Pobre Haschek

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Pobre Haschek, de Jorge Rodríguez Padrón

Hablo de Jaroslav Haschek (1883-1923), ese escritor checo, bohemio y extravagante primero, disciplinado revolucionario después, cuyo nombre se halla ligado, para siempre, al de Josef Schwejk, aquel “valeroso soldado” a quien diera vida –y sobre todo, voz- en el trasiego de cerveza y humo de alguna de las mil tabernas de Praga, hacia el 17 del siglo pasado.

Hace poco, he visitado aquella ciudad. Entre otras cosas, para acudir a la cita que –en su despedida- propone el soldado Schwejk (“a partir de las seis, en el Kelch, en Na Bojischti”), y que su compinche Woditschka, zapador fanfarrón y pendenciero, aceptó sin dudarlo un instante: “después de la guerra, a las seis de la tarde” –grita desde “una esquina de la segunda línea de barracones”. Allí, exactamente en Na Bojischti, hallé al menudo y parlanchín de Schwejk, con el bruto de Woditschka, que hablaban y hablaban sin parar. Volvía a verlos, después de tanto tiempo; y con ellos recorrí hacia atrás la sugestiva peripecia del soldado, tal como la cuenta Haschek: larga y enmarañada peregrinación desde su Bohemia natal (también la del autor) hasta unos sórdidos alrededores de Viena, orillas del Leitha, con la guerra ya en el desconcierto de sus amenes.

Pobre Haschek, entregado al minucioso relato de las andanzas del pobre Schwejk. Todo un esfuerzo creativo, en un mundo que se desmoronaba sin remedio: fusil o pluma, para él, la misma eficaz herramienta. Y tanto. Pobre Haschek, no le alcanzaría la vida para asistir a aquella cita; pero nos dejó a sus criaturas inolvidables en la esperanza del reencuentro. Haschek como Schwejk, en el centro de la literatura checa; pero más, en la conciencia popular del verdadero corazón de Europa, y en tan delicado momento: ajustan cuentas con el imperio caduco, con el absurdo de los sistemas de poder, con quienes, para despojarlos de su cultura, de su lengua y de su identidad histórica, habían sembrado discordia y desconfianza entre los pequeños orgullos patrios de tan menudas nacionalidades. Una paradoja que nos es familiar. Pero nuestro escritor y su criatura –que es él mismo, repito- se zafan de la gravedad y profundidad intelectual que animan la escritura densa y reflexiva de Kafka, de Musil, de Broch, en idéntica coyuntura. Haschek recupera la comedia grotesca y le introduce la sacudida irónica de una voz que vuelve del revés toda fraseología política y burocrática, en una parodia corrosiva. Imagen deformada la suya (razón y fuerza crítica del expresionismo) para despreciar, para ridiculizar aquel espíritu heroico, justo cuando saltaba por los aires, aquel entusiasmo romántico que se extinguía ya para siempre.

Hablar, idéntica imparable rebeldía que escribir. “Esta novela –confiesa su autor- no es un medio de pulimiento para salón de tertulia, ni un manual instructivo (…). Es una imagen histórica de cierta época”, que discurre –y de ahí su valor- por la delgada línea donde el parloteo chistoso y la ironía de la verdad son lo mismo; así, la realidad queda sin máscara y en situación muy comprometida. No una palabra que exige cumplimiento; humor espontáneo y liberador con el que se crea ese desconcierto único que consiste en llamar a las cosas por su nombre. Todo comienza, pues, con la sorpredente naturalidad –lógica aplastante- con que se recibe la noticia del magnicidio de Sarajevo (ni sus graves razones, ni sus trágicas consecuencias importan aquí; o importan de otra manera). El suceso pone en marcha al pobre Schwejk, que ni sabe… Bueno, no. En la aparente tranquilidad de su andar cotidiano, en sus amables conversaciones con esa gente vulgar que no tiene más cosa (ni menos) que su propia vida, conjura con su palabra el drama aquel que, siempre un poco más allá de donde él se halla, se cumple en todo su horror.

