Thomas Mann y su relación con la Alemania nacionalsocialista: la humanización de un mito

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Thomas Mann

Si hay algún autor alemán, después de Goethe, idealizado hasta el extremo de haber devenido un mito, éste ha sido Thomas Mann. Y en honor a la verdad cumple desmitificar para colocar al escritor en su justo lugar, aquél que nos permite verlo como verdaderamente fue, para devolverle su humanidad y acercar así al lector a su persona y a su obra desde una perspectiva más lúcida y realista. De ahí el título de mi conferencia, que me he permitido concretar más de lo anunciado, para formular con mayor precisión su contenido, así que la he llamado finalmente: "Thomas Mann y su relación con la Alemania nacionalsocialista: La humanización de un mito".


Este proceso de humanización o desmonumentalización, iniciado en Alemania en los años ochenta por el afamado crítico literario de la literatura alemana, Marcel Reich-Ranicki , a raíz de la publicación en este país de los Diarios del autor , no se ha hecho sin embargo en España , lo cual me ha impulsado a aprovechar la oportunidad que me ofrecen estas Xornadas para hacerlo aquí.

Para ello no podemos echar mano de las obras de Thomas Mann, destinadas a la publicación y a su proyección internacional, sino que hemos de recurrir a aquellos escritos de carácter privado, a su correspondencia de tipo profesional y sus Diarios, que, precisamente por no estar pensados para ver la luz –o al menos para no verla en vida del autor -, nos revelan rasgos de su carácter que no se reflejan en sus obras de ficción. De modo que aprovecho el impulso que en 1987 diera el propio Marcel Reich-Ranicki con su magnífico ensayo Thomas Mann und die Seinen (Thomas Mann y los suyos), así como los Diarios de Thomas Mann, que he releído ahora en busca específica de las pistas en las que he querido basar sobre todo esta conferencia: a saber la vocación de Thomas Mann para la representación –en la acepción más amplia del término- y su relación con el nacionalsocialismo, y haré alguna que otra incursión en sus ensayos y discursos para contrastar y apoyar mi argumentación.

Su Tonio Kröger se lamenta repetidas veces de representar lo humano sin participar de lo humano, y en su novela Muerte en Venecia el narrador dice de su protagonista, Gustav Aschenbach:

"Como su ser entero aspiraba a la fama, pronto se reveló […] maduro y apto para incidir sobre el público gracias al carácter resuelto y a la personal enjundia de su entonación. Siendo aún estudiante de bachillerato ya tenía un nombre. Diez años después había aprendido, desde su escritorio, a representar el papel de hombre importante, a administrar su fama […]".

Sabemos que Thomas Mann dio con frecuencia a sus protagonistas rasgos de su propio carácter. El de la representación fue una de las mayores aspiraciones de su vida. Al igual que Aschenbach, Thomas Mann aspiraba a la fama para recibir los elogios del público y la administró y cuidó para proyectar una imagen monumental de sí mismo, que poco tenía que ver con el hombre que descubrimos en las mencionadas cartas y en sus diarios. Ya en 1916 Thomas Mann escribía en una carta a Ernst Bertram : "[…] desde hace tiempo veo personificado en mí y en mi hermano el sino de Alemania’ […]".  Representar la alemanidad se convirtió en la misión de su vida y lo hizo monumental, y como tal monumento pasó a la posteridad hasta la publicación de sus diarios.

Probablemente fuera esta ambición la que le impulsaba a cuidar con exquisita minuciosidad cualquier detalle de su persona que hubiera de trascender públicamente.

En una carta a su amigo Otto Grautoff, de marzo de 1895 -tenía entonces diecinueve años-, leemos: "Cuando entro en la sala de lectura de la universidad, de la que soy socio, […] todo el mundo se aparta de pura admiración. Entonces es cuando me siento en mi elemento. ¡Ya sabes lo puerilmente vanidoso que soy!".  

