Meretta, entre la ceniza y el mar

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Meretta, entre la ceniza y el mar

Me pidió algo para escribir. Había traído tres publicaciones, dos breves cuadernos y una edición antológica, El sobrante del humo (Linardi y Riso, Montevideo 2000), que ahora dedicaba doblado hacia la mesa, a espaldas de un Río de la Plata visible en la noche del barrio de Malvín, mayo 2003 en la capital uruguaya.


Después de mi nombre añadió con letra fatigada: para que me conozcas mejor. Lo que entonces conocía de aquel hombre lento, culto, amable, como salido de algún relato de Onetti donde éste quisiera dibujar un poeta bohemio y montevideano de mediados del XX, era simplemente una plaquette y varios poemas sueltos leídos hacía más de diez años.

En aquella noche, atendiendo la certera dedicatoria, yo tendría unas cuantas páginas decisivas para comprender la dimensión de uno de los autores más esquinados de las letras uruguayas, si bien su extensa obra certifica a un poeta de referencia, coherente e intemporal.

Jorge Meretta bebía con parsimonia. El humo de nuestros cigarrillos se perdía en un cielo vagamente estrellado, que nos escuchaba con la misma indiferencia que aquella sociedad otorgó durante décadas al hombre que tenía delante. Todavía no había llegado al deterioro físico de sus últimos años, pero ya se le notaba cierto abandono, el desgaste irremediable, el deseo de vivir –si fuera posible- en otro plano, un espacio a la altura de sus numerosas inquietudes artísticas e intelectuales, y a salvo del tiempo y la soledad, tan presentes en su poesía. Jorge Meretta

Odontólogo de profesión, docente en esa disciplina y también en fotografía, un arte que le gustaba mucho, al igual que la música, Meretta mantenía íntegra su múltiple curiosidad, según corroboré en aquella noche.

La mesa estaba en la vereda de la calle Amazonas muy próxima a Orinoco, adonde se había trasladado el Bar Michigan. Al despedirnos advertí su peculiar manera de caminar, aún ágil en aquel momento, inclinada levemente hacia delante, como si apenas rozara el suelo y sus pies pensaran en otro lugar.

Al regresar a Barcelona leí con mucho interés aquellas publicaciones suyas, y otras que fue remitiéndome años después. No fue difícil encontrar el motivo de su ausencia en antologías y publicaciones oficiales: allí había un poeta independiente, ajeno a comisiones y puestos públicos, despreocupado por las modas y los focos de la prensa, y sí completamente respetuoso del lector.

Había elaborado una obra muy abundante, estructurada, con un tono hecho a su medida, heredero de las formas poéticas tradicionales. Su cuidadosa voz recorría los grandes temas de la literatura clásica, afines a sus circunstancias de hombre montevideano y contemporáneo. La vida de Meretta se había sostenido y edificado en sus versos, no tenía acreedores literarios, sólo libros para leer día tras día y, en particular, una respiración en estado de escritura, un afán incesante por buscar el fondo de los espejos de papel, esa sangre blanca que oxigenaba su profundo pensamiento.

En estos días de agosto encuentro en un volumen de Luis Bravo (“Voz y Palabra. Historia transversal de la poesía uruguaya, 1950-1973”, Ed. Estuario, Montevideo 2012) un atinado texto sobre nuestro poeta. Subrayo: La problemática de la identidad y el drama filosófico del devenir, considerados ante un referente divino imposible de asir, aparecen como tópicos recurrentes. (...) Meretta transita a veces por interrogantes disparadas desde fuentes bíblicas (....) Pero lo que esencialmente construye es una imagen de la errática mismidad del ser, propia de quien concibe a la escritura como asidero de la existencia.

Poesía plenamente existencialista, donde la técnica creativa busca una transparencia que aliente la visibilidad de los contenidos, principalmente los resortes de la condición humana y el misterio que los mueve, la extranjeridad a la que nos condena la conciencia: Aún sigo sin morir porque no nazco. / Aún sigo sin nacer porque estoy muerto.

Pero el sábado 7 de julio de este año, tras un accidente, llegó la muerte física de Jorge Meretta. Y Todo el adiós (como uno de sus títulos más rotundos).

Gerardo Ciancio, uno de los críticos que más se ocupó de la obra del poeta, me daba la noticia en un escueto correo electrónico.

Otro autor uruguayo, Jorge Arbeleche, escribía en un mail al día siguiente:

Murió Jorge Meretta, uno de los poetas nacionales más destacados. Usó todos los metros del verso castellano -o casi- con encomiable destreza, sensibilidad y contenida emoción sobre un sustrato permanente de interrogación metafísica. Por suerte, en los últimos tiempos, creadores y críticos de las nuevas promociones, como Ciancio, Courtoisie y Benítez -entre otros- supieron sacudir la pereza de cierta crítica, heredera de la generación del 45, que se obstinaba en mantener en penumbra una poesía de altísima calidad como es la obra que nos lega el poeta fallecido.

