En la llanura

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En la llanura, por Héctor Rosales

¿Quieres que te diga la verdad, quieres saber tu origen, realmente lo quieres saber? Y cuando preguntaba, no dejó de observar ni por un segundo la mirada fija y desamparada de aquella criatura.

Sí, necesito saberlo, llegó a responder en la frontera del sollozo.

En el campo no había más que unas cuantas piedras redondeadas por el tiempo, mezcladas con el pasto que fue verde y abundante en otra época. Encima, un cielo profundamente plomizo arrastraba otra nueva presencia en forma de agua. Ni una choza, ni la más mínima vivienda se adivinaban tras las pequeñas lomas oscurecidas.
No había ningún pájaro, ni siquiera un insecto. Podría ser un bosque, o una nube baja y muy extraña, la mancha detenida al fondo del horizonte.

Girando la cabeza hacia aquella zona, el hombre continuó con voz tensa y más atenuada:

Te diré cómo viniste hasta aquí. Se trata de una emboscada. Me habían prometido que cobraría los cuatro meses, pero no hubo suerte. Quedé desesperado, les grité, vieron que les pegaría y me golpearon antes. Perdí la conciencia. Al abrir los ojos no había nadie alrededor. Robé cuatro latas de comida, unos trozos de pan y media botella de vino en la cocina de la estancia, aprovechando que la cocinera había ido al pueblo. Después escapé.
No sé cuánto he corrido tierra adentro. Un rincón entre los árboles protegió mi cena. Agotado, dormí de un tirón hasta que el sol apareció. Recordé mi situación y en unos minutos salí de allí, salí caminando primero, luego volví a correr.

En este momento el hombre clavaba sus ojos en los de la criatura. Le era familiar aquella boca apretada con siete años de edad, el temblor en el mentón y en las escuálidas rodillas, la forma de estirar los dedos hacia abajo, como si pretendieran conseguir la raíz de la alegría en algún descuido del destino.

Me parece que estuve en el lugar donde naciste, queda muy lejos, añadió. ¿Y desde cuándo esa palidez? Y el lunar en el cuello..., pero bueno, lo importante es que tú también escapaste y estás aquí.

La tarde se había desplazado sigilosamente, sin dejar de escuchar el diálogo en la llanura. El niño todavía esperaba una explicación.

Sí, sí, escapaste. Quizás te tenían en alguna de las barracas. En ellas siempre sonaban voces infantiles. Alguna vez comenté esto y me dijeron que eran chicos adoptados por los dueños de la finca. No sé, nunca los vi jugar o ir al colegio. Estaban allí, del otro lado del corral de los caballos, en zona reservada, aparentemente vigilados por los adultos.

La criatura le cortó el discurso, el aire y la fiebre, con las que serían sus palabras finales:
Conozco ese temblor en tus manos. Me da miedo el de la mano izquierda, la que me marea agitando mi reflejo en la última lata que agarra tu delirio. Desde aquí veo las manchas de sangre seca en los tres agujeros de tu camisa, veo el sudor en la frente, veo la miseria eterna en la que has crecido.

Los rasgos impúberes y la vocecita se fueron desvaneciendo desde la superficie llana y brillante de la lata. El hombre le había arrancado su etiqueta horas atrás, después de agotar el alimento. En seguida aplastaría al recipiente, dejándolo como una hoja mojada donde el invierno buscaba antiguos fulgores.

Ahora doblaba ese frío metal como estaba doblando su espalda contra la tierra inerte. Tocó por un instante el resultado de las balas y de su rebeldía. El borde circular de una de las heridas era muy parecido al del viejo lunar y tenía el mismo color.

Podría ser un bosque, o una nube baja y muy extraña. Pero la mancha, que anochecía sobre el horizonte, avanzaba hacia él.


Héctor Rosales
(relato breve, inédito)
Barcelona, 30.03.2008