Y con motivo de la publicación de Los Buddenbrook, a finales de 1901, escribe: "A veces se me revuelve el estómago de ambición".  Vanidad y ansia de gloria son dos rasgos de su carácter que condicionarán toda su actuación. Los Diarios nos revelan un Thomas Mann en extremo egocéntrico, él es el gran protagonista, el astro en torno y en función del cual giran todos y todo lo demás. En lo concerniente a su persona anota hasta el más ínfimo detalle: si se ha encontrado levemente indispuesto, si tiene los nervios alterados, si ha necesitado tomar un somnífero, si se ha comprado una camisa de color o unos zapatos de piel suave, se explaya cuando le llegan críticas positivas de su obra y se indigna ante cualquier comentario o actuación negativa hacia él. De egocentrismo da fe también el estilo que caracteriza sus diarios: las anotaciones de todo tipo se suceden de modo aditivo sin transición: en el mismo tono aséptico y distante comenta la muerte de un amigo que una tarde de cine o su propensión a la diarrea, que su catarro se resiste a ceder o que tomó tila, y, cuando se refiere a un óbito, este suceso no le sirve para hablar de la persona fallecida sino para hablar de sí mismo. Al enterarse de la muerte del escritor Jacob Wassermann escribe: "Huelga decir que la muerte de mi coetáneo y amigo me obliga a preguntarme con insistencia cuánto tiempo de vida puede quedarme a mí".  Y cuando un periódico del Tercer Reich se refiere a Wassermann como a uno de los escritores mejor considerados de la "Alemania de noviembre", añadiendo sin embargo que apenas tenía nada que ver con la auténtica literatura alemana, Thomas Mann se pregunta: "¿Escribirá ése también mi artículo necrológico?". 

La imagen que desea proyectar de su persona le lleva con frecuencia a actuaciones de hipócrita diplomacia: Así, después de la lectura de la novela de su amigo Hermann Hesse, "El juego de los abalorios", que éste le había enviado en enero de 1944, lo primero que le viene a la cabeza es que pueda ensombrecer el éxito de su Doktor Faustus, novela en la que él estaba trabajando aún: "Un poco asustado. La misma idea de la biografía ficticia. Que a uno le recuerden que no es el único en el mundo, siempre resulta desagradable". Sólo cuando avanza en la lectura de la de su amigo se consuela: "Hay mucho de ampuloso y flojo, es poco dramático, no dice nada nuevo del ser humano […] a la larga resulta bastante aburrida".

Sin embargo en la carta que escribe dos días después a Hesse, Thomas Mann se refiere a la novela del siguiente modo:

"A una edad en que otros se agotan […] ha culminado y coronado usted la obra de su vida con una creación espiritual que, aunque rebosante de elementos románticos y rica en arabescos, conserva íntegramente su unidad y cohesión, una obra maestra y redonda que reposa sobre sí misma". 

Su egocentrismo le impide el más mínimo atisbo de objetividad cuando algo concierne a su persona o a su obra. Marcel Reich-Ranicki, en el mencionado ensayo sobre la familia Mann, pone al descubierto las contradicciones a que le lleva este negativo rasgo de su carácter. En mayo de 1937 leemos en su diario: "Por la mañana redacté una enérgica carta a Frank sobre esa infame pandilla judía que escribe en el Tagebuch  (Kesten-Döblin) […]". ¿A qué se debía esta invectiva generalizada contra los judíos? Curiosamente en 1907 Thomas Mann había dicho de los judíos:

"Que aún hoy se ponga en duda, y más todavía en Alemania, tan necesitada del mismo, el papel indispensable de este estímulo de la cultura europea que supone el mundo judío, que se exprese hacia él cualquier sentimiento de rechazo y hostilidad, me parece algo tan grosero y de tan mal gusto que me siento incapaz de contribuir con una sola palabra a esta discusión".  

La diatriba de Thomas Mann contra los judíos se debía al hecho de que Hermann Kesten, en la reseña que había escrito de la novela de Alfred Döblin, "Die Fahrt ins Land ohne Tod (Viaje al país donde no existe la muerte)" encomiaba la novela de Döblin sin mencionar a Thomas Mann. Que ésta fue la causa del enfado lo dice claramente el propio autor en una carta que escribió ese mismo día a Bruno Frank, en la que se refiere al artículo de Kesten diciendo que es "tendencioso y servil adulación", que está escrito "clarísimamente contra mí", pues Kesten había dicho de Döblin que era el creador de la "novela mítica en lengua alemana", ignorando su novela mítica "José y sus hermanos". Tanto Kesten como Döblin eran judíos, de ahí que de repente la crítica judía en general se convierta en objetivo de su ira, una crítica a la que sigue insultando en la carta, diciendo que siempre le había despreciado a él, que había ignorado su trabajo "ensalzando a mi costa, a costa del estúpido infiel, en un inaudito alarde de insolencia contra mí, a uno de sus compinches de sangre y de pandilla". Para subrayar hasta qué punto la vanidad hace mella en Mann, Reich-Ranicki cita un pasaje que el propio Mann había dedicado en 1921 a esa misma crítica judía:

"Los judíos me han ‘descubierto’, los judíos han editado mis libros y me han dado a conocer, los judíos han llevado al escenario esa pésima obra de teatro mía […]. Y cuando salgo a recorrer mundo y viajo por las ciudades, casi siempre son judíos también los que me reciben, me dan alojamiento, me alimentan y me agasajan […]".  

