Juan Carlos Onetti y Los adioses

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Revista Malabia número 61

Un breve verano

Sabio, majestuoso, exacto, Juan Carlos Onetti publicó en 1954 en Buenos Aires una de las novelas más importantes de su producción y de la literatura en general: Los adioses. A más de sesenta años de su primera edición, y a más de veinte del fallecimiento de Onetti, ocurrido el 30 de mayo de 1994 en Madrid, siempre es bueno repasar aquel título fundamental.

En poco más de 80 páginas, un hombre que había llegado enfermo quince años atrás a una pequeña población en las sierras –seguramente Córdoba, alguna localidad cercana al midland argentino, Cosquín, tal como aventura Josefina Ludmer–, lugar de peregrinaje para turistas en verano y para tuberculosos a lo largo de todo el año, cuenta una extraña historia. Tras recuperarse de su afección, este hombre que asegura vivir apenas con tres cuartos de un pulmón, abre un almacén en el mismo lugar y allí se queda para siempre. Ante la complicidad de dos de sus clientes más asiduos –un enfermero y su prometida, la Reina, mucama de uno de los hoteles-, se supone capaz de avizorar la suerte de aquellos que van a tratarse. Se dice o se sabe competente para aventurar si el enfermo llega con la voluntad de salvarse o no. Le basta con mirarlo a los ojos, con observar con atención la expresión de su rostro, la seguridad con que da sus primeros pasos al bajar del ómnibus que lo trae desde la ciudad.


“Quisiera no haber visto del hombre, la primera vez que entró en el almacén, nada más que las manos; lentas, intimidadas y torpes, moviéndose sin fe, largas y todavía sin tostar, disculpándose por su actuación desinteresada.” Esta es la primera frase de la novela; este es el primer diagnóstico que el almacenero hace del nuevo visitante, un famoso ex basquetbolista que arriba una tarde, a pocas semanas del verano. “Quisiera no haber visto más que las manos”, repite en el comienzo del segundo párrafo, “...para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de donde sacar voluntad para curarse”.

“Los miro, nada más, a veces los escucho; (...) adivino qué importancia tiene lo que dejaron, qué importancia tiene lo que vinieron a buscar, y comparo una con otra.”

Trofeos y recuerdos

El paciente se hospeda en uno de los hoteles y consulta con el Dr. Gunz, director del hospital. Rápidamente establece una rutina diaria. Viaja a la oficina de Correos de la ciudad para depositar un par de cartas que envía, se supone, a la capital; pasa por el almacén –también estafeta-, bebe en la penumbra del mostrador una cerveza y levanta su correspondencia, en la que destacan dos tipos de sobres: uno con letra de mujer (“azul, ancha, redonda”), otro de papel manila (“también, visiblemente, de mujer”) escrito con una máquina de “tipos sucios y desnivelados”.

Pronto alquila un chalet en la sierra, una suerte de casa maldita donde tiempo atrás murieron tres hermanas y una prima, todas enfermas de tuberculosis y a la edad de veinticinco años. Sin embargo, durante semanas permanece en el hotel. Un día baja del ómnibus una mujer de anteojos oscuros, “lenta, ancha sin llegar a la gordura”. Él la está esperando en el almacén, se abrazan, se acarician, conversan. En un fugaz momento en que él va a buscar un taxi que los acerque al hotel, ella le comenta con orgullo al almacenero dos o tres proezas deportivas de su hombre: haber jugado en el seleccionado contra los chilenos y los norteamericanos, ser mencionado en la prensa muchas veces.

Durante el tiempo en que ambos se hospedan en el hotel, las cartas cesan, pero a los pocos días la mujer se marcha. Entonces, el correo se reaviva con sus sobres azules y con sus sobres marrones. El enfermero y la mucama se acomodan en una mesa frente a una ventana desde la que pueden observar el trajín de la calle polvorienta, beben, comen, hacen conjeturas que el almacenero a veces acompaña y otras desestima.

