo aquello que afile las armas del pensamiento o encienda el farol compartido de la emoción.

La temática de fondo no puede ser más clásica: el amor, la vida y la muerte.

Releyendo la mayor parte de su obra se advierte una voz apasionada, mucho más enamorada de la vida de lo que ella misma se empeña en cuestionar mediante los versos más desolados. Vechtas, si bien ha perseguido durante toda su existencia un conocimiento trascendente y redentor de las circunstancias humanas, no ignora la inútil batalla de las palabras para iluminar el mecanismo de fondo de los días y sus criaturas: “Por más que el hombre quiera / aprehender la realidad con las palabras, / se desvanecen espectrales en el aire; / la realidad, ajena / al diálogo y al ruego, / ciudad de eternidades sucesivas”. (La noche, de Cosmoagónicas).

En su primer libro, Hombre libre y la ciudad del exilio, donde comparto la opinión de Jorge Albistur: “una de las más conmovedoras versiones de la angustia colectiva padecida en los años de la dictadura”, el poema final trasladaba al lector a una perspectiva de superación, de dinámica positiva, de fe en un destino plural (incluso sobrehumano), que está en la base de toda la estructura vivencial de Vechtas.

A través de sus siguientes volúmenes, portadores de situaciones, imágenes y propuestas de carácter más intimista, el poeta se afianza en versos que sin dejar de ataviarse de la tónica popular (prima una lúcida y, en algunos pasajes, casi coloquial comunicación con el lector), introducen un hálito espiritual, heredero tal vez de la religiosidad de fondo que preconizaba su viejo maestro Torres García, quien afirmaba que el pintor “vive, pues, místicamente, con espíritu religioso (…). Y si de alguna pintura puede decirse que está del lado de Dios, mayormente lo estará el Arte Constructivo”. Vechtas postularía años después, en la primera estrofa de su poema Como la eternidad a veces (El presente incesante): “Hay que mirarse a veces / como la eternidad nos mira, / ver a nuestros pies el agua / que corre de la vida, / como debe mirar Dios desde su torre”.

Ricardo Pallares, en el prólogo a este último libro, añade: “De allí también nacerían la sensualidad de esta poesía, la suavidad irónica de ciertas nostalgias, la derivación filosófica, el ropaje para los recuerdos, la multiplicación de imágenes relativas al orden de la naturaleza primordial, la manifestación intensa del deseo, la celebración de la vida que se posee, la recurrente confesión de cosas que se sufren”.

Intruso en el jardín de la memoria

Cuando regresé a Montevideo en 1986, luego de más de siete años de ausencia, tuve ocasión de conocer personalmente a Joseph Vechtas y su familia. Nuestros reencuentros se sucedieron en viajes posteriores y siempre (desde antes de aquel año) hemos mantenido un diálogo epistolar tan cálido como enriquecedor para quien escribe estas líneas.

Nombro las cartas porque precisamente a través de ellas he calibrado a partes iguales dos constantes en la vida de este amigo. Una: su tenacidad creativa e intelectual, la aplicación permanente en lecturas y trabajos. Otra: el enorme esfuerzo de una empresa individual tan decente y válida, como marginada por una sociedad que no atiende aquellos aportes sin sintonía ni inquilinato con la historia o las vanguardias reducidas a ombligos oficiales.

Uruguay, empatando escasa población y despilfarro humano, sigue permitiéndose, con tanta insolencia como torpeza, que personas de la dignidad artística y la altura docente de Joseph Vechtas sean algo parecido a un alienígena, no por su naturaleza, sino porque el propio ámbito decidió olvidarse de los rasgos de sus habitantes más despiertos.

El poeta, en unos versos aparecidos en Asamblea (Montevideo, 30/10/1985), pedía a la muerte: “Llévame en un sueño como entré en la vida, / intruso en el jardín de la memoria”.

Yo preferiría que sea el mismo pueblo al que Vechtas se entregó con cuerpo y alma quien le recuerde en el jardín del presente incesante, quien visite su múltiple obra, sus análisis del panorama estético, filosófico y social, el diálogo personal que el veterano profesor todavía (y que sea por muchos años) ofrece y ofrecerá, generoso a cuanto interlocutor se acerque con noble intención.

En el vértice de la calle Obligado con Libertad, barrio donde vive, o en cualquier calle de la inefable Montevideo, cuentan ustedes con un pintor que les anotará la existencia con luces/palabras reconocibles, porque cada tela y cada página tienen la temperatura y el temblor de las palabras que recobran su memoria, la memoria de todos, nunca de nadie.


Héctor Rosales.
Barcelona, julio de 2000


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Nota de redacción:
Incluimos enlace a una página de El País Cultural (Montevideo, 27/11/2015)
donde se publica un poema de Vechtas y archivo de lectura en su voz.
Además de una ficha bibliográfica actualizada:
http://www.elpais.com.uy/cultural/poesia-lxxxii-joseph-vechtas.html