Y por si fuera poco Reich-Ranicki le da otra vuelta de tuerca a su argumentación recordándonos que

"[…] su ira [la de Thomas Mann] contra ‘la pandilla judía’ no duró mucho. Pocos meses después escribía: ‘Buen artículo de H. Kesten en el Tagebuch sobre el Krull. […]. ¡No hay duda de que la literatura alemana necesita a los judíos!’ Y en una carta a Kesten (escrita también en enero de 1938) opinaba ‘que sin ustedes los judíos, casi ninguna obra de literatura alemana habría alcanzado su reconocimiento’".  

Son muchos los ejemplos que se podrían aducir para poner al descubierto la ególatra vanidad y la necesidad de adulación de Thomas Mann, pero este esbozo que acabo de ofrecerles creo que basta como marco en el que encuadrar otro aspecto muy poco conocido en nuestro país sobre el autor que ha pasado a la historia de la literatura como el representante por excelencia de la Otra Alemania, la del exilio. Él, que en su exilio, primero suizo y luego americano, se dio a conocer como el paladín de la humanidad en contra de la barbarie nacionalsocialista; él, que en sus constantes conferencias, declaraciones y alocuciones radiofónicas desde el exilio quiso y supo defender los más altos valores del espíritu frente a las atrocidades nazis; él, que no quiso regresar a su país tras la derrota del nazismo, este mismo Thomas Mann esperó hasta el último momento para manifestar públicamente su aversión al nacionalsocialismo, y este último momento le vino impuesto. Nuestro autor manifestó un sospechoso y demasiado prolongado titubeo en relación con su país, cuando ya gobernaba en él el nacionalsocialismo y su política de terror era ya una práctica diaria e internacionalmente conocida. Los diarios de Thomas Mann, a partir de 1933, nos permiten apuntar la hipótesis de que la tardanza en romper oficialmente con su país se debió precisamente a su gran vanidad y a la necesidad de proyectar una imagen de sí mismo que no quería poner en juego, lo que equivale a decir que, durante demasiado tiempo, prefirió no manifestar en público su condena a la barbarie nacionalsocialista, que él conocía muy bien, que prefirió callar ante la posibilidad muy poco probable de poder regresar y seguir publicando su obra en Alemania. No es que Thomas Mann simpatizara con el nazismo -aunque en algunos momentos sí manifestó cierta admiración y curiosidad por el fenómeno- , si bien sus diarios dan en general testimonio de su aversión, su repulsa y su condena.

Es de sobras conocido que Thomas Mann, al contrario que su hermano Heinrich, veía con recelo la política ; manifestó claramente su conservadurismo y su aristocrática distancia de la política en su ensayo Consideraciones de un apolítico, un panfleto antidemocrático, publicado en 1918. Durante la Primera Guerra Mundial había declarado: "Pensar y juzgar humanamente significa pensar y juzgar apolíticamente […]".  Y si bien la evolución de los acontecimientos le obligó a cambiar de opinión y a apostar por la democracia, lo hizo con reticencia y muy a su pesar, y percibió siempre la política como una carga y una actividad que le apartaban de su verdadera vocación, que eran los asuntos del espíritu, para los que el quehacer político no suponía sino un freno y una distracción. En septiembre de 1938 decía refiriéndose al fascismo: "¡Olvidar estos temas, olvidar estos temas! Tengo que reducirme a lo personal y a lo espiritual […]. No quiero verme involucrado en este odio ciego".

Es extendida la creencia de que Thomas Mann se exilió a Suiza perseguido por los nazis, pero esto no sucedió exactamente así. Thomas Mann estaba de gira por diversos países dando una conferencia sobre Wagner , cuya última escala era Suiza, cuando le llegó la noticia desde Alemania que se le desaconsejaba volver. El 15 marzo de 1933 anota en su diario:

"Con la llegada de Eri[ka] llegaron también numerosas noticias sobre las locuras y atrocidades en Munich, arrestos, malos tratos, etcétera, lo que aumentó en nosotros la excitación y el asco, y […], han ido adquiriendo un tono cada vez más patético las advertencias que nos vienen de allí, aconsejándonos que no se le ocurra regresar a Munich a ningún miembro conocido de la familia.
El problema que tanto me preocupa de la caducidad de mi pasaporte para el 1 de abril habrá de resolverse […]". 

