El espacio político

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El espacio político, de Jorge Rodríguez Padrón

Tiempo atrás, en el curso de una entrevista, creo que mi interlocutor hubo de soportar –con paciencia infinita- mis regates a sus preguntas: lo que de cultura quería tratar, acababa siempre por llevarme – y a él conmigo- a una previa e imprescindible reflexión sobre el espacio político. Me quedé pensando, después: debo pasar por antiguo, puesto que mi empeño es volver –una vez y otra- al sentido político de la existencia, en lugar de preocuparme por las derivaciones que cada día toman los caminos de la actualidad política. El discrimen, sin embargo, me parece muy necesario y urgente, viviendo la coyuntura histórica que vivimos.

Debo pasar por antiguo, insisto, cuando fío tanto, por ejemplo, en Battaille o Blanchot para tantas cosas: ambos allá, en el primer tercio del pasado siglo, vislumbraron ya la inconsciencia con que nuestras sociedades, aun llamándose civilizadas, han avanzado, antes que hacia su armonía y su equilibrio, hacia su destrucción y su ruina. Antiguo me han de ver, en fin, quienes no entienden hoy (y son los más) como la entiendo yo, aquella distinción nietzscheana entre fuertes y débiles. Que estos últimos son –venía a decir- quienes ostentan el poder, quienes se parapetan tras él, necesitados, para alguien, de dicha protección.
Fuertes, en cambio, quienes buscan los márgenes y, libres de todo engolamiento formal y verbal (sobre todo verbal), se manifiestan frente al poder que trata de imponerles su razón política.

Todo, como se ve, cuestión de palabras; y no sólo en el caso de la literatura que nos lleva. ¿O es que el asunto reside en entender, y usar, también la literatura como instrumento de la política y no como reflejo del espacio político en que se cumple la existencia del individuo? Ejercicio de concurrencia y convivencia y, por consiguiente, de libertad. Y aquí, el otro interrogante, aún mas peliagudo que al anterior –no me atrevo sino a plantearlo como inquietud, y que digan los expertos de la cosa -: ¿somos en realidad ciudadanos, o esta condición quedó burocráticamente abolida hace ya tiempo, y sólo nos queda la convicción de nuestra individualidad y nada de figuras, nada más que ir sólo con gente importante , que es entrar en aquel reducto de la debilidad? Lección, la de los verdaderos ciudadanos de esta Europa, ahora que los verdaderos ciudadanos de esta Europa, ahora que los débiles de siempre tratan de reconstruirla, sin que – por evidente que resulte- quieran enterarse de que Europa es su ciudadanía y, en consecuencia, un verdadero espacio político porque es cultural sobre todo, porque constituye un verdadero organismo cuya respiración es su memoria concurrente. Pero no se piense que unánime y ajustada a razón; bien diversa, con meandros de desvío a cada paso, con sus desastres incluso, pero en donde – ya he dicho que espacio político- pasión, inteligencia y creatividad circulan siempre, imparables, para recordarnos que las relaciones humanas no pueden ser relaciones de poder. 

Porque, o estoy ciego, o con sólo mirar alrededor, sin esmerarme mucho en atender, lo que se ve es la inconsciente huida de los más, y de quienes se arrogan la titularidad intelectual y creativa sobre todo, hacia aquel ámbito de seguridad que la connivencia (que no convivencia) con los poderes (políticos o no) proporciona, y el deseo de hallar buen acomodo allí. Al tiempo que cumplen dicha maniobra –lo que supone rizar el rizo hasta donde no da -, pretenden lo que no se note demasiado, y resulta patético cuando no cínico en extremo. ¿He perdido el oremos, como digo, o es la estrategia que se nos propone como santo y seña para andar por el tiempo que nos ha tocado en suerte? Quizá sigan colgándome el sambenito de antiguo; pero, si quiero hacer honor a lo que pienso y no dejarme llevar por la corrección conveniente que se impone en todo, debo decir que no me parece aquélla una opción mejor y más moderna, en el sentido –claro- de que pueda abrirnos caminos por donde transitar en libertad, a través del verdadero espacio político al cual me he referido desde el principio.