Drama de la Europa de las naciones –amistadas o enemistadas, según conveniencias-; de la Europa negada a aceptar la confluencia de mundos y culturas y lenguas que la han hecho, sin los que no hubiera sido, y justamente en el perímetro que delimita el viaje de nuestro “valeroso soldado”. Como si lo viera ahora mismo, con sólo sustituir cantidades iguales. Digo, en este momento tremendo que atravesamos, y con la unión entre manos. ¿Por qué no, en su lugar, como se deduce de la lectura de Haschek, una fecunda concurrencia que es su natural condición? Adviértase cómo, en aquel mundo vuelto del revés (tal vez éste), nada puede ya sorprendernos (“Cuando se vive en una época tan peligrosa en que se dispara contra un archiduque, a nadie puede extrañarle que le lleven a la Jefatura de Policía”); cómo, en una guerra donde no valen ya coartadas heroicas o patrióticas, qué otra evidencia sino la desesperanza (“en la remota lejanía de la historia descendía sobre Europa la verdad de que el mañana destruirá los planes del presente” –apostilla Haschek, en un determinado momento. Téngase en cuenta).

Sin embargo, nuestro “valeroso soldado” resiste al pesimismo; afronta su destino con decisión y cada una de sus acciones dejará en evidencia tanta prosopopeya. Y no por el hecho de ser un cualquiera, cuya ternura o su debilidad nos enternezca; porque –miseria por miseria- la suya de superviviente resulta más verdadera. Sobre la guerra y sus avatares acaban por leerse anécdotas de poco momento; el “inocente, suave, humilde y tierno calor de [la] mirada” de Schwejk desbarata, una y otra vez, el orden burocrático de “reglamentos e instituciones, peticiones de informes y disposiciones”, o la rigidez militar prusiana, ya sólo caricatura, o esa otra, clerical, minada por la corrupción. Necio, que no pícaro, Schwejk no hace gala de un particular arte de ingenio: le basta con decir la verdad para que veamos, bajo semejante disparate, tanta brutalidad, tanta  desconsideración hacia el otro, a quien se humilla de la manera más sangrante y con total impunidad; para señalar la premeditada construcción de un escenario de terror que mantenga a la comunidad en permanente sobresalto (“hay que sembrar el pánico, para que el duelo sirva de algo”).

Entonces, uno se detiene en la lectura, mira alrededor y observa con inquietud que nada ha variado desde entonces, ni aun tras tamaña tragedia; que en ese mismo centro adonde confluyen desde siempre las venas culturales de Europa, la desconfianza permanece, la intolerancia frena la comunión que esperaríamos, el mestizaje que vendría a decirnos quiénes somos de verdad. Allí, y desde idénticos puntos de referencia, se siguen limando hoy los cimientos que nos constituyen, por más que el corrosivo humor del valeroso Haschek nos lo hubiera advertido. Quizá lo abandonamos muy pronto, en el anaquel de los libros leídos, como si memoria no fuera. Y se trata de una palabra en la que autor y criatura se entregan con todas sus consecuencias. Hablar siempre ha sido peligroso aquí, con tanto tribunal y tanta policía y tanta chusma denunciante. Peligroso, sobre todo, cuando la voz se alza frente a la convención de una “belleza y sublimidad que la literatura tiene que dar al pueblo”; lo que oímos (más que leemos) en esta novela ejemplar, encuentro y cruce de voces, de identidades, en una peripecia que establece su diferencia, esa rebeldía que no conviene olvidar, aunque el pobre Schwejk ni se entera. O tal vez sí: nunca se sabe.

En vez de la continuidad convencional de un relato; escenas donde los personajes sobre todo hablan (“Sólo digo lo que Schwejk cuenta”, señala Haschek). Cuento del cuento, pues; hablar que multiplica la vida, y la prolonga al final, en medio de aquel torbellino de violencia y muerte que los arrastra. “Callar equivale a morir y los personajes (…) rivalizan a su vez entre sí para asumir la palabra salvífica” –como explica Juan Goytisolo de Las Mil y una Noches. Dicen lo que han oído a tantos; y en vez de contundencia asertiva, su discurso es un desesperante andarse por las ramas… Quien emparentó a Haschek con Rabeleais, bien supo lo que hacía; como quien lo acercó a Cervantes. Porque, aquí, también el diálogo supone dependencia y complicidad entre los personajes que se juntan para hablar, mientras transcurre ese viaje que no los lleva a otro lugar sino hacia ellos mismos. De nuevo, la certera ironía de Haschek: Schwejk, en su anábasis, anda “constantemente en la misma dirección (…) [se abre] camino a través de paisajes desconocidos, rodeado de enemigos (…) como Jenofonte o como (…) las estirpes de bandoleros que vinieron a Europa de Dios sabe qué lugar del Caspio o del mar de Azov”; seguro que trajeron con ellos esta milenaria tradición de la palabra. ¿Habrá que explicar mucho más?