Ya desde muy pronto, en 1933, año de la subida de Hitler al poder, Thomas Mann juega, pues, con la idea de tener que establecerse en Suiza ante la imposibilidad de regresar a su país. Sin embargo la esperanza del regreso se mantiene a pesar del terror que se iba extendiendo en Alemania, del que Mann tenía puntual conocimiento. No fue hasta el día de año nuevo de 1937 cuando Thomas Mann rompió pública y definitivamente con su país. El 15 de marzo de 1933 se refiere a una conversación con su hija Erika y anota:

"Le pedí consejo sobre mi próximo lugar de residencia: ¿Seefeld? ¿Innsbrück? ¿Zurich? […] nos traía nuevas noticias de los asesinatos y barbaridades perpetrados en Munich, como parte de los continuos y habituales actos de violencia política […]. Salvajadas y bestialidades contra los judíos. La desesperación de ese idiota de Hitler ante la anarquía y la inutilidad de sus prohibiciones […]".

El viernes, 17 de marzo de 1933 leemos:

"[…]. Hablamos de establecer nuestra residencia definitiva en Locarno o en Zurich. Discusión sobre los cínicos y sádicos planes de propaganda del Gobierno alemán, que tienden a sojuzgar la opinión pública, para hacer de ella algo homogéneo y amorfo, destruyendo toda crítica y haciendo que la oposición sea una actitud sin salidas. […]. Horripilante y abyecto. […].
Llegaron noticias sobre la prohibición de Das Tage-Buch y de Die Weltbühne. Me preocupa el Rundschau. No cabe duda de que la tendencia que sigue esa nación es la de suprimir, en lo posible, todos los medios culturales. […] lo que realmente se quiere es la bestialización de las masas con el fin de llegar a un dominio unitario y mecanicista con la ayuda de las técnicas modernas de sugestión".

Y el 23 de marzo:

"La devolución de mi pasaporte se retrasa. […]. Está retenido, según parece, en la ‘sección política’; no ha sido atendida la solicitud de prolongación. […] ¿Qué fin persiguen con la negativa? ¿A qué situación piensan llevarme las autoridades dejándome sin pasaporte alemán? Me están obligando a expatriarme y me confiscarán entonces casa y fortuna?"

No era, pues, en estas fechas el exilio un deseo de Thomas Mann, sino algo que le venía impuesto por las autoridades alemanas.

El 1 de abril se refiere en su diario al boicoteo nazi contra los judíos y lo tilda de "malignidad estúpida y de increíblemente bestial y absurdo", pero pocos días después, el 6 de abril, escribe sobre su intención de darse de alta en el Rotary Club alemán, a pesar de que su colega Bruno Frank ha sido excluido del mismo por su condición de judío, y no sólo sigue firme en su intención de hacerlo sino que hasta duda sobre si aludir a su malestar por aquel hecho en su escrito de solicitud:

"Bruno Frank nos informa […] que ha sido tachado (al igual que los demás judíos, probablemente) de la lista de socios del ‘Rotary Club’ (¡!). Un nuevo indicio del estado intelectual de Alemania. Algo siniestro. El darme de alta es cosa decidida. Lo único por resolver es si hago mención de la absurda actitud del club.”  

Y ese mismo día, aludiendo de nuevo al estado de cosas en su país, vuelve a manifestar sus dudas sobre qué hacer:

"[…] la pérdida total de todos los derechos de las diversas regiones alemanas a favor del Reich, de ese Reich. […]. Mi creencia pesimista en la irreparabilidad de todo esto, incluyendo la falta de derechos de los judíos. […]. Estoy íntimamente convencido de que las cosas seguirán así, […], y de que yo permaneceré fuera… y de que quizá no debería hacerlo.”  

El viernes, 7 de abril de 1933, escribe:

"Noticias de que en Alemania se disponen a recortar los derechos de los intelectuales, y no solamente los de los judíos, sino también los de aquellos que sean considerados de poca confianza política, contrarios al gobierno. Hay que contar con registros domiciliarios. Nueva preocupación por mis viejos diarios. Necesidad de ponerlos a buen recaudo".   

El 17 de abril 1933 anota en su diario que a su hermano Heinrich le han sido confiscados los bienes y clausurado la casa, y  prosigue: "[…]. Hablamos […] de la necesidad de evacuar la casa de Munich, cosa que sería deseable, pero que llamaría mucho la atención e implicaría dar un paso definitivo".  

En la entrada de su diario, del miércoles, 3 de mayo 1933, desde Basilea, vuelve a la duda, y no son precisamente razones de rechazo a la política de su país las que sopesa:

"[…] Katia y yo hablamos de nuevo durante la cena sobre la disyuntiva de la expatriación o el regreso. […]. Yo soy el que ha puesto impedimentos a una actuación resuelta, movido no tanto por la idea del regreso a lo habitual, sino pensando más bien que Alemania, incluso esa Alemania desdichada y confusa, sigue siendo algo grande, mientras que Suiza…, pero Suiza tiene grandes ventajas…". 

