Poemas

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Poemas

(Textos escritos en Barcelona, inéditos en libro)


TIEMPO ENCENDIDO


Todo se entrega a los ojos pequeños /
y se abren en las afueras
para que la luz se vaya haciendo tiempo.

Humberto Megget




Para que la incisiva lontananza retornara
a siestas de adoquines y encontrase de mis ojos
aquellos acuosos asilos de jazmín y bandoneón. Allá,
en la madrenuestra calle que enfocó al firmamento
a través del tajo de un muro abatido. Donde toman
todavía sales extranjeras los días sin vivaces
sustancias ni pulmones trotamundos, allá sigo
viéndote, esquina del otro lugar, portuaria
inquisidora, llamándome, muda y pertinaz.
Para comprar de nuevo la postal isleña
en el arcaico comercio ahora olvidado,
y escribir un saludo alado a la no respuesta,
he vuelto a la vereda de líneas telefónicas
cual árboles camufladas. Si llamo a las hojas,
están ocupadas por aves que unen trinos con timbres
de bicicletas que abandonó el verano.
Para rotar aquellas ruedas, para enruedarme
con el tráfico de recuerdos polizones de los patios,
traigo esta pequeña luz, que anda de puntillas
entre persianas y escalones, aeronaves, azucenas,
termómetros despistados, buzones, azules escarabajos.
Esta luz que sólo es tiempo encendido
y que piensa en ti, en tu mejor fortuna
cuando evoques el mañana.




12/2005
EL MATE



No es asunto de sed, sino de ser
anfitrión del agua que tonifica
y que nos piensa.
Mano unida al cuenco de la naturaleza
donde la yerba trae sentido, identidad,
la pausa verde que se bebe. Entrega
noble y aliada de un río secreto.
Allí hallan los dedos corazón,
el organismo ánima, la soledad
amparo, grupo, apetencias.

Llévame una vez más en tu balsa
sobre sorbos redentores, en tu madera
tatuada por mis huellas, en el cuero
redondeado de metales y de rondas
en campos innumerables.
Una vez más llévame al sur, inseparable
hermano de mis días.
Y que la fiel canción amarga, toda
dulce bajo tu raíz, jubilosa se repita
brindando por nosotros.




3/2013
LA ROSA



La rosa de mi nombre, la que ha sido
niño y joven escalando alboradas; la soga
y la cumbre aciagas de los equilibristas.
La inmarcesible rosa borgeana; la que ocupa
el adiós, un suspiro del invierno, alguna espina.

Aquella que se burla si las fieras buscan oro
en lodazales; la que funda con lluvia espejos
goteadores de rostros sobre tierra umbría.

La rosa intocable de Jiménez, en patios del sur
notoria, cuando la frente admite el tacto medicinal
de los ensueños.

Flor sin hogar fijo en el vaivén de mi linaje; fantasía
de la sangre; rumbo de las hojas hacia el fuego.

La rosa de mi nombre no me nombra, no soy
su asunto encrucijado, nadie que consuele; tan solitaria, 
quiere otro vigor para trocar mudez y encender canto.

Nadie, pues, ninguna rosa en este Rosales, extraviado
en jardín donde voz, pensamiento y acción (pétalos
sin más) se debaten ante el viento invulnerable.

Ahora y en la hora de tu reino, mi pobre muerte,
en crudos documentos caducados, en renglones voraces,
detrás de los libros o macetas o pañuelos,
quizás veas una herida que fue mano
alzar nueva rama, un gorrión rojo,
una promesa de verano.

Si la espina ha florecido, quizás me perdone la rosa
por haberla evocado.




4/2007
LA NAVE


A J.S. del Viejo


Mellizo de ancla liviana, bajo capricho
de revueltos océanos, afirmo
nave a mis ojos furtiva.

Cuando le venza temporal,
y le arranque su purpúrea bitácora, el timón obstinado,
las millas por millares ajadas en las velas;
cuando le arrastre la proa partida
hacia el cementerio polar, no sabré
quién transportó los motivos del pirata
que rehusó navegar;
dónde quedaría el cofre
del tesoro imposible, la sirenita de almíbar y ensueño,
aquella bandera con iniciales del sitio
al que habría querido llegar.




Rubí (BCN), 10/1981- Barcelona, 12/1998