¡Ay de los tibios!

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Revista Malabia número 61

Yo creo que ha llegado el momento de pasar la esponja y empezar de nuevo. Cada comarca en la tierra tiene un rasgo prominente. Nosotros teníamos varios, pero ya no nos queda ninguno. Los habitantes de paí­ses lejanos se encuentran en la imposibilidad de sacarnos de eso que llaman armonioso conjunto de los pueblos de América mediante alguna característica de uso privado e inconfundible. Y ya es inmediato el momento en que nosotros mismos no sabemos quiénes somos, ni a dónde vamos, ni de dónde venimos ni a qué demonios pagamos impuestos y ocupamos lugar. Hubo un tiempo en que nos conocí­an desde lejos. Los hombres obesos y graves, y los niños que estudiaban geografí­a en la otra punta del mundo “que son en definitiva los únicos seres que se ocupan en estas cosas” asociaban el nombre Uruguay a “un paí­s de larga tradición democrática”. Vino el 31 de marzo y no ha quedado nada en pie. Llegó el momento de palparnos, buscar un espejo y preguntar quiénes éramos. En seguida perdimos otro rasgo fisonómico: el peso oro. Ya el espejo mostraba una borrosa, corriente imagen, pero que lograba defenderse del anonimato por algunos detalles. ¿Por qué temblar?, nos dijimos. Somos el paí­s del futbol, de las hermosas playas que atraen a los turistas, del alegre carnaval de treinta dí­as.


Nos hemos convertido en un pueblo con espí­ritu de velorio. Adoptemos una filosofí­a adecuada y reconozcamos que “no somos nada”. Más de una vez, con el estómago pesado por una bochornosa lluvia de discursos, hemos hablado de que adocenaban el paí­s mentes tropicales y subtropicales. No era cierto, desgraciadamente. El trópico es calor, exceso y colorinche. El nuestro es un mundo gris, con cielo de ceniza y alma de notario de pueblo. No, no éramos frí­os ni calientes; éramos tibios. Y ya fue dicho: ¡ay de los tibios! Porque ellos no fueron ni frí­os ni calientes...

Publicado con el seudónimo Grucho Marx en Marcha, no.86, Montevideo, 28-2-1941