El 16 de abril de 1933 un grupo de intelectuales muniqueses protagonizó un acto de protesta contra la conferencia que Thomas Mann había dado sobre Wagner. Thomas Mann se refiere a la noticia tres días más tarde, el 19 de abril, y anota en su diario:

"[…] recrudecimiento del caso de Munich, con un manifiesto en contra mía, firmado por numerosas personas […]. Bruno Frank me trajo el canallesco documento. Sufrí un violentísimo choque de asco y horror, que me duró todo el día. Reafirmación definitiva en mi decisión de no regresar a Munich y de dedicarme con todas mis energías a realizar el proyecto de nuestro asentamiento en Basilea. […]. Frank vino a verme, y gracias a él pude dar los últimos toques, suavizando aún más mi carta, que había compuesto con calma y dignidad".  

Son por tanto ataques contra su persona, y no un posicionamiento de rechazo a la política nacionalsocialista, lo que le reafirma en su intención de permanecer fuera de su país. Por otro lado, le está agradecido a Frank por haberle ayudado a "suavizar su carta": ¿es proporcional el "violentísimo choque de asco y horror" con el tono "suave" de su carta? ¿Qué interés tenía Thomas Mann en mantener relaciones distendidas con Alemania?

El 3 de mayo le han llegado noticias del arresto de todos los dirigentes sindicales alemanes y del despido de un grupo de catedráticos universitarios, entre ellos el hermano de su esposa Katia. A pesar de ello, y a pesar de que el 8 de mayo deja constancia de haberse enterado del asesinato de Félix Manuel Mendelsohn,  el 17 de mayo, anota con detalle cualquier dato referente a su persona, como si esto, y sólo esto, fuera a condicionar su actuación hacia su país:

"[…]. El artículo del Völkischer Beobachter , […], sobre la nueva Academia es completamente estúpido. Por el contrario, la actitud en Berlín con respecto a mi persona parece ser más cautelosa: Bernhard Rust, […], se ha lamentado de mi salida de la Academia, y el Berliner Tageblatt, periódico de la izquierda gubernamental, me ha rendido homenaje". 

El martes, 1 de agosto de 1933 habla en su diario de "la necesidad de mi negativa al regreso y de los sacrificios que esto implica. ¿Hasta qué extremo se llevará en Alemania el boicoteo contra mí, […]?"

Cabe destacar la expresión "necesidad" y el hecho de que de nuevo las razones de permanecer fuera radicaran en el trato dado a su persona. Mann siente su negativa al regreso como una necesidad, algo impuesto por el boicoteo contra él en Alemania. Su reticencia viene subrayada por la eterna indecisión, reflejada claramente en sus diarios, acerca de cuál será la ciudad suiza donde fijará su residencia, Basilea, Zurich, Lucerna…, o los eternos titubeos sobre qué casa será la más adecuada.

Una de las razones de tanta duda parece ser, como ya he dicho, la prioridad que daba Thomas Mann a la publicación de sus obras en Alemania y a su proyección internacional. Ello empieza a advertirse en la entrada del miércoles, 6 de septiembre de 1933:

"[…].Telegrama de Erika ; ha encontrado una casa muy hermosa y apropiada, […]. Dilema: la inseguridad y la dependencia cultural de Suiza, el silencio que tendría que imponerme, como medida de precaución, por el hecho de vivir allí, amén de que esto no garantizaría el que estuviésemos a salvo de todo peligro. […]".

Este dilema se le plantea al autor después de saber de graves medidas contra doce jóvenes judíos a los que los nazis maltrataron de un modo bestial y de la suspensión de la comida del mediodía durante tres días a 18.000 prisioneros comunistas, de lo que da cuenta el 2 de agosto.

Una no puede dejar de plantearse si Thomas Mann consideraba lo suficientemente graves las noticias de Alemania, que él mismo calificaba de aberrantes y condenaba, pues, aun cuando en sucesivas entradas anteriores de su diario reprueba con contundencia los graves sucesos en su país, después de referirse el 3 de agosto a "las bestialidades realizadas durante el progromo de Nuremberg, a las ejecuciones y asesinatos de comunistas, al suicidio del ex alcalde de Bochum", al que él probablemente había conocido, y de añadir el comentario: "¡Cómo han de atormentar y torturar a las personas para que lleguen a eso!", después de estas anotaciones, de repente escribe en la entrada del domingo, 3 de septiembre de 1933: "[…]. Entre la frecuente embriaguez histérica que caracteriza el periodismo de los emigrantes y la sumisa labor de los escritorzuelos alemanes que colaboran con la ‘reconstrucción del país’, uno ha de encontrar su propio camino de reflexión".