¿Cuál es el camino más corto que lleva de la gloria a la desesperación? El almacenero se imagina al deportista posando para los fotógrafos luego de un partido en el Luna Park, en cuclillas, de perfil, deleitándose de antemano con esa imagen que los diarios o las revistas como El Gráfico reproducirán al otro día en sus portadas, pero también lo ve “en una habitación sombría, examinando a solas, sin comprender, la lámina flexible de la primera radiografía, rodeado por trofeos y recuerdos, copas, banderines, fotografías de cabeceras de banquetes”.

El anillo invisible

Hasta allí, la primera parte de la historia, dramática, lineal. Pero se acercan las fiestas de fin de año y comienzan a llegar los turistas abarrotando los hoteles. Una tarde el enfermero instiga al dueño del almacén a que organice dos bailes, uno en Noche Buena, otro el 31. Éste acepta de inmediato la idea y manda a buscar un árbol para adornarlo con guirnaldas y serpentinas. La música la pondrá el aparato de radio; el local es amplio y puede albergar un buen número de mesas, dar cabida a los sanos y a los enfermos, aceptar esa “forma de locura especial y tolerable” que la gente adopta desde el atardecer de ambas fechas.

El relato, pues, parece interrumpirse. De las primeras páginas anegadas de vaticinios, de profecías de mal agüero, donde la muerte parece rondar los pasos del otro -de todo otro-, a esta interrupción dionisíaca, parece distar un enorme trecho simbólico. Sin embargo, como toda bacanal, en las fiestas se conjugan en un mismo tiempo el principio y el fin de las cosas: una orgía donde los cuerpos se confunden y donde la vida y la muerte simulan bailar el mismo vals. Llueve el 24, hace calor el 31 y las mesas invaden la vereda. La radio emite toda la noche y los parroquianos se resignan “a las bebidas ordinarias y al ajo del matambre”. Pero de pronto, apenas pasada la medianoche y cuando la gente comienza a retirarse, el almacenero descubre en el marco de la puerta “un pedazo de pollera, un zapato, un costado de la valija” de una muchacha que ha descendido de un solitario ómnibus.

Ha llegado, ella también, para reunirse con el basquetbolista. Pero su tren se había atrasado y, tratando de subsanar el contratiempo, había enviado un imposible telegrama para que la fueran a esperar. Tras algunos minutos de indecisión, el almacenero se ofrece a llevarla hasta el hotel, pensando que ella es “demasiado joven”, que había “tres o cuatro adjetivos para definirla y que eran contradictorios”. “Así es la cosa”, rumia, malpensado, el enfermero: “una mujer en primavera, la chica esta para el verano”. En un instante el almacenero adivina que ella es quien envía los sobres marrones. La acerca al hotel y espera hasta ver al hombre descender la escalera de entrada y abrazar a la muchacha. En su trayecto de retorno, se detiene en el bar de otro hotel, el Royal, y pide un trago. Allí también la fiesta agoniza y se escuchan voces que bajan desde el primer piso, “bruscamente hasta un tono de adioses”. Amanece, y una mujer canta “en voz suave, en francés, La vida color de rosa’”.

Al día siguiente el almacenero se entera de que, minutos más tarde del encuentro, el hombre y la muchacha habían partido para el chalet: “Se fueron caminando en la noche y subieron la sierra, él con la valija de la muchacha y tomándole una mano para guiarla, medio paso más adelante, orgulloso e insistente”. Cuatro días más tarde, los ve “andando cabizbajos, ligados por dos dedos...”

El inglés Stephen Spender escribió hace muchos años un poema bellísimo: “Mientras ahora vamos caminando, mi hija/ Alegremente agarra un dedo mío con toda su mano./ Toda mi vida sentiré que un invisible anillo/ Circunda este hueso con su brillo; cuando crecida,/ Esté muy lejos de hoy, como sus ojos ya lo están.”