Esa obra comenzó muy temprano en la vida de Meretta, y ensayando precisamente una métrica que luego dominaría con incuestionable maestría: el soneto. Aquel jovencísimo poeta, cuya precocidad asombró a su madre, había escrito un soneto a los reyes magos.

Vuelvo a la noche de Malvín 2003. Dije que habían algunas estrellas en el cielo y que tras la espalda de Jorge Meretta se veía aquel “río ancho como mar”. Quizás algún rey mago también nos estaba viendo desde el techo de aquellas sombrías aguas marrones. Me gustaría pedirle un deseo: que leyera y nos cumpla estos versos de Jorge:

El mar es lo que está, lo que vendrá.
Y no hay adiós posible y no hay olvido.

Los poemas que leerán a continuación dan fe de que ganará la memoria. Es imposible separar la vida de lo que sigue y seguirá latiendo en la intimista, fecunda voz merettana.



Héctor Rosales
Barcelona, 21 de agosto 2012

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PD / Recomendamos el documental de Juan Pablo Pedemonte: “Jorge Meretta. La magia evolucionada” (Montevideo, 2012).  http://vimeo.com/45313613
Y la lectura del testimonio que este joven artista uruguayo escribió sobre la muerte del poeta: “¿Qué se muere de entierro?”, presente en este número de MALABIA.


EN BLANCO


Aquí hubo una hoja en blanco, arena
de un oleaje de voces, de un torrente
que brota silencioso de su frente
y a su claro secreto se encadena.

Aparto bruma y aparece pena
en mayúscula. Y vuelvo lentamente
a ser su mismo rostro y diferente
del blanco ayer que fuera mi condena.

Alguien se esconde en ella, tiembla, husmea,
como un ciego que a tumbos deletrea
y me dice y me calla y se apresura

a leerme lo que soy: sellado río
de un hombre desvistiéndose de frío
en el espejo fiel de su blancura.



VIOLÍN DEL CIEGO



En plena Ciudad Vieja, en plena herrumbre
donde nadie daría
ni un solo pan por todas las palomas,
ni un solo paso por el mar,
oigo al violín de un ciego
pedir auxilio a todos los que pasan.

Un violín apostado en unas manos
con un ahorcado en cada cuerda,
con ojos que los miran desde adentro,
debería guardarse bajo tierra
por pudor a esa herrumbre y esas calles
donde todos los días pasa el viento
como un violín tocado por un ciego.



ALLÍ



Un dedo dice allí
y deja
a otro dedo copiado de una mano
con visibles propósitos de rama;
porque desde el allí volando
al dedo quieto
siempre hay un pájaro dispuesto a hablar
cuando una mano se empluma con palabras.



DEFENSA POR OFICIO



Le debo a cada santo la pobreza
de un Padrenuestro entero por pecado
original y extremo, sin recado
ni remitente expreso. En una mesa

un plato humea. Husmeo. En la pereza
de un reloj sin agujas me he tumbado
y soy en su retraso un arropado
arrepentido que a sus huesos reza.

Si me declaro torpe y vil, confeso
de otoño sin memorias, quedo preso
tendido cielo arriba, boca abajo.

Mejor es la certeza de haber sido
un prófugo de pájaros sin nido
donde empezar la luz abriendo un tajo.



POSTALES

A Ángel Fernández Molina


Ir por el blanco.
Dar el blanco por dado.
Ir a oscuras.
Ser el blanco de un dado
que nos mira por el ojo del uno.
Dar en el blanco del azar.



CARACOL



El caracol
lengua ciega en la espiral
de un nudo nunca desatado
alfombra el verde.

Sagrada baba del deseo.




LUNES

A Manuel Fernández Calvo



Igual que agujas de un reloj, puntual,
por la pendiente de los lunes, ciego
de ahora para hoy no para luego
recorro la semana, fiel, ritual,

seco, llovido por mis hombros, mal
dormido entre los pájaros. Y agrego
a cierta piel desnuda y a otro ruego
sin adioses o gracias. Y qué tal

ir viviéndome adentro como un pozo
la luz que me ceniza, el cielo, el gozo
de ser cuerpo y memoria de esta suerte:

turno del golpe, niebla a la deriva,
y a veces mano alzada siempre viva
como si fuera a despedir la muerte.



JORGE MERETTA
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Los poemas integran el libro “El sobrante del humo”, ed. Librería Linardi y Riso (Montevideo 2000), exceptuando Defensa por oficio y En Blanco, pertenecientes a “Cambios de sitio”, Ediciones La Luna Que (2ª ed. aumentada, Buenos Aires 2003), donde también aparece Lunes.