"¿Embriaguez histérica?", ¿es ésta una expresión adecuada para referirse al periodismo de los emigrantes, en aquél ambiente de vandalismo y barbarie? ¿Era el inmovilismo este "propio camino de reflexión" al que se refiere? Sólo un día después, el 4 de septiembre, leemos que en el periódico Die Neue Weltbühne aparece una observación acerca de los escritores que no han sabido hallar todavía ninguna palabra en contra del hitlerismo. Y añade: "Esa provocación periodística me subleva".

¿Le subleva el silencio de otros? ¿Y pues qué sucedía con el suyo? ¿A qué esperaba para tomar un posicionamiento público?

Si bien es cierto que en  julio de 1933 Thomas Mann había reaccionado con indignación a la sugerencia de su editor, Bermann Fischer, que le instaba a regresar a Alemania:

"Precisamente porque no hay cargos en contra suya, […] da usted en cierto modo la razón al gobierno si sigue fuera. Pues su alejamiento da motivos para adoptar medidas contra usted, ya que de su actitud se deducirá que usted ha tomado partido definitivamente en contra de Alemania […]. Desde la emigración es imposible juzgar bien las cosas […]. Estamos por completo a su disposición, […]. No lo piense más. […]".

también lo es que en agosto del mismo año Thomas Mann cedió ante la insistencia del editor a publicar el primer volumen de su tetralogía José y sus hermanos en Alemania y no en Amsterdam, "‘[…] donde seguramente tendrá una publicidad limitada pero será bien recibido y no se le pondrán impedimentos […]. Resumiendo: ceda el libro a la Editorial Querido […]’". A lo que Bermann Fischer se oponía argumentando que aquello significaría un ‘paso decisivo que no se le perdonará […]. Piense en los lectores alemanes que tiene usted aquí’. El libro se publicó en Berlín. Y de nuevo fue su editor quien le convenció poco después de que se distanciara de la revista antifascista del exilio Die Sammlung, publicada en Amsterdam por su hijo Klaus, lo cual proyectó, con razón, una sospechosa sombra en la biografía de Thomas Mann.

Thomas Mann permaneció fiel a su editor, a pesar de la propia ambigüedad de éste hacia su país, incluso después de que Bermann Fischer se viera obligado en 1936 a dejar Alemania para residir en Austria y se instalase en Estocolmo en 1938, tras la anexión de Austria. En dos cartas de Thomas Mann a su editor, de abril de 1938, desde los EEUU, donde el autor se había instalado, éste reprochaba a Fischer "la política que usted ha seguido todos estos años, la buena relación que ha mantenido con Alemania hasta el rompimiento obligado y también el carácter de su empresa en Viena, orientada todavía hacia el mercado alemán" y añadía que, si ahora quisiera instalarse en los EEUU, "aquellos hechos no le han abonado precisamente el terreno". Sorprende esta recriminación por parte de alguien que había seguido una trayectoria bastante parecida y sólo pocos meses antes de estas cartas había decidido manifestarse públicamente acerca de su posición hacia su país, que además había seguido publicando con el editor por no arriesgar su fama y su prestigio y anteponer fama y prestigio a su conciencia. Y sorprende más todavía si se tiene en cuenta que Thomas Mann había escrito ese mismo año, en 1938, su ensayo Bruder Hitler (Hermano Hitler) en el que, refiriéndose a Hitler y a lo que sucedía en Alemania, manifestaba sin ambages: "No puedo menos de sentir, a pesar mío, una cierta fastidiosa admiración por este fenómeno".  Y en la entrada de sus diarios del 10 de abril de 1933 se refiere a la política antijudía de los nazis con clara condescendencia: "Que los nazis impidan que Kerr [que era judío] tergiverse a Nietzsche de esa manera tan insolente y difamatoria no es en definitiva ninguna desgracia, tampoco lo es […] la desjudaización de la justicia". Y si bien añade que "Son pensamientos recónditos, producto de la turbación y del nerviosismo […]", prosigue: "¿No estará sucediendo en Alemania algo importante y verdaderamente revolucionario a pesar de todo? […]. En cualquier caso, empiezo a pensar que el proceso podría ser de aquellos que tienen dos caras".  Y diez días después, el 20 de abril 1933, escribe:

"La rebelión contra el elemento judío contaría hasta cierto punto con mi aprobación si la eliminación del control de lo alemán por parte del espíritu judío no resultara tan grave para lo alemán y si los alemanes no fueran tan estúpidos de confundirlo todo y desterrarme a mí con ellos". 