Dije hace un momento pasión, inteligencia, creatividad… Quería dar a entender –y perdona, querido lector, mi deformación profesoral- que lo único que podrá justificar la existencia y la voz del margen sigue siendo –después de tanto, y mira que se ha dicho- la desconfianza ante el uso de la razón, ante ese orden común que nos pone a todos en el sitio correspondiente; ante el carácter utilitario de la palabra, que la secuestran para imponerle también el límite riguroso de los significados. Y con esa desconfianza, la reivindicación de un pensamiento que nunca debió desgajarse de su raíz mítica, de su principio revelador. Claro que mitos y religiones fueron interpretados y asimilados (cuando no dejados de forma virulenta) para que no resultasen también uniformados y convenientes a quienes convenía. Siempre se ha temido, de los unos y de las otras, el hecho irrefutable - porque a las palabras se deben- de contener y proponer las más vivas preguntas críticas sobre el presente. Pero la razón se esfuerza por arrinconarlos en un pasado cuanto más lejano mejor; sobre ellos construye –incluso contra natura- una estética superficial, un anecdotario de rutina en el cual, con servir de sustento para metáforas, queden sobradamente reconocidos.

Valdría la pena subrayar aquí los permanentes esfuerzos interpretativos para que las equivalencias fueran exactas y convivieran sin dificultad con el orden impuesto; para que no apareciera, por resquicio alguno, la iluminación crítica que desde aquel fondo inmemorial sigue haciéndonos reflexionar sobre el sentido de la existencia en tanto que razón política del ser. Espacio político, pues, el de la libertad de los ciudadanos; y no me vengan con ese remedo insufrible del Estado institución que cada cual aspira a ser, movido por la presión ambiente y presente. Por mucho que lo pregonen con sonoras palabras, por mucho que lo engalanen con la seriedad del compromiso, sigo pensando que es una forma de eludir responsabilidades precisamente políticas, pues nos afectan a todos al condicionar las relaciones de los unos con los otros.

Mientras pensamiento y literatura no se integren en esta experiencia (hablo de la literatura como aventura existencial, no como producto bien dispuesto para su consumo) y, como ahora se hace, se derrochen con tanta ligereza o se liquiden con inconsciencia suicida, nunca alcanzaremos a ver –y vuelvo a Nietzsche- esos instantes supremos en los cuales la poesía resuena en la historia, en vez de ser arrasada por ella. Que esto es, exactamente, lo que hoy sucede ante la absoluta tranquilidad de espíritu de todos los implicados. Prefieren practicar la vieja consigna, tan española, del ande yo caliente…Si, a lo largo de estas breves reflexiones, he pretendido rebuscar en ciertos signos para cumplir un retorno complaciente a otro tiempo: ni nostalgia ni melancolía –te lo puedo asegurar, paciente lector. He intentado, con mis más bien pocas fuerzas y menos luces, recuperar esos instantes de verdadera iluminación poética (espero entiendas bien el adjetivo, porque es sustantivo) abiertos en ese discurso habitual que construye, premeditadamente, un espacio cerrado para que la actividad política pueda medrar sin interrupciones ni interferencias. A sus anchas.

Por mucho que se empeñen en considerarlo como tal, éste no podrá ser jamás -y hoy, mucho menos- un verdadero espacio político. Hasta donde he podido, he llegado. Me temo, sin embargo, que los recursos de los que el poder se vale para contrarrestar esta intromisión impertinente serán mucho más eficaces que una palabra que quiere darse con absoluta independencia. En tus manos queda ahora saber si la mía ha servido para mejorar nuestras relaciones: de los dos, y de nosotros con los demás. De mí sé decirte, amigo lector, que a lo largo de este tiempo también he aprendido algo: escribir tiene sentido, siempre que se haga con el convencimiento de ejercitarnos en la palabra, sintiéndonos parte de la memoria que nos sustenta como individuos y como comunidad; sin ninguna otra ambición que la única mayor de ser nosotros mismos, de saber que existimos y que estamos. Para lo que sea menester.