Onetti por Onetti

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Revista Malabia número 61

La literatura se termina. Pero ¿empieza o no? ¿Y cómo empieza? Me da miedo cuando dicen lenguaje subjetivo. Todo es subjetivo en literatura desde el punto de vista de quien la hace. Pero la historia es organizar el caos subjetivo y ese que nos rodea, volverlos comprensibles.

Así como la persona, ante circunstancias diversas, asume circunstancias diversas y maneras de solucionar sus conflictos también diversos, de la misma manera ocurre con la literatura. El escritor debe enfrentarse a cada tema nuevo de manera nueva. No podía trabajar Los adioses de la misma manera que trabajé Juntacadáveres. El tratamiento es siempre otro ante cada nueva creación.

No creo -y esto lo digo categóricamente- que el lenguaje sea un personaje dentro de la novela. Pienso que es un instrumento que cada escritor utiliza y renueva según su creación se lo exija, pero en ningún momento como personaje. Los personajes de la novela son los hombres y las mujeres, y todo lo que los mueve es sencillamente la vida. El artefacto lenguaje no puede estar por encima de la vida misma y de los hombres y mujeres como protagonistas de una novela o un cuento.

Como dijo alguien cuyo nombre lamento no recordar, los escritores se dividen en dos grandes categorías: los que quieren llegar a ser escritores y los que quieren escribir. Basta leer algunas de sus páginas para clasificarlos sin error. A los primeros les aconsejaría darse prisa, porque, según mi amigo lord Keynes -uno de los estilistas que más admiro- un boom se caracteriza por su breve duración relativa. Los segundos no necesitan ningún consejo.

La gran mayoría de nuestros escritores trata de alcanzar el triunfo. Y a esto se llega de manera incidental y nunca deliberada. Si alcanzamos el éxito nunca seremos artistas plenamente. El destino del artista es vivir una vida imperfecta: el triunfo, como un episodio; el fracaso, como verdadero y supremo fin.

Los escritores se agrupan en generaciones para ayudarse a ellos mismos. Después organizan las mafias.

En el momento más inesperado el tema llega y lo domina a uno. Cuando nos ponemos a buscar el tema, como hacen algunos que no quisiera nombrar, pensando que está bien escribir esto y mal esto otro, entonces uno no es un artista. Podrá ser un correcto escritor, pero nunca un artista.

El que pretende dirigirse a la humanidad, o es un tramposo o está equivocado. La pretendida comunicación se cumple o no; el autor no es responsable, cuando ella se da es por añadidura. El que quiera enviar mensajes -como se ha dicho tantas veces- que encargue la tarea a una mensajería.

Siempre dije que los críticos son la muerte; a veces demoran, pero siempre llegan.

El boom debe ser discriminatorio. Si partimos de la base de que es un fenómeno bien organizado por revistas y editoriales, creo que forzosamente se va a tender a prestigiar a determinados autores. Esto es muy evidente en Buenos Aires. Se nota la facilidad con que se erige a fulano de tal como el más grande novelista de América. Y fulano de tal puede ser un desconocido. lo imponen, venden sus libros y luego lo dejan caer. La gente termina desilusionada, pero no sabe si el tipo fue malo desde un principio.

Pasado el boom, los pacientes jurados de numerosos concursos idos y por venir se encontraron y se encontrarán con cientos de obras cuyos autores no tienen nada que decir y se aferran a estériles juegos de estilo, a la confusión (que siempre debe aceptarse como profundidad y no incapacidad), a bobadas comparables con la poesía tipográfica, la deslumbrante y tan novedosa invención del culteranismo. También está y sigue nuestro amigo Dadá. Con la diferencia de que los dadaístas hace medio siglo no se tomaban en serio y se hubieran indignado si un pobre burgués lo hiciera. Claro está que los trepadores todavía no son burgueses.

El escritor no desempeña ninguna tarea de importancia social.

Es muy curioso lo que sucede ahora con los escritores latinoamericanos. El noventa por ciento de los que interesan son de izquierda y es de suponer que abogan por una mayor comunicación entre escritor y lector; sin embargo, con ese absurdo abuso están haciendo -o hay peligro de que hagan- una literatura de incomunicación.