¿Significa esto que Thomas Mann hubiera sido insensible a los crímenes nazis contra los judíos si los nazis no le hubieran considerado a él persona non grata? Ello se concluye claramente de esta afirmación.

Hay sobradas anotaciones en sus diarios que ponen de manifiesto que Thomas Mann no estaba dispuesto fácilmente a renunciar a lo que más pudiera darle prestigio y fama a cualquier precio. El 4 de octubre 1933 anota:

"[…] tuve una conversación íntima con [Adolf] Busch, sin testigos, acerca de nuestra situación y del público alemán, […]. Le hablé del carácter angustioso de mi posición tanto en el país como en el extranjero. La realidad es que esa Alemania violada que vive entre sus fronteras exige en verdad demostración de carácter por parte de aquellos a quienes respeta, pero, se sentiría traicionada si uno se separase completamente de ella. El hecho de que viva en el extranjero, en conjunción con la posibilidad de que mis libros sean publicados en Alemania, representa, quizás, una solución conciliatoria a esa contradicción". 

A partir de agosto de 1934, probablemente a raíz de una discusión con su esposa Katia , hay en los diarios frecuentes alusiones a un ensayo al que Thomas Mann se refiere con el nombre de El político . Sin embargo no será hasta julio de este año (1934), cuando manifieste explícitamente su intención de publicarlo en el Times, lo cual hubiera representado el rompimiento oficial, público y definitivo con Alemania.

Con fecha del 31 de julio de 1934 leemos en su diario:

"Trato de seguir escribiendo el José, pero no logro pasar más allá de unos cuantos renglones […]. Y es que otras cosas me tienen muy preocupado. La idea de escribir sobre Alemania, de salvar mi alma en una profunda carta pública dirigida al ‘Times’…"

Y en la entrada del sábado, 23 de marzo 1935, reaccionando a las terribles noticias que le han ido llegando de Alemania, lo que atestiguan muchas de sus anotaciones anteriores, escribe:

"[…]. Julius Bab me envió, hace ya algunos días, la circular que han recibido los miembros ‘no arios’ de la llamada Cámara literaria del Reich y que les prohíbe, de ahora en adelante, todo tipo de actividad literaria en Alemania. También Käthe Rosenberg nos hizo llegar hoy ese papelucho, que había recibido en calidad de traductora. La hipocresía y la vileza claman al cielo, especialmente en caso del traductor, ya que aquí falla miserablemente toda fundamentación ‘ideológica’. Y todo esto ocurre expresamente ‘por voluntad de nuestro caudillo y canciller del Reich’. Mi repugnancia es tan grande, que cada vez se impone más y más mi deseo de romper definitivamente todas las relaciones con ese país. Es de esperar y desear que terminen también pronto las relaciones con Bermann Fischer y que el tomo de ensayos no sea publicado ya en esa editorial".  

Sin embargo Thomas Mann no escribe tal artículo. ¿Qué más tenía que suceder en Alemania para que nuestro ilustre autor decidiera dar el paso que tantos esperaban de él?

Y el miércoles, 27 de marzo de 1935 anota aún:

"¡Qué repugnante esto de andar girando alrededor de la noria! Son muchas las cosas que dependen de mi decisión, también, probablemente, el destino de la editorial, y en lo que a mí respecta, mis relaciones futuras con Alemania, […], los claroscuros de mi existencia, pues las consecuencias de ese discurso son imprevisibles, […]".

Que fue la Alemania nazi la que rompió con él y no él con la Alemania nazi queda definitivamente claro en su anotación del 4 de septiembre de 1935: Th. Mann recibe en esta fecha noticia de la renovación de la incautación de sus bienes en Alemania, así como de la pérdida de su ciudadanía alemana. Acerca de esto escribe:

"[…] la incautación de los bienes ha sido renovada, siguiendo instrucciones de Berlín, de nuevo se está examinando la pérdida de la ciudadanía. […] (la confiscación puede ser llevada a cabo simplemente por parte de las autoridades bávaras, sin el requisito de la pérdida de la nacionalidad) y lo que más deseo ahora es que Bermann Fischer salga de una vez del país, para que adquiera mi independencia, pues es evidente que ésta no será completa mientras mis libros sigan estando permitidos en Alemania".