El privilegio de la ayuda

La muchacha permanece en la casa menos de una semana, tiempo en que el almacenero recibe dos cartas de letra azul que, tras días de no ver a su cliente, guarda en un cajón y luego olvida entregarle. Hemos llegado a la mitad del libro. Las siguientes páginas acumularán chismes, suposiciones, bromas de mal gusto de parte del enfermero, quien se interroga acerca de la fortaleza del hombre para satisfacer a dos mujeres tan diferentes. Todo parece reanudarse: el basquetbolista regresa al hotel, retoma su rutina, los turistas comienzan a abandonar el pueblo, el silencio vuelve a adueñarse del aire iluminado.

Lentamente se va estableciendo un raro vínculo entre el almacenero y el deportista, quien visita el comercio a diario para tomar una cerveza, para recoger las cartas que han vuelto a llegar. Un vínculo cómplice, simbiótico acaso: basta un furtivo, sordo cambio de miradas para saber qué lugar ocupa cada uno en la vida del otro pero, sobre todo, desde ese mismo espacio, qué lugar ocupa cada uno en la vida del universo. El almacenero intenta negar la presencia del otro; ambos son testigo especular de lo que ninguno de los dos es. Lo que de algún modo aquel representa para el enfermo –su trivial deseo de vivir, la certeza de que es posible seguir viviendo–, el otro lo convalida autorizándolo a vivir, tal como el narrador expresa: “Estábamos, él y yo -aunque él no supiera o creyera saber otra cosa- jugando durante aquel verano reseco al juego de la piedad y la protección.”

Pero días más tarde, terminado el carnaval, vuelve la mujer de la letra azul, esta vez acompañada por un niño de unos cinco años. El basquetbolista los recibe en el hotel. Y al día siguiente regresa la muchacha. Se detiene en el almacén, pide al dueño que la acompañe con un café. Éste, de inmediato, abre sus especulaciones y compara a una y otra mujer, apostando por la mayor, “por los años, la costumbre, la impregnación”. Y además, porque en el breve intercambio de palabras con la muchacha, él se descubre infinitamente débil, como si ella le estuviera revelando “la invariable desdicha de mis quince años en el pueblo, el arrepentimiento de haber pagado como precio la soledad, el almacén, esta manera de no ser nada”.

Cuando ella llega al hotel, se enfrenta con la presencia de la otra y del niño. El encuentro parece de una grosera incomodidad, pero sin embargo pronto los cuatro comparten la mesa colocada en la terraza, sin poder calcular el equívoco escándalo que están provocando. “Habría que matarlo”, comenta la Reina en el almacén, recordando el episodio. “Matarlo a él. A esa putita, perdóneme, no sé qué le haría. La muerte es poco si se piensa que hay un hijo.”

El hombre ayuda a la muchacha a instalarse en el chalet y retorna al hotel. Entre estos ires y venires, se cruza con Gunz y termina de reconocer que está desahuciado. Un par de días después, la mujer y el niño se marchan. El almacenero los ve cuando van a tomar el ómnibus. Su aprensión casi lo obliga a llamarla, a decirle “que lo que estaba dejando a la otra no era el cadáver del hombre sino el privilegio de ayudarlo a morir, la totalidad y la clave de la vida del tipo”.

La intrusa

Durante semanas el basquetbolista y la muchacha se encierran en el chalet y se hacen llevar comida desde el hotel; durante semanas los chismes y maledicencias no amainan. Escándalo y afrenta pública: de eso hablan el enfermero y la mucama y todos aquellos que fueron testigos de los encuentros y desencuentros, de la reclusión en la casa de la sierra. Hasta que un día el hombre, cada vez más desmejorado, baja hasta el almacén. Le comenta al dueño que no le seguirán enviando la comida, le pide si no puede hacerse cargo de mandarle un par de viandas diarias. “...no fui capaz de reventar a tiempo, dentro de los límites de la decencia, como ellos esperaban”, le explica, quejándose de su supervivencia. Y le dice además que aún podía seguir pagando sus gastos gracias a un dinero que la muchacha había heredado de su madre y que había tenido “el capricho de gastarlo en esto, en curarme”.

