La poesía femenina del Modernismo

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La poesía femenina del Modernismo

Aunque ha habido mujeres poetas en la América hispánica desde la Colonia –el mayor poeta de la época es, sin duda, la monja mexicana Sor Juana Inés de la Cruz-, una poesía distintamente femenina sólo aparece en el Modernismo.

La mayor parte de estas poetas nacen en la parte Sur del continente: María Eugenia Vaz Ferreira, Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou en Uruguay, Alfonsina Storni en Argentina, Gabriela Mistral en Chile. Sólo las dos primeras fueron estrictamente modernistas, pero hay en las otras rasgos del movimiento que permitirían marcarlas como “epígonas” si su obra no se proyectase fuera de esos reducidos marcos. En Juana de Ibarbourou y Gabriela Mistral la poesía femenina toma otros rumbos. Por otra parte, a ambas cabe la distinción de haber llamado la atención sobre la poesía femenina, al trascender los límites de su propia patria. En 1930, en ceremonia que tuvo enorme publicidad, la uruguaya fue proclamada “Juana de América; en 1945 Gabriela Mistral ganó el Premio Nobel, el primero en ser adjudicado a un escritor de América Latina.

Pero tal vez fue Delmira Agustini la que mejor representó un cierto tipo de literatura femenina, de pasión y sensualidad, una poesía que en el momento que se publica desafía las convenciones sociales de lo que era decoroso para una mujer decir. Nacida en las afueras de Montevideo en 1887, Delmira (como siempre fue llamada) fue educada en casa. Una madre dominante y hasta tiránica rigió su vida hasta el menor detalle. Recibió la educación convencional de las muchachas de su clase social: lecciones de francés, de piano y de dibujo. Bajo la dirección de su madre desarrolló un gusto por la poesía que produjo poemas convencionales que disimulaban sus sueños de sensualidad. Cuando fueron publicados asombraron a los críticos, que no podían comprender cómo una joven pura y casta podía intuir tales cosas. Estos críticos estaban equivocados, es claro. En primer lugar, Delmira no era tan jovencita como su madre la presentaba (en la época era normal sustraer un par de años a toda muchacha, lo que de paso rejuvenecía a la mamá), y en segundo lugar sus poemas no revelaban tanto conocimiento. Su erotismo era como la pintura para Leonardo, cosa mentale. Tomaba de sus autores favoritos la experiencia sensual que le faltaba. Pero su mérito mayor en el Montevideo de 1900 era atreverse a escribir esas cosas siendo aún virgen. Roberto de las Carreras, el mismo poeta que había ayudado a Herrera y Reissig a ponerse al día con las novedades francesas, ayudó también a Delmira. Años más tarde, ella habría de encontrar a Darío. Era en 1912 y el poeta ya estaba en franca decadencia física, pero no dejó de reaccionar al encanto de esta joven mujer (tenía la piel de ese tono rosado que enloquecía a los hombres de entonces) y de escribir un breve prólogo para su libro Los cálices vacíos (1913), en que declaraba que desde Santa Teresa de Jesús la poesía hispánica no había producido versos tan intensos como los de Delmira.

Al margen de la cortesía de este tipo de textos, Darío tenía razón. La intensidad, la obsesiva imaginería erótica, la pasión de los versos, vienen de áreas del inconsciente que la poesía femenina hasta ella no se había atrevido a explorar.

En violento contraste con Delmira, la mejor poesía de gabriela Mistral está dedicada no a la sensualidad y al deseo sino a la ausencia de amor, a la muerte del amado, a la privación del hijo. Nacida en Chile en 1889, era autodidacta, y por su propio esfuerzo se hizo maestra a los 15 años. La notoriedad le llegó con un premio, ganado en 1914, por la secuencia de Sonetos a la muerte, en el que lloraba la muerte de su novio. Este amor canceló su vida afectiva por un tiempo y la orientó a cantar una maternidad imposible. La fama internacional le llegó en 1922, con la publicación de Desolación. Su vocación de maestra se reflejó también en su poesía y ensanchó inmensamente el área de su popularidad. En sus mejores libros, Tala (1938) y Lagar (1954) tiene poco de modernista. Una poesía enraizada en la Biblia y en cierta aridez lingüística aprendida en Santa Teresa, es lo que reflejan esos grandes libros. Pero la Mistral que habría de ser popularísima en las primeras décadas del siglo es la de los primeros versos. Allí está la imagen desolada y funérea que impresionó al lector modernista. La paradoja es que esa imagen dominante no coincidía ni con la evolución posterior de su poesía (hacia un despojamiento emocional) ni con sus propias inclinaciones sexuales. Aunque con suma discreción, la Mistral renunció al amor de los hombres y se rodeó de jóvenes, hermosas mujeres que fueron sus compañeras a los largo de días de triunfo y dolores.