El 12 de noviembre de 1935 Thomas Mann comenta la propaganda nazi en relación con los Juegos Olímpicos que habían de celebrarse en Berlín en 1936 y alude al "desvergonzado discurso de Theodor Lewald en Zurich" y comenta a continuación: "¡Si tan sólo fuese posible desenmascarar la hipocresía oportunista de esas consignas en las que se habla de paz y amistad en el mundo! Con frecuencia analizo la idea de escribir un artículo para la Prensa mundial […]".  Sin embargo, no lo hace; él, que sería el más adecuado representante de la “otra Alemania” para, como él dice que desea, "desenmascarar la hipocresía oportunista de esas consignas".

Y el martes, 7 de enero de 1936, vuelve a darle vueltas a la posibilidad de una iniciativa por su parte en unos términos incomprensiblemente melifluos, a la vista del estado de terror en que se había convertido ya Alemania. Refiriéndose a una discusión con un amigo sobre "[…]: la cuestión de si la situación en Alemania está lo suficientemente madura como para poder acelerar una evolución mediante un llamamiento moderado a la acción conjunta de las personas decentes…".  ¿Cómo podía nadie preguntarse en estas fechas si "Alemania se encontraba suficientemente madura"? para tomar una iniciativa en contra de la política nazi?  ¿Qué tenía que suceder más en Alemania para que Thomas Mann considerara madura la situación? ¿Y cómo se puede plantear un llamamiento moderado? La moderación no es precisamente lo que se desprende de los comentarios del autor hacia los acontecimientos nazis de su país. ¿Qué temía perder aún Thomas Mann si manifestaba públicamente su postura?

A partir de diciembre de 1936 para Thomas Mann se suceden rápidamente los acontecimientos:

El jueves, 3 de diciembre 1936 anota: "[…]. Escribí una breve carta al Ministerio de Asuntos Interiores del Reich, en la que hago responsable al actual Gobierno alemán, ‘ante mis contemporáneos y la posteridad’, por ese paso que no he tenido más remedio que dar". El paso que no ha tenido más remedio que dar es probablemente la adquisición de la nacionalidad checa, a la que se refiere el 25 de diciembre siguiente con motivo de un comunicado que ha recibido de la Universidad de Bonn "que me retira el título de doctor honoris causa, como consecuencia de mi pérdida de la nacionalidad alemana. – He pensado en responder".  De modo que su famosa carta al Decano de la Facultad de Filosofía de Bonn, aquella que ha pasado a la historia como el documento oficial de ruptura pública con la Alemania nazi ni siquiera fue una iniciativa del autor, sino una respuesta a una ofensa contra su persona, iniciativa, pues, de la Universidad. E incluso esta carta que supone el rompimiento público con su país le cuesta a Thomas Mann esfuerzos sobrehumanos, a juzgar por la descripción que hace en la anotación del 1 de enero de 1937, que se asemeja al alivio que se siente tras un parto doloroso: "[…]. En verdad que me siento muy animado; el mensaje de año nuevo,  que fue posible gracias a esa ‘expatriación’  que tanto temí otrora, es un paso importante que me hace feliz, un documento del cual espero profundas repercusiones dentro de mi ser".

Con ello Thomas Mann había dado el gran paso –como hemos visto obligado por las circunstancias, y no por propia iniciativa- que le catapultaría a la representación internacional de la ‘Otra Alemania’ en el exilio, una representación que le ligaría para siempre en cierto modo a la política. De nuevo se encontraba Thomas Mann en el papel que le hacía más feliz. A la luz de los apuntes que he ido exponiendo, cabe preguntarse si se hubiera sentido igualmente feliz si las circunstancias le hubieran abonado el camino hacia el otro lado.

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BIBLIOGRAFÍA:

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José Luis Villacañas Berlanga, “Doctor Fausto. El análisis de Thomas Mann sobre el nazismo”, en El país del arte. 3er encuentro internacional. La novela del artista. 3-6 julio 2002. Colección literaria Actas, ed. Facundo Tomás, pp. 371-394. ÉS A INTERNET: http://saavedrafajardo.um.es/WEB/archivos/Trabajos/Doc036.pdf


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Anna Rossell (Mataró, Barcelona, 1951. Profesora titular de literatura alemana y comparada del Departamento de Filología Inglesa y Germanística de la UAB hasta diciembre de 2009. Actualmente crítica literaria, escritora (novela, poesía, ensayo) y gestora cultural. Entre sus libros no académicos ha publicado Mi viaje a Togo (2006), el libro de microrrelatos Microscopios eróticos (2006, en coautoría), los poemarios La ferida en la paraula (2010), La veu per companya (2011), Quadern Malià / Cuaderno de Malí (2011) y Àlbum d’absències (2013), así como las novelas Mondomwouwé (2011) y Aquellos años grises (2012).