Una noche ella baja para hablar con el médico. A la mañana siguiente pasan por el almacén y piden café. Es el paso previo a la internación en el sanatorio: el hombre le advierte al almacenero que ya no necesitará más las viandas: “...quería avisarle que se acabó. Y darle las gracias”. Unos días más tarde, de limpieza en el almacén, el dueño encuentra las dos olvidadas cartas de letra azul. Las abre y las lee. Una habla de amor: no tiene importancia. La segunda sí tiene un párrafo relevante: “Y qué puedo hacer yo, menos ahora que nunca”, se preguntaba la mujer, “considerando que al fin y al cabo ella es tu sangre y quiere gastarse generosamente su dinero para devolverte la salud. No me animaría a decir que es una intrusa porque bien mirado soy yo la que se interpone entre ustedes. Y no puedo creer que vos digas de corazón que tu hija es la intrusa siendo que yo poco te he dado y he sido más bien un estorbo”.

Padre e hija permanecen en el sanatorio algunos días más, hasta que una madrugada y sin que ella lo advierta, él huye rumbo al chalet, donde se pega un tiro. Los vecinos lo descubren a la mañana. Hacía allí va el almacenero para dar su testimonio. Después de observar el cadáver, se sienta en un diván, “estremecido y en paz”.

Releer la vida

Podría decirse que a partir de la lectura que el almacenero hace de una de las cartas, en la que se revela que la muchacha es la hija del tuberculoso, la novela vuelve a comenzar o, en todo caso, el lector se ve obligado, como el resto de los protagonistas, a reinterpretar todo lo sucedido. Dan así por tierra los chismes y rumores, se desmorona el punto de vista soez del enfermero y de la mucama, del almacenero incluso, del propio lector que acompañó la historia con equívoca procacidad. Pero también dan por tierra los rasgos que aquellos, como narradores múltiples, habían ofrecido al lector solicitándole su complicidad.

Hilando aun más fino, no solo se reformula el acuerdo establecido entre narrador y escritor, esencia de la literatura y de la ficción, sino que, como en un dominó, los demás acuerdos se van desvaneciendo uno tras otro: lo que el basquetbolista transmitió a sus dos mujeres desde el primer día que llegó a la sierra; lo que transmitió al almacenero y a los demás agonistas que vigilaban sus tristes pasos; lo que transmitió al propio Gunz cuando decide finalmente internarse; lo que el almacenero cuenta para su eventual receptor –lector o tercer sujeto (narratario)–; lo que el escritor, en definitiva, con la ayuda de sus yo auxiliares ha hecho creer al lector.

Onetti emprende el texto con una fineza de estilo poco frecuente en la literatura moderna. Hay una cadencia perfecta dada por el uso de los adjetivos, que se suceden en duplas o ternas, a veces complementarias, a veces antagónicas, en estricto, cabal barroquismo. Los ejemplos serían múltiples, pero se podrían citar algunos juegos, por ejemplo, para definir al paciente, “sudoroso, crédulo y feliz” en una cancha o luego “abstraído y lacónico” en su mesa del hotel; o a la mujer “flaca, rubia, triste”, con “una contracción alegre, asqueada y feroz” en la boca, que bebe en el almacén la noche de Fin de Año; o en la cara “excitada, alerta, hambrienta” de la muchacha cuando el almacenero la imagina a punto de hacer el amor, o en la cara “enflaquecida, triste, inmoral” del basquetbolista cuando despide a su hija por primera vez...

Hay en el relato certidumbres que sobresalen dentro de la atmósfera de sospecha con que el narrador intenta anegar su historia. Pero ellas no son otra cosa que esos acuerdos desvanecidos: la “establecida fortaleza” del deportista, al menos en su pasado reciente; la “establecida credulidad” de uno y otro de los protagonistas centrales –enfermo y comerciante–, que les permite seguir manteniendo sus identidades en un enfrentamiento subjetivo que los coloca ante sus atributos reales; el “establecido engaño” que finalmente termina atrapando a todas las partes, dentro del libro, fuera de él, en la mano del escritor que ha cometido el supremo arte de la trampa sin ocultar ninguna información, sin hacer trampas. He allí, además, la explicación de la literatura, su esencia, su condición y su destino.

“...Toda la novela, especialmente su protagonista-testigo”, sostenía el crítico Wolfgang Luchting en un prólogo que acompañó una de las tantas ediciones de Los adioses, “no es sino una metáfora del quehacer de un narrador, de un novelista, en una palabra: de Onetti en tanto que escritor.”

Releer la novela con la clave revelada es lo mismo que releer la vida, ejercicio que pocas veces los humanos llevamos a cabo. Cuando, en cualquiera de sus obras, un escritor logra algo similar, se inscribe entonces dentro del reducidísimo grupo de los grandes, de los elegidos.


RECUADRO

Vargas Llosa, Rodríguez Monegal

Mario Vargas Llosa publicó en 2009, coincidiendo con el centenario del nacimiento de Onetti, el ensayo El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti, libro en el que comete dos pecados: el de la pereza y el de la vanidad. Pereza, porque el autor de La casa verde no investigó a fondo entre los conocidos o allegados a Onetti, y comete omisiones bibliográficas (textos de Emir Rodríguez Monegal, José Donoso, Noé Jitrik, Andrés Rivera, libros de Omar Prego y María Angélica Petit, y un largo etcétera) que ningún trabajo académico, y mucho menos ante tal interlocutor, se debería permitir. Y vanidad porque, además de dedicar la cuarta parte del libro a su propia obra, Vargas Llosa ha llegado a ese estadio en que le es factible suponer que todo comentario, toda opinión, toda frase que escriba es inteligente o digna de veneración.

Entre los múltiples errores de enfoque y de concepto que se deslizan en este libro, quizá las páginas dedicadas a Los adioses sean las más infelices. Vargas da por sentado la existencia de una relación incestuosa entre el basquetbolista y su hija, vínculo que se descubre tras la lectura de las cartas, lo que transforma el relato “en algo distinto –más complejo, más sórdido, más violento– de lo que parecía”. Pero la infelicidad del peruano no se detiene en el tropiezo ante el lugar común, confundiendo absolución con lascivia y piedad con pesimismo, sino que se muestra sorprendido porque el almacenero, “un pobre hombre sin mayor cultura ni vuelo intelectual, reflexione de manera tan literaria y tan profunda en torno a lo que cuenta”. ¿Cómo debería hablar ese hombre para ser creíble? ¿Qué blasones debería enarbolar para que nosotros admitiéramos la autenticidad y la exactitud de su discurso?

“La obscenidad de los mirones contamina todo lo que ven”, escribió hace cincuenta años Emir Rodríguez Monegal en su primera reseña de Los adioses, un notable artículo titulado “Una o dos historias de amor” aparecido en el semanario Marcha. Párrafos más adelante sostiene que “Esa descontada y triste obscenidad que contamina el testimonio del relator (reflejo de la obscenidad que contamina la ciudad entera) explica la sensación de estafa, de burla premeditada, que se tiene cuando se revela el misterio del hombre y de la muchacha. El lector, que ha ido aceptando el testimonio del relator, que no ha podido no aceptarlo; el lector, partícipe vicario del chisme y del regodeo, no puede aceptar la solución que la verdadera historia le propone”.

Luego agrega: “Onetti usa la ambigüedad porque su visión del mundo es ambigua, porque toda su concepción del universo descansa en la dualidad de criterios que hace que la mayor sordidez (para el espectador, el testigo) contenga una carga de irredente poesía (para el paciente)”.

“En realidad, ésta es una historia de amor y no de sexo.”